La belleza
Tenemos dificultades para definir la belleza, seguramente porque entraña aspectos a la vez objetivos y subjetivos; es una propiedad de las cosas, pero a la vez depende del impacto emocional en el observador. Como en tantos otros temas, Tomás de Aquino proporciona un tratamiento ampliamente aceptado al tratar la belleza como “aquello cuya sola aprehensión agrada”.[1]
Pero la naturaleza de la belleza es uno de los enigmas más fascinantes de la filosofía y de la ciencia, que estamos empezando a desvelar.
La belleza en las formas: la proporción áurea
El hecho cierto es que existen patrones muy generalizados a los que atribuimos belleza. Así, desde tiempo inmemorial se observa que objetos con una determinada relación entre sus proporciones muestran la percepción de belleza.
Esta relación se presenta en muy diferentes figuras geométricas, y fue Euclides quien, tres siglos antes de nuestra Era, la definió matemáticamente[2], obteniendo el número irracional “Fi” φ= 1´618031…

Desde entonces, este número, generalmente denominado “proporción áurea”, y al que Luca Pacioli llegó a denominar “divina proporción”, ha estado rodeado de una aureola de misterio. Debido fundamentalmente a tres motivos:
- El hecho de que este número ha podido deducirse matemáticamente de muy diversas formas, presentando a la vez llamativas propiedades matemáticas;
- El descubrimiento de esta relación en numerosas formas de la naturaleza; y
- La utilización consciente de estas proporciones en la obra de numerosos artistas.
Las diferentes formulaciones matemáticas para llegar al número φ tienen su punto de partida en el siglo XIII, cuando se descubre la secuencia de Fibonacci. Una serie de números en la que cada número es la suma de los dos anteriores, como en: 0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, etc. A lo largo de la secuencia, la relación entre los números consecutivos se aproxima mucho a la proporción áurea, acercándose cada vez más a ella a medida que avanza la secuencia. Las matemáticas permiten otras formas de llegar al número φ, como por ejemplo la solución de la ecuación x2 – x – 1 = 0 o también utilizando la trigonometría o la teoría de límites.
La proporción áurea se manifiesta con claridad en un rectángulo cuyos lados cumplan esa relación, pero por extensión se ha aplicado a numerosas figuras geométricas, como espirales o todo tipo de polígonos.
Durante siglos, se ha observado la presencia de la proporción áurea en la naturaleza, fomentando de este modo la idea de que ese número aparece con demasiada frecuencia en el mundo natural como para ser una coincidencia, y contribuir al halo de misticismo que siempre le ha rodeado. Por citar algunos ejemplos, muchas flores tienen pétalos en números que concuerdan con la secuencia de Fibonacci, como los lirios con tres pétalos, los ranúnculos con cinco y las margaritas con 21, 34 o 55 pétalos. En plantas como el girasol, las semillas se disponen en espirales que se ajustan a la proporción áurea. Algunas conchas marinas se expanden de acuerdo a la proporción áurea, siendo la concha del nautilo el paradigma por excelencia, pues crece en una espiral logarítmica que mantiene la misma forma a medida que aumenta de tamaño, encarnando la proporción áurea.
Muchas obras monumentales del pasado, del antiguo Egipto, de la América precolombina, la estupa de Borobudur en Java o la mezquita de Kairouan en Túnez muestran en sus dimensiones la relación áurea. Y en el mundo occidental la utilización consciente de las proporciones áureas ha sido constante desde Fidias hasta nuestros días. Así, muchas de las catedrales góticas exhiben estas proporciones. El Hombre de Vitruvio es un famoso dibujo de Leonardo da Vinci, que ilustra la obra de Luca Pacioli titulada De divina proportione, en la que se explican las proporciones que han de guardar las construcciones de índole artística, basadas en la relación áurea. Ya en nuestros días uno de los artistas que con más vehemencia ha querido seguir las reglas de la proporción áurea ha sido Salvador Dalí. En su obra La última cena incluye la proporción áurea tanto en las dimensiones del lienzo como en cada una de sus partes. Coloca la escena en el interior de un dodecaedro formado por doce pentágonos áureos, situando a Cristo en el centro y los apóstoles dispuestos según la relación áurea.

La belleza en la música
Definimos la música como una forma artística de sonido creada con armonía, ritmo, timbre, tono, melodía, y un determinado tempo y dinámica. Más allá de la diferente forma en que cada individuo aprecia la belleza, estadísticamente se consideran más bellos los pasajes más melódicos, tranquilos, tristes, lentos, tonales, tradicionales y sencillos. Entre los muchos elementos audibles, lo que nos atrae fundamentalmente en un momento dado es la melodía. El tono y el ritmo se combinan para formar la melodía, y las demás características: la armonía, el timbre, el tempo, la dinámica, etc., participan con un papel secundario.
El filósofo y compositor Leonard Meyer nos dio en 1956 una respuesta a la pregunta de qué origina el que una melodía la percibamos como bella. En su libro Emotion and Meaning in Music[3] sugirió que la emoción en la música tiene que ver con lo que esperamos, y si lo conseguimos o no. La melodía establece patrones sonoros y regularidades que nos tientan a hacer predicciones inconscientes sobre lo que vendrá después. Si acertamos, el cerebro se da una pequeña recompensa: una oleada de dopamina. El baile constante entre expectativas y resultados anima el cerebro con un juego placentero de emociones.
La belleza en la ciencia
Werner Heisenberg ha sido uno de los físicos más importantes del siglo XX. Nos mostró una de las cualidades más extraordinarias de la naturaleza, el principio de incertidumbre que lleva su nombre. En 1970 pronunció una conferencia en la Academia de Bellas Artes de Baviera con el título El significado de la belleza en las ciencias naturales exactas[4] en la que nos dejó la idea de que “la belleza de la naturaleza se refleja también en la belleza de la ciencia natural”.
Uno de los ejemplos centrales para corroborar esta afirmación fue el descubrimiento de Pitágoras de que cuerdas vibrantes igualmente tensas producen un sonido armónico si sus longitudes se sitúan una respecto a la otra en una simple relación numérica racional. La estructura matemática, es decir, la relación numérica racional como fuente de armonía, fue sin duda, en palabras de Heisenberg, uno de los descubrimientos más fascinantes de la historia de la humanidad. La relación matemática también era, por tanto, fuente de belleza.

Además, quiso resaltar una antigua definición de belleza como “la justa concordancia de las partes entre sí y con el todo”. Y cómo la belleza surge cuando el científico pone en orden todas esas partes que parecen inconexas: “Dos veces más en la historia de las ciencias naturales exactas este resplandor de la gran interconexión se ha convertido en la señal decisiva para un progreso significativo. Pienso aquí en dos acontecimientos de la física de nuestro siglo: el surgimiento de la teoría de la relatividad y el de la teoría cuántica. En ambos casos, tras años de infructuosos esfuerzos por comprenderla, se ordenaron casi de repente una desconcertante abundancia de detalles. Esto ocurrió cuando surgió una interconexión que, aunque se creía en gran medida imposible de visualizar, resultó finalmente simple en su sustancia”.
La explicación neurológica
El profesor de la University College of London, Semir Zeki, fundador de la neuroestética, al abordar una definición de belleza, considera que el primer paso es indagar qué tienen en común todos los objetos que se perciben como bellos. Y afirma que nunca se ha identificado un factor común de este tipo, salvo en neurobiología.
Efectivamente, se han realizado numerosos estudios neurobiológicos de la experiencia de la belleza derivada de diferentes fuentes sensoriales. La experiencia de la belleza, e incluso un recuerdo de ella, derivada de todas estas fuentes se correlaciona con la actividad en una parte determinada y específica del cerebro emocional, a saber, el campo A1 de la corteza orbitofrontal medial (A1mOFC)[5]. En el ámbito específico de la sensación musical, dos neurocientíficos, Anne Blood y Robert Zatorre[6], investigaron esta cuestión en la Universidad McGill de Montreal en 2001 y descubrieron que la música activaba las áreas límbicas y paralímbicas del cerebro, lo que provocaba respuestas de recompensa excitantes, similares a las que se experimentan cuando se come bien, se consumen drogas adictivas o se practica sexo.
Buscando la explicación en el proceso evolutivo
Pero el hecho de que podamos establecer determinadas reacciones del cerebro ante sensaciones de tipo estético no nos permite responder por qué tenemos ese tipo de sensaciones.
Para responder por qué experimentamos la belleza o si esta tiene un propósito debemos recurrir al proceso evolutivo del ser humano. El genetista más influyente del siglo XX, Theodosius Dobzhansky, lo expresó así: “nada en biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución”[7].
Adrian Bejan[8], profesor de la Universidad de Duke, argumenta que la visión humana ha evolucionado a través de su larga etapa de hominización, y que como cualquier otro animal ha percibido siempre el peligro proveniente de los lados o de detrás, no de abajo ni de arriba, por lo que el alcance de su visión evolucionó en consecuencia, de acuerdo con la ley constructiva de generación y evolución del diseño en la naturaleza. La consecuencia es que el ojo de los seres humanos escanea más rápido la dimensión horizontal que la vertical. La relación de estas velocidades, horizontal y vertical, es la que determina las dimensiones del rectángulo de visión que permite el escaneado más eficiente, es decir, aquel en el que se tarda el mismo tiempo en escanear la dimensión vertical que la horizontal. Esta relación es precisamente el número φ: el ojo humano es capaz de interpretar una imagen en la que aparezca la proporción áurea más rápido que cualquier otra. “Las formas que se asemejan a la proporción áurea facilitan la exploración de las imágenes y su transmisión al cerebro a través de los órganos de la visión… Cuando vemos las proporciones de la relación áurea, nos sentimos ayudados. Sentimos placer y lo llamamos belleza”.
También para la belleza que descubrimos en la música encontramos explicación en nuestro proceso evolutivo. Hemos mencionado cómo Meyer nos hizo ver que la melodía establece patrones sonoros y regularidades que nos tientan a hacer predicciones inconscientes sobre lo que vendrá después. Y esto nos hace sentir bien. Pero, ¿por qué es así? La respuesta de los neurocientíficos es que se activan ciertas partes del cerebro y se produce la dopamina que lo recompensa. Es fácil entender por qué el sexo o la comida se recompensan con un subidón de dopamina: esto nos hace querer más, y así contribuye a nuestra supervivencia y propagación. Pero, ¿por qué una secuencia de sonidos sin aparente valor para la supervivencia tiene el mismo efecto? Esta pregunta la contesta el musicólogo David Huron[9], de la Universidad Estatal de Ohio afirmando que precisamente en el pasado la rápida interpretación de la secuencia de los sonidos sí era importante. En la sabana africana, nuestros antepasados no podían permitirse el lujo de reflexionar sobre si ese chillido era de un mono inofensivo o de un león depredador. Al eludir el «cerebro lógico» y tomar un atajo hacia los primitivos circuitos límbicos que controlan nuestras emociones, el procesamiento mental del sonido podía provocar un subidón de adrenalina –una reacción visceral– que nos preparaba para salir de allí como fuera…

De todas formas, si nos referimos a la belleza en sentido amplio, a la que alude Heisenberg como “la justa concordancia de las partes entre sí y con el todo”, a primera vista no parece que tenga una explicación en el marco evolutivo. La belleza en sí es una experiencia abstracta, en el sentido de que tiene muchas fuentes diferentes. Sin embargo, muchos biólogos y psicólogos evolucionistas han ofrecido, no sin controversia, posibles explicaciones evolutivas de su origen.
Desde un punto de vista evolutivo, reconocer patrones en la naturaleza, como el cambio de las estaciones, las pautas meteorológicas o el comportamiento de los animales, habría ayudado a los primeros humanos a hacer predicciones y tomar decisiones informadas sobre la caza, la recolección y el refugio. En realidad somos capaces de identificar muchos otros patrones de diferente índole presentes en la naturaleza. Así, nuestro cerebro reconoce la simetría en un rostro como indicativo de buena salud y genes fuertes en una pareja potencial o las plantas que crecen siguiendo patrones fractales como sanas y seguras para el consumo, y desconfía de las que crecen torcidas. En definitiva, la capacidad del cerebro para reconocer y apreciar las armonías naturales está vinculada a mecanismos neuronales que favorecen el procesamiento eficaz de la información visual y auditiva.
Y, como consecuencia de que reconocer y responder a patrones armónicos en la naturaleza, como la regularidad de las estaciones, la simetría de los organismos sanos o el ritmo de los ciclos naturales, nos habría conferido ventajas de supervivencia, nuestro cerebro ha evolucionado para encontrar la armonía intrínsecamente gratificante[10].
[1] Alejandro Durango Sobre el concepto de belleza en Santo Tomás de Aquino Universidad de Valladolid/Universidad de Salamanca 2018
[2] Para ello, se sirvió de una recta imaginaria; e imaginó un punto que dividiese la recta en dos segmentos más pequeños, de forma que se cumpliese que la relación entre el segmento mayor y la recta debía ser la misma que la del segmento menor y el mayor. La división de ambas longitudes, independientemente del tamaño de la recta inicial, da lugar a un número, el número irracional “Fi” φ= 1´618031…
[3] Leonard B. Meyer Emotion and Meaning in Music The University of Chicago Press 1956 ISBN: 0-226-52139-7
[4] Werner Karl Heisenberg The Meaning of Beauty in Exact Natural Science | Inters.org Lecture delivered to the Bayerische Akademie der Schönen Künste 1970
[5] Semir Zeki Notes Towards a (Neurobiological) Definition of Beauty Sciendo 2019 DOI 10.2478/gth-2019-0012
[6] Anne J. Blood and Robert J. Zatorre Intensely pleasurable responses to music correlate with activity in brain regions implicated in reward and emotion Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) 2001
[7] Theodosius Dobzhansky Nothing in Biology Makes Sense except in the Light of Evolution National Association of Biology Teachers 1973 https://doi.org/10.2307/4444260
[8] Adrian Bejan The Golden ratio predicted: Vision, cognition and locomotion as a single design in natureWIT Press 2009 DOI: 10.2495/D&NE-V4-N2-97-104
[9] Philip Ball Will we ever… understand why music makes us feel good? BBC 19 April 2013
[10] Douglas C Youvan Humans and Harmony: A Multidisciplinary Exploration of Pattern Appreciation and Its Impacts on Culture and Well-being ResearchGate 2024 DOI:10.13140/RG.2.2.31732.97923




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