En el incandescente debate contemporáneo sobre los sexos, donde a menudo el ruido ideológico ensordece el entendimiento, corremos el riesgo de olvidar una verdad fundamental que precede a cualquier distinción cultural, biológica o identitaria: antes de cualquier otra categorización, somos personas. Esta realidad radical, que nos constituye como iguales en dignidad humana y a la vez, todos diferentes e irrepetibles, es el único punto de partida sólido para cualquier intento de sanación social.
Sin embargo, la inercia cultural reciente ha tendido a oscurecer esta originalidad irrepetible bajo etiquetas generalistas, convirtiendo la masculinidad y la feminidad en trincheras opuestas en lugar de verlas como modos distintos, interdependientes y hermosos de encarnar la condición humana.
Desde esta base, permítaseme una audacia intelectual: solicito la libertad de hablar de la masculinidad sin la obligación permanente de medirla o validarla en comparación con la feminidad. Del mismo modo que en una reflexión anterior pudimos abordar la feminidad en sí misma —atendiendo a su genio específico y su misterio—, la honestidad pedagógica exige que hoy podamos hacer lo mismo con el varón. Hablemos de la masculinidad y de su imperiosa necesidad educativa por derecho propio; no por oposición ni contraste, sino por entidad: miremos al hombre en sí para comprender su sed específica.
La realidad es la interdependencia: rasgos como la ternura, la valentía o el cuidado son patrimonio humano, cada varón deberá manifestarlos según su ser masculino, y cada cual, según sea su ser masculino, lo hará de forma única e irrepetible como persona.
Pero sin caer en el error de educar la “generalidad” —lo que se establece como modelo para un sujeto según al grupo al que pertenece— ignorando la “originalidad”: lo que esa persona concreta está llamada a ser. No existe un modelo único de masculinidad al que todos deban ajustarse.
Cuando hablamos de educar al varón, no lo hacemos en competencia con la mujer, como si se tratara de un juego de suma cero donde la fortaleza de uno implica la debilidad del otro. La realidad es la interdependencia: rasgos como la ternura, la valentía o el cuidado son patrimonio humano, cada varón deberá manifestarlos según su ser masculino, y cada cual, según sea su ser masculino, lo hará de forma única e irrepetible como persona.
El diagnóstico: de la cirugía necesaria a la quimioterapia social
Para avanzar, debemos mirar nuestro contexto con honestidad y sin miedo. Hemos identificado, con acierto histórico, una patología grave: el machismo. Podríamos calificarlo como un cáncer que parasita la masculinidad, distorsionando su potencia para convertirla en violencia y reduciendo a la mujer a objeto. Este cáncer debe ser extirpado y el movimiento de liberación de la mujer es indispensable en esta cirugía moral. En eso, el consenso es absoluto.
Sin embargo, el drama surge si no atendemos a la recuperación. En nuestro afán legítimo por erradicar cualquier vestigio de abuso, el cuerpo social sigue sometido a una intensa ‘quimioterapia cultural’. Nadie duda de que la gravedad del cáncer exige un tratamiento de choque, pero este fármaco es potente y no siempre distingue: al atacar lo nocivo, está debilitando también la masculinidad saludable, impidiendo que se regenere con fuerza y seguridad. Como sucede con los tratamientos más severos, el fármaco no siempre distingue entre las células malignas y las células sanas.
En el intento de neutralizar la toxicidad machista, si no se aplica un tratamiento de soporte y regeneración de la masculinidad sana, el resultado es un paciente agotado y un nuevo paradigma injusto: el del “hombre amenaza”. Esta visión, lejos de empoderar a la sociedad, genera una serie de crisis superpuestas que afectan a los hijos e hijas, nuevamente a las mujeres y a la sociedad en su conjunto.
Ante los evidentes efectos secundarios de la quimioterapia social, la solución no es aumentar la dosis. Urge dar paso a la Educación Sensible como un cuidado de soporte y regeneración, capaz de sanar las secuelas de este tratamiento agresivo y restaurar la vitalidad perdida.
La “pobreza de padre”: una carencia que hipoteca el futuro
Uno de los efectos secundarios más devastadores de este tratamiento cultural ha sido la devaluación de la figura paterna. Warren Farrell y John Gray, en su obra The Boy Crisis, señalan con valentía que el mayor problema actual de los jóvenes no es la pobreza económica, sino la Dad Deprivation (pobreza de padre). Esta privación no es solo física, sino funcional: padres que han dimitido de su rol por miedo a ser tachados de autoritarios. Cuando falta una referencia de masculinidad saludable, el daño es bidireccional. El hijo varón crece sin la regulación emocional que aporta el “juego brusco” paterno, esa escuela de vida que enseña a medir la fuerza y canalizar la agresividad hacia la competencia sana. Sin esta guía, el chico busca referentes en “pseudopadres” en la proximidad, a menudo influencers de la violencia o provocadores de propósito (religioso, militar, económico, político, deportivo…). Por su parte, la hija mujer sufre esta pobreza al quedarse sin el primer estándar de cómo un hombre debe amar y respetar, corriendo el riesgo de buscar validación en parejas que no la valoran.

La crisis de propósito: ¿para qué sirvo?
Históricamente, el varón tenía un “contrato social” claro, pero sostenido por una educación ajena a la originalidad de la persona, que en lugar de llevarle a su “hogar interior”, le ofrecía un “refugio trascendente”: ser proveedor y protector. Hoy, en una sociedad donde la mujer provee y protege, y a su vez, el Estado protege, el varón se pregunta: ¿para qué sirvo? Al no encontrar una respuesta que le otorgue refugio, muchos sufren vacío o frustración existencial, que no es pereza, sino la parálisis de quien no sabe dónde colocar su potencia.
Warren Farrell y John Gray, en su obra The Boy Crisis, señalan con valentía que el mayor problema actual de los jóvenes no es la pobreza económica, sino la Dad Deprivation (pobreza de padre).
Esto provoca una huida masiva hacia otros refugios: los hedónicos (videojuegos, pornografía…) o los refugios autárquicos (trabajo obsesivo, perfección deportiva, poderío pandillero…). Es vital comprender que en estos espacios no se despliega la masculinidad original —la de la persona auténtica llamada al don de sí—, sino una masculinidad personaje: un avatar digital o un rol social blindado que funciona como una máscara de éxito o poder, bajo la cual el “verdadero yo” permanece oculto, seguro pero desconectado de la realidad.
Un sistema educativo hostil a la masculinidad
Si bajamos al terreno de la realidad escolar española y analizamos la situación de los chicos, el panorama es desolador. El sistema educativo actual, diseñado en torno a la quietud y la verbalización temprana, se ha convertido en un entorno hostil para la biología masculina promedio.
Las cifras absolutas son un grito de auxilio. España lidera sistemáticamente los rankings europeos de abandono escolar temprano masculino; legiones de chicos son expulsados del sistema o se autoexcluyen al no encajar en el molde. Si miramos hacia la cúspide, la presencia de varones en los bachilleratos de excelencia y en la franja de los mejores expedientes académicos globales es minoritaria y decreciente. No es una cuestión de capacidad intelectual, sino de inadaptación metodológica. Además, con frecuencia, se patologiza la inquietud masculina (diagnosticándola como TDAH) en lugar de encauzarla.
Y hay un dato aún más doloroso: el bullying. Los varones representan la inmensa mayoría de los expedientes disciplinarios por acoso escolar (agresores), pero olvidamos con frecuencia que también son el grueso de las víctimas de la violencia física más severa en los patios. El chico es quien pega, pero también es, abrumadoramente, a quien pegan. Es un círculo de dolor cerrado donde la falta de educación emocional y de canales sanos para la competencia física convierte al varón en verdugo y víctima de su propia orfandad.
Máscaras de violencia y suicidio silencioso
Lo más trágico de esta situación es que ignora el dolor masculino porque este no se expresa con llanto, sino con máscaras de ira o apatía. Detrás de muchas conductas disruptivas hay una depresión no diagnosticada. El dato final es un grito ahogado: en España, 3 de cada 4 suicidios son de varones. Es una epidemia silenciosa de hombres que, educados para no pedir ayuda y señalados ahora como el problema de la sociedad, se rompen en soledad, o rompen a otras y otros.
La esperanza científica y la propuesta sinérgica
¿Hay salida? Sí, y la ciencia es nuestra aliada. La neurobiología confirma que cuando un hombre se involucra en el cuidado, su cerebro cambia: baja la testosterona y sube la oxitocina. Existe una tendencia paternal, esponsal y de servicio que contribuye a la prosperidad de la comunidad. Es un hombre que acompaña a la mujer y forma equipo; sabe liderar y dejarse liderar. Cultiva la amistad incondicional, promueve la originalidad de los demás y facilita el diálogo. Sabe estar y esperar con lealtad; calla o actúa con determinación cuando es preciso. Defiende la justicia, cuida de los más vulnerables y cría con cariño, pero sin apegos, defendiendo la libertad, orientándola a la responsabilidad e invitando al desafío y la apertura al mundo.
Frente a la tentación de anular la vitalidad masculina, proponemos educar en la potencia del don mediante lo que denominamos masculinidad sinérgica. Esta se define como la vivencia de la identidad viril que orienta su fuerza natural no hacia el dominio, sino hacia la promoción del otro, entendiendo que la colaboración con la mujer genera una realidad superior. No se trata de competir, sino de colaborar desde la originalidad propia.
Desde la pedagogía del cuidado, el varón saludable no usa su energía para imponerse, sino para crear con la esposa un perímetro de seguridad. Dependerá de los rasgos de cada esposo y de las circunstancias, lo que llevará a adoptar un rol u otro para en sintonía proteger lo frágil, acompañar en la resiliencia de soportar y en la resiliencia creativa de permitir o propiciar cierta quiebra para crecer más y mejor, como le ocurre al sistema inmunológico que mejora con pequeñas dosis de gérmenes.
Es el “estar” del padre o del esposo que aporta estabilidad, permitiendo que la familia florezca. No es que la mujer no pueda protegerse a sí misma; es que la sinergia de ambos cuidados enriquece el hogar. Él sostiene, no para atrapar, sino para que los demás puedan volar con seguridad.
No es sólo el cuidado vertical hacia los hijos, sino el horizontal entre los cónyuges. Prefiero el término cónyuges al de pareja. Los faros de un coche son pareja, y si se funde uno, se cambia y punto. Cada faro tiene su parcela y se distribuyen el campo de acción, sin embargo, los cónyuges, del latín cum (con) y iugum (yugo), literalmente, significa “el que comparte el yugo”. Lejos de una interpretación negativa de opresión o esclavitud, en la sabiduría agrícola antigua el yugo era la herramienta tecnológica de la sinergia por excelencia: era el instrumento que permitía a una yunta unir sus fuerzas para arar una tierra o mover una carga que uno solo, por muy fuerte que fuera, no podría desplazar.
Es el “estar” del padre o del esposo que aporta estabilidad, permitiendo que la familia florezca. No es que la mujer no pueda protegerse a sí misma; es que la sinergia de ambos cuidados enriquece el hogar.
Esta imagen ilumina la masculinidad que proponemos: para que el yugo funcione y no lastime, exige que ambos estén a la misma altura —igualdad radical de dignidad— y que caminen en la misma dirección. El varón sinérgico es, por tanto, aquel que ofrece su hombro no para dominar, sino para compartir la carga del proyecto común, haciendo que el peso de la vida sea más ligero precisamente porque es compartido. No camina delante eclipsando, ni detrás escondiéndose, sino al lado, bajo la misma madera, mirando hacia el mismo horizonte y aportando su tracción específica para que la familia avance.
En cualquier caso, la vida es una carga con la que no podemos solos, es conveniente aceptar un yugo sinérgico, o terminamos sometiendo o sometidos por otros.
Desde la pedagogía generativa, la maternidad y la paternidad deberán cooperar en la acogida incondicional a la vez que se lanza a los hijos al desafío y la superación. Educamos al varón para ser acogedor y a la vez invitar al hijo a salir al mundo, a asumir riesgos calculados y a superar el fracaso. No es dureza, es preparación para la vida. Es la voz que dice: “confío en ti, ve y transforma el mundo”.
Finalmente, la sinergia se manifiesta en la valentía para manifestar las emociones. Educamos en la entereza, que no es rigidez estoica, sino la virtud de mantenerse íntegro ante la dificultad por un amor mayor que el miedo. El hombre nuevo debe saber que mostrar sus heridas lo hace más humano. Buscamos una afectividad tierna y enérgica a la vez, tierna sin ser blanda sino firme, y enérgica sin ser dura, sino delicada, buscando la prosperidad del nosotros-maduro y facilitando el despliegue de la originalidad de todos.

Conclusión: aliados en la grandeza
Es crucial distinguir a este “hombre compañero” del “hombre clónico”. La mujer del siglo XXI no necesita una amiga más en su marido, ni un hombre que pida perdón por serlo; necesita un esposo, un “otro” que le aporte una visión complementaria. La riqueza social reside en esa tensión creadora. La tensión destructiva no se afronta quitando la tensión de la vida, eso no es paz sino muerte. No es quitar las energías que crean la tensión sino sacarlas de sus refugios y llevarlas al “hogar interior” en la que las personas coinciden y entran en sinergia.
La masculinidad sinérgica es una invitación a la grandeza, a dejar atrás el traje del “macho alfa” y el disfraz del “hombre deconstruido”. Es la llamada a ser hombres completos, capaces de lo sublime compartido.
Convendrá mantener la quimioterapia social que mata al cáncer del machismo, pero es fundamental apostar terapia regenerativa de masculinidad saludable que sepa poner todo su potencial al servicio del bien y sepa acompañar a la mujer original con su misma dignidad. El futuro no es unisex, es comunión, y esta requiere que cada uno aporte su color original al cuadro de la humanidad.




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