El Principito de Saint-Exupéry descubre que, pese a la belleza de todas las flores, la suya tenía algo único: el haber sido amada.
Un beso embriaga como un brebaje misterioso. Y no es, por cierto, sólo por las hormonas flotantes que se activan en el contacto, como la mera perspectiva cientificista nos quiere hacer creer. Es porque los cuerpos son expresiones del alma, y un beso permite asomarse —aunque sea por un instante— a lo que el otro guarda de más secreto.
Como cantaba Pedro Salinas:
«Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.»
(La voz a ti debida)
El autor comprende perfectamente que este beso es un «cor ad cor loquitur»: los corazones se hablan sin palabras.
Hay quien, sin embargo, decide amar sólo el cuerpo para no amar demasiado el alma, que es algo mucho más peligroso. Quien hace de la conquista un hábito suele huir, en realidad, de la entrega: teme verse en el espejo del amor auténtico porque aún lleva dentro un corazón lastimado. Y esto paradójicamente cuando anhelaría ese amor profundamente.
Neruda le canta a su amada que “cada herida tiene la forma de tu boca”. Y no es casual: el beso puede herir. Es una saeta delicada que conmueve lo más hondo, como si algo del otro entrara a morar por un instante en nuestra interioridad.
Quizá por eso el beso no admite del todo la ligereza. Tiene algo de irrevocable, aun cuando sea fugaz. No porque comprometa para siempre, sino porque toca una zona que no se deja rozar sin consecuencias. Después de un beso verdadero, algo queda alterado: la manera de mirar al otro, o de mirarse a uno mismo. No se besa igual antes y después de haber sido verdaderamente visto.
El beso auténtico no es posesión, pero tampoco es juego inocuo. Es una forma breve de promesa, aunque no siempre sepamos cumplirla. En él se ofrece algo que no se puede retirar del todo: una intimidad que, una vez revelada, ya no vuelve intacta al silencio.
Es por esto que no se han concebido para la traición, sino para el amor sincero y único de una persona. P or eso los besos desgastados de los «labios compartidos» que componía Maná. El artista cantaba casi gritando, vehemente «Ya no puedo compartir tus labios». Y no es sólo una frase que rima con la música. Es que, aunque el deseo o las circunstancias físicas en teoría lo permitan, no se puede tener dividido el amor de alguien, porque es como tener partida el alma en dos.
El beso auténtico no es posesión, pero tampoco es juego inocuo. Es una forma breve de promesa, aunque no siempre sepamos cumplirla.
Porque toda belleza corre el riesgo de ser trivializada cuando se la toma a la ligera. T al vez por eso preocupa ver cómo, entre muchos jóvenes, el beso se ha vuelto un acto casi automático, entregado como prácticamente social y despreocupado. Sin darse cuenta de que en ese besar a discreción se va rompiendo el alma un poco.
El Principito de Saint-Exupéry descubre que, pese a la belleza de todas las flores, la suya tenía algo único: el haber sido amada. Por eso, aunque los rasgos externos puedan repetirse en varias personas, sólo una se distingue por su ser concreto, por el alma que hemos aprendido a reconocer en el trato cotidiano. Hoy se habla de amor en términos de compatibilidades o conveniencias, pero todo eso se vuelve secundario cuando el amor se dirige a la persona misma, con sus fallos, incluso encontrándolos encantadores.
Ese amor no es condicional y se dona —podríamos decir que con cierta inocencia luminosa— en la expresión física de los besos. Sin llevar la contabilidad del mérito o el rango social, sin medir el valor ajeno como si fuera una transacción. Los besos sinceros, en cambio, son generosos: se entregan enteros, como lo haría un niño que no tiene otra riqueza que su afecto.
Ellos son —o deberían ser— como pájaros, como cantaba Aleixandre. Alados y libres, llamados a volar en la extensión del cielo. No están diseñados para el cinismo del deseo puramente animal, ni para quedarse encerrados en la imaginación. Existen para rendir el corazón, para estremecerlo, para reconocer en el otro una belleza que pide ser celebrada.
No te olvides, temprana, de los besos un día.
De los besos alados que a tu boca llegaron.
Un instante pusieron su plumaje encendido
sobre el puro dibujo que se rinde entreabierto.




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