Hoy, cuando peino muchas canas, pienso que un eclipse es un fenómeno astronómico, pero puede convertirse perfectamente en una extraordinaria lección de valores.
No tenemos certeza ni de si entonces estaremos vivos. Nadie que lea esto (aunque lo suponga y yo se lo deseo) la tiene. Como tampoco la tiene quien esto escribe. Pero sí sabemos algo: el próximo 12 de agosto, al caer la tarde, buena parte de España vivirá un eclipse total de Sol. Será el primero visible desde nuestra “piel de toro” en más de un siglo. Sabemos desde dónde ser verá mejor, en qué lugares concretos, en qué momentos y hasta durante cuántos segundos en cada emplazamiento. Durante unos minutos, millones de personas levantaremos la cabeza y miraremos en la misma dirección: al cielo. En una época en la que cada uno contempla su propia pantalla, no es poca cosa.
Aún recuerdo en mi niñez (se quedó grabado en mi retina –espero que esto sea sólo una metáfora y no causa de mi mala vista-) el momento en que, con pocos años, miraba a lo alto a través de un trozo de cristal ahumado. Era un acontecimiento “menor”, para lo que nos viene.
Hoy, cuando peino muchas canas, pienso que un eclipse es un fenómeno astronómico, pero puede convertirse perfectamente en una extraordinaria lección de valores.
- La primera, nos habla de nuestra capacidad de asombro. A menudo comparto con mis residentes universitarios una realidad: nos hemos acostumbrado a recibir tantas imágenes, y hasta a fabricarlas, que corremos el riesgo de que nada nos impresione de verdad. Y por ello, les digo, educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Ni su aprendizaje ha de quedar en mera instrucción. También hay que aprender a detenerse, prestar atención y reconocer y hasta saborear cómo la realidad, la verdad, y la belleza son mucho más grandes que nosotros.
- La segunda lección es la humildad. El ser humano ha logrado explicar con precisión cuándo comenzará el eclipse, por dónde pasará y cuánto durará. La ciencia nos permite comprenderlo y observarlo con seguridad. Pero conocer eso no debería volvernos arrogantes. Al contrario: cuanto más entendemos el universo, más motivos tenemos para admirarlo desde nuestra pequeñez y vulnerabilidad. Saber y maravillarse no son actitudes enfrentadas. La buena educación cultiva ambas y hasta las retroalimenta.
- Hay además una tercera enseñanza: la responsabilidad (en este caso ante la mencionada vulnerabilidad humana). Mirar directamente al Sol sin la protección adecuada puede causar daños graves. También aquí aparece un valor que merece ser educado: no todo lo que deseamos hacer puede hacerse de cualquier manera. La libertad necesita prudencia, normas o límites y confianza en quienes saben de verdad. Es una lección sencilla para los más jóvenes, pero no sólo para ellos.
El eclipse puede reunir a padres, hijos y abuelos; a profesores y estudiantes; a vecinos que quizá apenas se saluden. Casi como el Mundial. Solo que “la pelota” en la que fijar nuestra mirada va a ser más grande, más sorprendente.
Educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Ni su aprendizaje ha de quedar en mera instrucción. También hay que aprender a detenerse, prestar atención y reconocer y hasta saborear cómo la realidad, la verdad, y la belleza son mucho más grandes que nosotros.
Quiero anotar algo más: la iniciativa del CSIC para que personas con discapacidad visual puedan vivirlo mediante el sonido añade una dimensión especialmente hermosa, también en el ámbito educativo: una experiencia verdaderamente compartida procura no dejar a nadie fuera. No child behind.
También la universidad debería aprovechar ocasiones como ésta (la época vacacional no le impide contactar a sus estudiantes; seguro que todos están a vuelta de un clic. Y siempre caben análisis simultáneos y posteriores). Sabemos bien que la educación superior no puede limitarse a formar buenos especialistas. Está llamada a despertar en sus estudiantes curiosidad, pensamiento crítico, respeto por el conocimiento y conciencia del bien común. Y esa formación no sucede únicamente en las aulas. Continúa en los campus, en los colegios mayores, en las residencias, en las conversaciones que nacen cuando un grupo de jóvenes comparte una experiencia que merece ser recordada…
Cuanto más entendemos el universo, más motivos tenemos para admirarlo desde nuestra pequeñez y vulnerabilidad. Saber y maravillarse no son actitudes enfrentadas.
Quizá el 12 de agosto muchos hagan una fotografía. Está bien. Pero sería una pena que, pendientes de capturar el momento, no llegáramos a vivirlo. Nuestros jóvenes necesitan tecnología (como la necesitamos todos, como necesitamos saber usarla bien), por supuesto. Pero los hombres y mujeres del mañana (como los de hoy) necesitan aún más aprender a mirar; a guardar silencio: más, a disfrutar del silencio; a compartir el asombro; a agradecer la belleza de la Creación… y al Creador.
La libertad necesita prudencia, normas o límites y confianza en quienes saben de verdad. Es una lección sencilla para los más jóvenes, pero no sólo para ellos.
Durante unos minutos, la luz se apagará. Puede que entonces comprendamos algo importante: una sociedad educa bien cuando enseña a sus jóvenes no sólo a brillar, sino especialmente a mirar juntos hacia lo alto buscando encontrar la luz y, qué mejor, la verdadera Luz. Y a reflejarla, para iluminar. Disfruta el eclipse. Y, luego, la claridad.
José Iribas S. Boado
Director de Relaciones Institucionales de CampusHome
Ex consejero de Educación de Navarra




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