Hoy, los padres se enfrentan al gran desafío de educar a sus hijos en un mundo desconocido e incierto para ellos, de modo que se hallan interpelados a conocerlo al mismo tiempo que abordan dicha educación. Desconcertados, muchas veces no los protegen, ya sea sobreprotegiéndolos u otorgándoles una “libertad” para la que no están preparados. Un claro signo de lo antedicho es la falta de límites a la hora de utilizar internet; a un clic de distancia, en sus propias casas, los niños y jóvenes pueden perderse en un peligroso mundo que los deje a la intemperie.

Frente a una realidad muy adversa como en la que vivimos hoy, la necesidad de límites claros a temprana edad, resulta imperiosa al igual que una comunicación abierta, un darse la mano, pues ambos, padres e hijos, están aprendiendo. Los primeros en relación a los nuevos retos a los que se enfrentan sus hijos y éstos, adquiriendo herramientas sólidas para poder enfrentarlos. Muchos padres temen que al poner límites, sus hijos busquen sentido de pertenencia y refugio en lugares equivocados, pero no está ahí la correlación, pues el amor verdadero implica poner límites… labor difícil pero indispensable. Los padres cuentan con dos herramientas fundamentales: educar desde el amor y el ejemplo.
Proteger a los hijos sin apartarlos de la realidad circundante constituye un desafío enorme. Sin duda, hoy se requieren cuidados que en la época de nuestros abuelos no eran necesarios, pero existen otras maneras de prepararlos para la vida, tales como afrontar tareas domésticas, aprovechando así espacios de cotidianeidad para formarlos. De este modo, toman contacto con la realidad, no esperan que sus padres hagan todo y se sensibilizan frente al cansancio de los mismos.
Constituye una obra de arte una educación que apunte a colocarlos en posición de enfrentar laberintos sin apabullarse, de abordar la disyuntiva de varios senderos y saberse con la oportunidad de elegir y responsabilizarse por ello, que se sepan privilegiados de poder hacerlo y se valoren a sí mismos lo suficiente como para que no les resulte fácil caer en la presión de un entorno superfluo, hipersexualizado, hedonista y tanto más.
Bajo los efectos de la sobreprotección, los niños y jóvenes pueden perder sus instintos defensivos y ser fácilmente manipulados. Sin duda cuando hablamos de desprotección, el campo de acción de la misma es vasto, por ejemplo, el hecho de que la familia viva en las apariencias o el consumismo, alejándolo de las inquietudes más profundas del ser.
Si los padres pudieran trasmitir a sus hijos el encanto implicado en que cada uno de ellos es único e irrepetible y que su lugar en el mundo es tan hermoso como el diseño de amor con que fueron pensados, sería una especie de vacuna para enfrentar mejor tantos acechos que viven, sin ir más lejos en los colegios, con una agresión potenciada por las redes. Es importante hacerles saber que cada uno tiene su camino intransferible, pero no como presión sino cual motivación.
Los niños y jóvenes precisan cimientos que los ayuden frente a los soplos de lobos feroces escolares, cibernéticos, adicciones -entre otros-, que no se lleven la percepción sana de sí mismos y entiendan que compararse con otros no tiene sentido como tampoco el querer encajar en un diseño que no es el suyo. Es preciso hacerles ver quiénes los aman realmente, aquellos que custodian su dignidad y ayudarlos a levantarse tras las caídas y equivocaciones, a no encerrarse en sus heridas, a distinguir la realidad en un mundo lleno de apariencias.
Proteger sin sobreproteger… dar libertad acorde a la edad para no desproteger… tareas difíciles de delimitar pero que conllevan efectos contrapuestos.
Una psicóloga, hablando del tema educativo, me dijo una vez: “la culpa es de los padres», si bien es una afirmación extrema y por ello fácilmente puede devenir en injusticia, revela la labor intransferible de los padres, una que dejará huellas en sus corazones y que como ecos interiores escucharán a lo largo de su vida.




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