El subjuntivo es la forma verbal de lo incumplido, de lo anhelado, de lo incierto. Surge en el español y en el francés, y no en otras lenguas, por ejemplo las germánicas, quizá por nuestra inclinación a soñar y desear, que es en cierto modo una inclinación de exuberancia, y por la imprevisibilidad o espontaneidad de nuestras culturas. Pues nuestro clima no requería siempre de estar en una lucha constante contra los medios -al menos en tiempo de paz-, ni a la planificación estricta, y es más presta a soñar con lo querido, quizá en una tarde de calor a la sombra de una parra. Quizá es también porque el azul del cielo cuando es intenso despierta la imaginación hacia lugares distintos.
El condicional surge de la necesidad de formular hipótesis, que pueden ser sobre lo cierto y conocido, o sobre lo desconocido e incierto, si ya involucra al subjuntivo.
Estas formas de la gramática son hermosas, y a veces hasta útiles. El condicional permite acotar escenarios, y predecir resultados. Pero el condicional compuesto del pasado (también llamado condicional irreal del pasado), si se habita demasiado, es hondamente infértil.
Puede provenir de nuestra obstinación por mirar atrás. Puede ser incluso útil para hacer análisis retrospectivo. Pero corre el riesgo de quedarse en el lamento «si hubiera hecho esto…, si no hubiera hablado aquello otro…»; sin asumir el riesgo que representa, en la realidad, haber dicho aquello o haber hecho lo otro, cuando se pudo. Es más fácil lamentarse hacia el pasado que reunir valor para el futuro. Y, como ya no se puede hacer nada, el alma de los cobardes encuentra en esta construcción verbal una ideal morada.
Es más fácil lamentarse hacia el pasado que reunir valor para el futuro.
Por eso, aunque no olvidamos la belleza contenida en el deseo del subjuntivo, ni nos privamos a veces de una cierta melancolía breve en los ámbitos de los pasados perdidos, quizá sea más digno tomar esas privaciones del pasado como alimento para el futuro, y no como refugio o recreación de la inacción. Pues el pasado irreal tiende a la victimización, y los tiempos indicativos a la responsabilidad. El subjuntivo, por más querido que pueda ser de nuestro alma poética, apunta a la desesperanza y el pasado; el indicativo, más bien a la esperanza y el futuro.
Por esto, más vale ahondar en los dominios de la promesa consecuente, de la acción, que en la congelación estéril de los «hubiera» y los «habría». Es más transformador de la realidad positiva pensar en los «haré» y los «habrá», donde realmente se juegan los sucesos más allá de los lamentos y las construcciones mentales.
Entonces no nos preguntaremos retóricamente, como Alberti, por los paraísos perdidos «¿Adónde el Paraíso, sombra, tú que has estado?». Sino que podremos, como los hazañosos y los valientes, actuar, nombrar, herir la realidad.





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