Uno se comprende más en la vida del pueblo. Lo decía Ernesto Sábato en su entrevista del programa A fondo: que «los seres de la capital están neuróticos porque no saben quiénes son». Y que lo más natural es, en verdad, ser conocido en el pueblo y que puedas acudir al vecino cuando necesitas alguna cosa.
Miguel Delibes también expresó esta visión desde su experiencia y obra. Para él, “la ciudad uniforma cuanto toca; el hombre enajena en ella sus perfiles característicos…”, y la aldea representa el último reducto del individualismo auténtico, donde ser de pueblo era un don de Dios frente a una ciudad que se desintegra bajo el progreso.
Y yo creo que sí es así. Sabemos más quiénes somos cuando nos sentimos parte de un grupo, cuando nuestros problemas lo son de otros, igual que nuestras alegrías. Es por esto que en los países del sur las personas suelen vivir más años, porque tienen una comunidad pendiente de su salud, acompañando y alegrando su vida.
Sin embargo, en la gran ciudad, por más inventos atractivos o posibilidades de ocio y consumo, paradójicamente la gente no siempre es más feliz porque la riqueza de sentirse querido y reconocido es mucho más que cualquier realización. Finalmente, el hecho de ser visto y querido por quién eres, tiene mucho más valor que cualquier mérito, ingreso o desarrollo individual.
En la vida de un pueblo o ciudad pequeña, los hechos meritorios son casi indiferentes. Uno puede alcanzar éxito profesional o material y, tan importante como pueda ser esto para su sustento o para el desarrollo personal, resulta casi anecdótico a los ojos de quienes han visto la infancia de esa persona, han compartido momentos de diversión o se han reído con ella en sus tropiezos o equivocaciones. Pues, en el fondo, ven a la persona misma y se alegran de verla feliz, sea con una ocupación más o menos sencilla o triunfando estelarmente. Sin embargo, en el entorno de la gran ciudad, el rostro se desdibuja. Para quienes no han aprendido a amar a la persona entrañablemente —principalmente porque en las multitudes y los estrépitos no hay tiempo para ello— ésta sólo aparece o destaca por sus atributos externos. Entonces, X puede ser admirado por tener las mejores notas, un currículum excelente o lucir siempre ropa de moda. En cambio, Y parece ni siquiera existir, porque tiene una presencia más modesta. X e Y, paradójicamente, se sienten igual de solos: porque ser admirado por atributos externos es casi como una cosificación del propio ser. Que, sea más o menos talentoso o vista más o menos a la moda, en el fondo solo desea un gesto de amistad sincera y que se alegren por su felicidad.
Es por eso que en la gran ciudad se ven tendencias desmesuradas: cambios de moda acelerados y despampanantes, recorridos de méritos imposibles, cuerpos de vértigo… Sin quitar todo lo bueno que puedan tener estos aspectos, podemos comprender que no son más que intentos casi desesperados por destacarse frente a una masa que, si no, por desgracia no te ve. Pero verse visto solo así es vacío y tristeza. En el fondo, solo querríamos reírnos un rato con ocurrencias divertidas y entrañables y que nos quieran a pesar de —o más allá de— cualquier cosa que hagamos o cómo nos veamos.
En una ciudad más pequeña, sin embargo, los roles se invierten, X e Y son apreciados aunque vistan o se realicen de formas muy distintas. Las personas conocen a sus padres, a sus primos y a sus hermanos. Los conocen casi desde que tienen uso de la razón y recuerdan un sinfín de anécdotas con ellos o sus familiares. Se ríen juntos añorando eventos divertidos de hace años… Y el desempeño o la belleza de X o Y llegan a ser un detalle sin importancia que se menciona, si eso, de pasada, para alegrarse sinceramente si le va bien.
Entonces, lo material y lo prestigioso ocupan el lugar que les corresponde: un atributo que no tiene más importancia que el placer de crecer en una dirección que corresponda a nuestra disposición y talento. Y que la búsqueda estética sea por el gozo en ella misma, no por alcanzar estándares imposibles.
En definitiva, el verdadero reconocimiento no nace de ser mirado de pasada por muchos, aunque sea admirativamente, sino de ser visto y valorado por quienes realmente nos aceptan como somos, y es en esa comunidad donde se descubre, finalmente, quién se es.
Gabriela Palma




¿Qué te pareció este artículo? Deja tu opinión: