El verano pasado estuve en el concierto de la Oreja de Van Gogh en Starlite, en aquella ocasión cantó Leire. Uno de mis hijos me regaló la entrada para el concierto del pasado jueves en Madrid, esta vez con Amaia al frente del repertorio. Las comparaciones son odiosas, y por ello no voy a hacerlas porque además no es intención de este artículo, sino todo lo contrario.
La juventud quería volver a vivir su infancia
Me sorprendió que el espacio estuviera lleno de jóvenes, miles de jóvenes y solo algunos no tan jóvenes. Esos pocos, seguro éramos padres que escuchábamos sus canciones en nuestros años jóvenes, como los que ahora estaban allí, y que luego, años más tarde, seguíamos escuchando cuando nuestros hijos pequeños las ponían en el coche. Seguíamos disfrutando sus melodías, unas más alegres que otras, pero todas bonitas. Letras románticas con el amor siempre como tema central, sentimientos que flotaban en el aire con la misma intensidad que en aquellos días en los que sus primeras canciones empezaban a sonar. Cuando empezaron a tocar pareció que el tiempo no había pasado, y que 1996 no era tan lejano como ahora suena.
A pesar de los problemas de sonido (he dicho bien, de sonido) nadie que estuviera allí el pasado jueves puede negar que Amaia cantó, y que todos cantamos y disfrutamos al revivir lo de hace años. La música tiene ese algo que te traslada a otro momento, al momento en que escuchábamos por primera vez a ese grupo joven cuya solista era una chica rubia que se llamaba Amaia. Como si no hubiera pasado el tiempo con todo lo que conlleva y con ello, revivíamos momentos y emociones que nos rejuvenecían también. A la mayoría les hacía sentirse como niños otra vez, retomar su infancia, y a otros, recordar cuando nuestros niños eran pequeños y disfrutaban o se peleaban en el coche por la canción que querían escuchar o incluso porque su hermana dejara de cantar de una vez para poder escuchar a La oreja de Van Gogh con tranquilidad.
Solo un acorde bastaba para descubrir la canción que empezaba a sonar y todo el público empezaba a cantar. Eso hizo Amaia, nos regaló entre bailes y cantos del público, esos momentos que parecían no poder volver, esos sentimientos que volverían con nostalgia a repetirse, aunque fueran por un segundo, con mucho cariño.
El valor de las palabras
Y así, cuando el concierto iba transcurriendo, nos dimos cuenta de que las letras de las canciones que escuchábamos eran bonitas, sencillas, aptas para menores. No había palabras mal sonantes, ni letras obscenas, ni bailes que empujaran al perreo, “horteradas” con las que han crecido en los últimos años tantos niños y adolescentes. Canciones que, por desgracia, animan a los menores a pensar en situaciones que no deberían plantearse en esa edad, y que ni entienden, además de perderse todo lo que aporta escuchar palabras sobre el amor romántico, esa invitación a soñar y crear ese ambiente de aspirar, como si un poema de Bécquer se tratase, a que alguien te quiera para toda la vida.
Hay mucho que agradecer a Amaia, y a su vuelta, esa vuelta al valor de la persona que hizo “aquello” de componer y cantar para que disfrutáramos, aunque no cante igual, diferente. A la persona que nos recuerda cosas buenas y bonitas con sus canciones. Ojalá no sea su último verano, porque en la vida importa lo que se hizo también. Los jóvenes lo han demostrado al llenar los conciertos. Y es bonito dar las gracias por aquello que pasó, y eso es lo que el público hizo. Dar las gracias por todo lo entregado, porque es de bien nacido ser agradecido.
Pilar Castañón




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