Aunque vivir con sosiego parezca incompatible con los requerimientos del día a día, es indispensable para la creación artística.
Tengo la fortuna de disfrutar de la amistad de numerosos artistas: narradores, poetas, pintores, escultores, arquitectos, músicos y toreros (me falta algún cineasta y bailarín, pero todo se andará). A todos los caracteriza un modo de vivir diferente al del resto de la población, particular en cada caso aunque con un denominador común: la despaciosidad. Para ellos –y en buena medida para mí– el tiempo se mide con un compás distinto, ajeno a los horarios y al cumplimiento de jornadas de trabajo preestablecidas.
Todo artista debe sentirse ajeno a las prisas, a la urgencia, a los calendarios de entrega porque cualquier obra que aspire a transmitir el delicado equilibrio del asombro, exige una manufactura delicada, aunque su vehículo de expresión sea un pesado piano de cola, un tosco cincel de metal, toneladas de ladrillos, un lienzo de grandes dimensiones o un toro de quinientos kilos.
A propósito de toros, una mañana me cité en Sevilla con cierto coleta para realizar juntos una serie de gestiones por el centro de la ciudad. La primera fue en una oficina de Correos, en la que encontramos largas colas ante las ventanillas de envíos y recogidas. Comencé a consultar el reloj y, por ende, a impacientarme, pues temía que nos cerraran el banco donde nos aguardaban para mantener una reunión. Una vez pudimos certificar la carta que llevábamos, salimos a la calle y apremié a mi amigo mientras yo aceleraba el paso: «¡Corre, que no llegamos!». Como reacción, él se detuvo en mitad de la acera y movió parsimonioso las manos de arriba a abajo, como si amasara el aire. «Calma», me dijo, «que las cosas hay que hacerlas despacio». De primeras no le entendí, así que golpeé repetidamente la esfera de mi reloj para señalarle la razón de la premura, lo que, para mí sorpresa, no le hizo aligerar el ritmo de su andar. «Mira», sentenció, «un artista no puede echarse a correr así como así. El torero, cuando sale de casa, está obligado a caminar con reposo, a observar y a escuchar, que es el único modo de descubrir dónde está escondido el duende de la inspiración». Doy fe de que aquel argumento lo describe a carta cabal; es el resumen de lo que le he visto ejecutar en los ruedos, sin celeridad, siempre templado.
Aunque vivir con sosiego parezca incompatible con los requerimientos del día a día, es indispensable para la creación artística. Hablo de mi experiencia: para escribir requiero de un entorno silencioso, tanto de ruidos como de distracciones, limpio y –a ser posible– ordenado. Discurrir el desarrollo de un argumento (el de esta misma columna) y armarlo con las palabras precisas no es tarea fácil, sobre todo cuando se aspira a la excelencia. La tensión aparejada a la creación literaria no se conforma con la buena voluntad sino con la filigrana de la labor cuidada hasta el detalle. Por eso, cualquier desequilibrio externo me afecta de modo fatal.
«Mira», sentenció, «un artista no puede echarse a correr así como así. El torero, cuando sale de casa, está obligado a caminar con reposo, a observar y a escuchar, que es el único modo de descubrir dónde está escondido el duende de la inspiración».
Un moscardón que se golpea, pertinaz, contra el vidrio de la ventana, tiene poder para llevarse por delante la brillante resolución de un artículo. El timbre desenfrenado del telefonillo contra el que el repartidor de Amazon ha clavado el dedo, espanta a las musas, que tienen un oído muy fino. El zumbido de la sopladora con la que un empleado del ayuntamiento va barriendo la calle, arruina una escena de amor o da al traste con el desgarro por la muerte de la madre del protagonista. Un bocinazo repetido o la alarma antirrobo de un automóvil hace que se esfumen los adjetivos con los que pretendíamos describir los matices de una habitación. La vecina charla que te charla con otra vecina a través del patio de luces, o aquella que enciende la radio a todo volumen mientras plancha, revienta la concentración de quien elabora un diálogo que exige matices. El fragor de la aspiradora, un grifo que gotea, una cisterna que pierde agua, el bramido de la Termomix, el taconeo de los vecinos del piso de arriba, el llanto rabioso de un bebé, el zureo de unas palomas posadas en el alfeizar, el chirrido de un frenazo, una llamada telefónica a destiempo o el martillo percutor que abre el asfalto de la calle parecen razones justificadas para lanzar el ordenador o la máquina desde la terraza.
Sin embargo, el artista es hombre o mujer de su tiempo, y nuestro tiempo está cuajado de ruidos y distracciones. Para ser sincero, mi escritorio es el retrato exacto del desorden: papeles por aquí, libros por allá, lápices, bolígrafos, post-it, fotografías, revistas a medio leer… y cada elemento lanzado al azar sobre el tablero, como los dados en la mesa de un casino. Para seguir siendo sincero, mis vecinos de enfrente disfrutan quemando el motor de la sopladora, y no son pocos los automóviles de mi calle a los que se les salta inesperadamente la bocina de la alarma, ni los zumbidos de los wasaps, ni las llamadas desabridas de los callcenter, ni la insistencia de la aspiradora por tragarse el polvo de la alfombra del pasillo.
Si el escritor condicionara su trabajo a un entorno ideal (aquel que he descrito unos párrafos atrás), quien firma estas líneas hace mucho que no habría publicado una coma.





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