Los clarines y timbales han roto a sonar por todos los rincones de España, se han abierto las puertas de los patios de cuadrillas y los toreros han tomado sus capotes.
A pesar de los continuos desdenes del ministro de Cultura, con la llegada de la primavera los clarines y timbales han roto a sonar por todos los rincones de España, se han abierto las puertas de los patios de cuadrillas y los toreros han tomado sus capotes. Ha vuelto el toro, animal que representa nuestra historia, nuestra cultura y todas las ramas universales del arte. No en vano, el contorno de la Península Ibérica tiene la forma de su piel. Es el mismo que corona algunas de nuestras carreteras y puebla las dehesas, aquel cuya presencia garantiza el mantenimiento de buena parte de nuestros ecosistemas. Acaba de publicarse la cuarta edición de “Toros para antitaurinos” (Editorial Homo Legens), del escritor Miguel Aranguren, articulista de cabecera de Woman Essentia, un libro atípico en su carrera que nos permite conocer, apreciar y –por qué no– amar la Fiesta.
Woman Essentia.- ¿Qué hacemos con Urtasun?
Miguel Aranguren.- No te escondo que me desagrada comenzar esta entrevista mencionando al tal Urtasun –se arranca Aranguren con bravura–. Es un ministro prevaricador, que impone sus gustos (sus mendaces prohibiciones) sobre la oferta cultural y artística que debe cuidar, es decir, sobre la libertad de los ciudadanos que le pagamos el sueldo. ¿Quién es él para elegir nuestras aficiones? Ojalá la política dé un giro de madurez y los votantes comprendamos que los gobernantes están a nuestro servicio, y no al revés.
WE.- No están mal sus palabras como inicio de esta entrevista.
MA.- Es que entendemos la democracia desde el infantilismo. Los ministros, el presidente del Gobierno y demás cargos políticos están de paso. No son nadie para dictarnos lo que tenemos que pensar, decir y hacer. Su obligación es garantizar la libertad que nos ampara y administrar correctamente nuestros impuestos. ¿Qué nos importa lo que piense Urtasun de los toros o del circo, del cine o del arte de los tapices? La tauromaquia –patrimonio cultural inmaterial, protegido por el artículo 46 de nuestra Constitución, a la que la administración general del Estado está obligada a custodiar y fomentar por mandato legal– es de todos, como la música de cámara o los castells, nos gusten estos más o menos.

WE.- Pero él insiste en que los espectáculos taurinos interesan a un porcentaje muy reducido de ciudadanos y que la mayoría desea su abolición.
MA.- Semejante aseveración es pura propaganda. El propio ministerio de Cultura, desde su división de estadística, ha publicado que la tauromaquia supone el tercer espectáculo de masas en nuestro país. Otras encuestas aseguran que es el segundo después del fútbol. En todo caso, la cultura no se debería someter a estos cálculos salvo por razones de organización y de inversión pública, lo que en los toros brilla por su ausencia a pesar de los millones de euros, directos e indirectos, que generan para las arcas públicas. En este sentido, es una expresión artística y cultural maltratada.
«Los antitaurinos son los instrumentos que emplean los ideólogos animalistas, son marionetas de un teatrillo deshumanizado en el que las mascotas ocupan el lugar de los seres humanos, pues les dotan de un espíritu racional del que carecen»
WE.- ¿Y qué tienen que ver los antitaurinos en este jaleo? Usted les dedica el título de su libro.
MA.- Los antitaurinos son las víctimas de esta obsesión política por imponernos un pensamiento y un comportamiento único, por arrancar la Fiesta de raíz, por apuntillarla (utilizando el léxico taurino, que es otra prueba indiscutible de su fuerza cultural). Los antitaurinos son los instrumentos que emplean los ideólogos animalistas, son marionetas de un teatrillo deshumanizado en el que las mascotas ocupan el lugar de los seres humanos, pues les dotan de un espíritu racional del que carecen. Un caballo es un caballo, no un amigo con el que irse de copas. Un perro es un perro, guardián fiel y en muchos casos compañero que no se separa de nuestros tobillos, pero no un confidente ni, mucho menos, un sustitutivo de nuestra naturaleza social. Un perro no es un esposo, ni un novio ni un hijo. Me llama la atención que tantos jóvenes sigan al dedillo los mantras animalistas, por los que renuncian a ser padres, madres, a cambio de tener un gato, un perro, un lagarto o una pareja de canarios. A una mascota se la adquiere, es decir, pasa a ser de nuestra propiedad; un hijo no, porque su dignidad es única, infinita, distinta a la de sus progenitores. En un caso se trata de una tenencia, en el otro de un don. Y yo me quedo con el don.

WE.- ¿Se puede revertir el antitaurinismo?
MA.- No es mi propósito; que cada palo aguante su vela. Lo que se puede y se debe es explicar en qué consiste la tauromaquia, por qué seduce a tanta gente, por qué sus protagonistas (toreros, ganaderos, mayorales…) son apasionados protectores de la naturaleza, por qué la crianza del toro bravo es una garantía para la supervivencia de la especie y de todas las especies silvestres con las que convive, por qué alguien decide emprender un oficio tan arriesgado y difícil como el de torero, cuál es la razón por la que un lance, un pase, un quite, una faena, una estocada… despiertan emociones estéticas tan intensas en quienes se sientan en los tendidos. Si después de leer “Toros para antitaurinos” decides no pisar una plaza, seré el primer en defender tu derecho a que no te gusten los toros, incluso a que los aborrezcas. Eso sí, la experiencia de los lectores me dice que renunciarás a imponer su prohibición.
«Si te detienes frente a un cuadro de calidad, experimentarás la fuerza de su belleza, que podrás recuperar cada vez que lo contemples, pero los toros tienen la singularidad de que su belleza se deshace al mismo tiempo que se realiza»
WE.- ¿Qué tiene que ver la Fiesta con un mundo tecnológicamente tan evolucionado como el nuestro?
MA.- Poco o nada. Y ahí reside su magia. La tauromaquia no es un espectáculo virtual al que se le pueden añadir efectos especiales. Delante de un astado nadie puede recurrir a la inteligencia artificial, ni pretender torearlo mediante wasaps. La tauromaquia es atávica, una liturgia, una reglamentación exclusiva que está por encima de los cambios sociales, de las nuevas tecnologías. En el ruedo hay un animal indómito y un hombre dispuesto a entregarle su vida a cambio de lucir ante el público su bravura. En sus manos lleva una tela rosa (el capote), y una tela roja (la muleta) sostenida por una espada que hasta que llega la hora de la verdad es de madera o aluminio. Solo con su inteligencia y su destreza –según unos patrones artísticos– podrá someter la violencia irracional y crear emoción y belleza.
WE.- Habla de la belleza, que es el fin de todas las disciplinas artísticas. Usted, que es literato, pintor y escultor, ¿coloca la tauromaquia al mismo nivel?
MA.- ¿Por qué no? La tauromaquia es el arte del instante. Es decir, un arte que no se puede aprehender, que no se puede congelar. Si te detienes frente a un cuadro de calidad, experimentarás la fuerza de su belleza, que podrás recuperar cada vez que lo contemples, pero los toros tienen la singularidad de que su belleza se deshace al mismo tiempo que se realiza, lo que los dota de un encanto especial. Por otro lado, conviene no olvidar que forman parte inspiradora de las demás artes: la pintura, la escultura, la arquitectura, la música, la danza… En una tarde de toros el espectador se encuentra con retazos de todas esas disciplinas, y es habitual que en el tendido se sienten escritores, pintores, bailarines, compositores…, es decir, personas con una especial sensibilidad.
WE.- ¿Qué le llevó a escribir “Toros para antitaurinos”?
MA.- Un cúmulo de motivos: la tauromaquia me acompaña desde niño porque mi abuelo materno fue ganadero de reses bravas e íntimo amigo de Antonio Ordóñez. Él me llevó a la plaza por primera vez, a mis ocho o diez años, y desde los doce soy abonado de Las Ventas, en donde he crecido en conocimiento y afición. Por otra parte, siempre he sentido veneración por los toreros, pues llevan una vida heroica, cuajada de virtudes humanas. Deberían pasar por las aulas de colegios y universidades, para enseñar la razón del esfuerzo, cómo enfrentarse al dolor, a valorar el triunfo y colocar en su lugar el aparente fracaso. También me admira el toro, un animal que sin la Fiesta se habría extinguido hace siglos dado el peligro que supone su cercanía. Este espectáculo único lo ha salvado de su desaparición, que hubiera sido un drama para la biodiversidad.
«Acompañar a un matador de toros en su día a día, me brinda herramientas fabulosas para mi labor de escritor. No solo por lo que Ruiz Muñoz me enseña durante sus entrenamientos, en el tiempo que pasamos en el campo, los días en los que está anunciado en alguna plaza, sino por la singularidad del mundo en el que se mueve, tan duro y tan delicado a un mismo tiempo»
WE.- También acompaña a un torero.
MA.- ¡Al mejor de los toreros! –exclama Aranguren con una sonrisa–. Conocí a Ruiz Muñoz hace siete u ocho años, y desde entonces estoy a su lado, brindándole mi amistad, mi ayuda y mis consejos, aunque soy yo quien se beneficia de su experiencia, que es única. Acompañar a un matador de toros en su día a día, me brinda herramientas fabulosas para mi labor de escritor. No solo por lo que Ruiz Muñoz me enseña durante sus entrenamientos, en el tiempo que pasamos en el campo, los días en los que está anunciado en alguna plaza, sino por la singularidad del mundo en el que se mueve, tan duro y tan delicado al mismo tiempo.

WE.- Al repasar el libro, nos encontramos cinco relatos literarios, distintos capítulos didácticos y cerca de doscientos dibujos de su autoría. ¿Por qué esa mezcla?
MA.- Soy novelista; lo que me gusta es contar historias, y la tauromaquia ofrece un escenario extensísimo donde colocar personajes literarios. Cuando comencé a garabatear las primeras líneas, estaba convencido de que había dado inicio a una nueva novela. Sin embargo, enseguida caí en la cuenta de que la mayoría de mis lectores iban a necesitar notas a pie de página que les explicaran la infinidad de términos que son indispensables para entender, por ejemplo, una tarde de toros. Así caí en la cuenta de que la lectura iba a complicarse con tantas llamadas. Por eso “Toros para antitaurinos” comienza con un capítulo dedicado al toro, en el que cuento su crianza y su lidia, al que sigue un relato protagonizado por un ejemplar que se ha ganado el indulto, es decir, regresar con vida desde la plaza a la finca en la que nació, como premio a su bravura. Después disecciono la corrida, hablo de la forja de un torero, sumo un nuevo relato, etc. Y respecto a los dibujos, me brindan la ocasión de unir mi pasión plástica con una tradición propia de las antiguas gacetillas, tantas veces adornadas por los apuntes en vivo de grandes artistas.
«¿Tiene futuro la fiesta? Sí, en una sociedad libre que vele por la integridad de la tauromaquia»
WE.- El prólogo es del matador riojano Diego Urdiales.
MA.- Urdiales es un esteta, considerado por sus compañeros (en activo y retirados, así como por los chavales que empiezan en el oficio) un auténtico maestro. Puedo presumir de contar con su amistad. Con él mantengo largas conversaciones, en las que hablamos de estética, de verdad, de sacrificio, de la dimensión espiritual del torero, así como de otros asuntos pegados al día a día. ¿Quién mejor que él para prorrogar “Toros para antitaurinos”? Su experiencia es apasionante: ha peleado por el triunfo en condiciones muy desfavorables, obligándose a crecer en su entendimiento con el animal que le permite expresar sus sentimientos. Eso sí –Miguel Aranguren vuelve a sonreír–, el libro está dedicado a mi torero, Ruiz Muñoz.
WE.- ¿Qué opiniones está recibiendo por parte de los lectores?
MA.- Muy positivas, especialmente por aquellos a los que buscaba desde que me embarqué en este proyecto: los que no han asistido nunca a una corrida de toros y esos otros que están convencidos de que no les atrae la tauromaquia. Puedo asegurar que “Toros para antitaurinos” les ha despertado la sana inquietud de querer conocer en qué consiste una tarde de toros. Además, están los aficionados y aquellas otras personas que se sientan de cuando en cuando en los tendidos: no son pocos los que me dicen haber descubierto el “Cossío” del siglo XXI, lo que me llena de rubor y, lo confieso, de alegría.
WE.- Por último, sea sincero, ¿tiene futuro la Fiesta?
MA.- Desde que dio comienzo el toreo a pie (a mediados del siglo XVIII) revolotea esta pregunta, que va pasando de generación en generación, pues está ligada a la fascinación ante un espectáculo en el que está presente toda la realidad del ser humano, es decir, la vida y la muerte con toda su crudeza. Hay que tener en cuenta que nos conmueve y asusta aquello que nos trasciende, pues obliga a preguntarnos acerca de nuestro destino más allá del hoy y el ahora, y eso se dirime con la liturgia del ruedo, durante los veinte minutos que dura la lidia. Por otra parte, el torero es capaz de hacer lo que nosotros quisiéramos pero no podemos, porque nos faltan valor y aptitudes: el torero ofrece su propia existencia por un propósito. Por tanto, ¿tiene futuro la fiesta? Sí, en una sociedad libre que vele por su integridad.




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