La forma en que educamos a nuestros hijos no depende solo de las decisiones que tomamos hoy. La relación con ellos también puede reactivar formas de pensar, sentir y actuar que aprendimos durante la infancia, muchas veces sin que seamos conscientes de ello.
Convertirse en padre o madre no supone empezar de cero. La investigación psicológica lleva décadas mostrando que la historia personal puede seguir influyendo en la vida adulta y, también, en la manera de ejercer la crianza.
El psicólogo y terapeuta Xavier Guix analiza esta cuestión en El reto de soltar el pasado (Arpa, 2026). Licenciado en Psicología y con formación de posgrado en psicopatología clínica, lleva años dedicado a la terapia y a la divulgación sobre comportamiento humano. En este ensayo analiza cómo las experiencias vividas pueden seguir dejando huella en la vida adulta e influir en la forma de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y en la manera de ejercer la crianza.
Según explica, muchas madres y padres creen que educan desde lo que piensan hoy o desde sus decisiones actuales. Sin embargo, cuando los hijos los llevan al límite, pueden aflorar formas de reaccionar o patrones aprendidos durante la propia infancia.
Mucho antes de que la investigación actual profundizara en esta cuestión, el pediatra y psicoanalista británico Donald W. Winnicott ya había llamado la atención sobre la importancia del entorno familiar durante los primeros años de vida. Sus aportaciones ayudaron a comprender que la forma en que un niño es cuidado y acompañado durante los primeros años puede influir en su desarrollo emocional y en la manera de relacionarse con el mundo.
La evidencia científica apunta en la misma dirección. Una revisión sistemática publicada en la revista Child & Youth Care Forum, que analizó 24 estudios, halló una asociación consistente entre las experiencias adversas vividas por los padres durante su infancia y la calidad de la interacción con sus hijos. Los autores concluyen que esas vivencias pueden influir en la sensibilidad parental, en la hostilidad o en la forma de responder a las necesidades de los niños, aunque también subrayan que en esta relación también intervienen otros factores personales y del entorno.
Los aprendizajes que reaparecen
Aunque esta influencia no determina la forma de educar, puede hacerse visible en pequeños gestos y reacciones cotidianas. Julio, 45 años, comparte que, cuando su hijo de ocho se cae o se enfrenta a algo nuevo, su primera reacción es intervenir de inmediato. Dice que muchas veces da un paso hacia él antes incluso de comprobar si realmente necesita ayuda. Solo después se pregunta si ha reaccionado por el peligro que existía o por sus propios miedos. “No quiero que pase por lo que pasé yo”, reconoce.

Lo que describe Julio ocurre con más frecuencia de la que solemos pensar. Guix sostiene que, en muchas ocasiones, los padres intentan ofrecer a sus hijos aquello que ellos mismos echaron de menos durante la infancia. Sin embargo, advierte de que ese impulso puede condicionar la manera en que reaccionan con sus hijos.
Guix destaca que todo niño aprende y asimila, por supervivencia y por equilibrio afectivo, las formas de relacionarse que encuentra en su familia. Eso no quiere decir que reproduzca exactamente el comportamiento de sus padres, pero sí que puede repetir los modelos con los que aprendió a resolver la angustia.
“Los hijos contienen aspectos heredados de mamá y papá, pero también traen sus propias tendencias”, apunta. Por eso, uno de los mayores retos consiste en armonizar los hábitos necesarios para su salud y su educación con sus inclinaciones y su deseo de experimentar. “A cada uno hay que darle lo que necesita, no lo que nos compensa”, recalca el especialista.
Ese mismo impulso puede traducirse también en una protección excesiva. El profesional reconoce que la función protectora es tan fuerte que, en ocasiones, resulta difícil distinguir entre un riesgo real y la proyección de los propios temores. “La única distinción posible es la proporcionalidad: el ajuste entre lo que sucede y lo que uno imagina que podría suceder”, aclara. Advierte de que, cuando ese equilibrio se pierde, los niños pueden crecer rodeados de mensajes sobre todo aquello que podría ocurrir.
Guix destaca que todo niño aprende y asimila, por supervivencia y por equilibrio afectivo, las formas de relacionarse que encuentra en su familia. Eso no quiere decir que reproduzca exactamente el comportamiento de sus padres, pero sí que puede repetir los modelos con los que aprendió a resolver la angustia. Quienes crecieron con padres muy sufridores suelen desarrollar una actitud hipervigilante y controladora. “No vivieron una infancia de juegos y experimentación, sino de normas, deberes y amenazas”, afirma.

En muchas familias “el principio ordenador es el deber”: hacerlo todo bien, exigirse constantemente o cumplir con todo termina situándose por delante del afecto. Como explica, ese patrón adquirido en la infancia puede mantenerse en la vida adulta.
Revisar lo aprendido
A Marga, de 68 años, le sorprende observar cómo su hija educa hoy a sus nietos. A veces se escucha repitiendo consejos que recibió de pequeña y solo después cae en la cuenta de que está reproduciendo una forma de educar que creía haber dejado atrás. Esa constatación le hizo preguntarse si algunas de sus convicciones siguen perteneciendo al presente. “En ocasiones hablo como hablaban mis padres y ni siquiera me doy cuenta”, admite.
El psicólogo considera que cuando determinadas actitudes de los hijos despiertan una reacción especialmente intensa, conviene preguntarse hasta qué punto esa respuesta tiene más que ver con la historia personal de quien educa que con lo que está ocurriendo realmente. “Los hijos se convierten en espejos en los que vernos a nosotros mismos”, asegura.
Para este experto, todas las familias funcionan a partir de un conjunto de reglas, derechos, deberes y prohibiciones, además de papeles que cada miembro acaba desempeñando para que el sistema funcione. Toda persona quiere ser ella misma y, al mismo tiempo, sentirse reconocida y apoyada por su familia. El problema aparece cuando esos patrones limitan su desarrollo. En esos casos, considera que revisarlos no implica romper los vínculos, sino tratar de recomponer la relación y darle un nuevo sentido.
Eso no significa que todas las formas de educar heredadas deban descartarse. “Repetir lo que hicieron los padres no tiene por qué estar mal si da resultado”, expresa Guix. Muchas personas descubren que reaccionan igual que sus propios padres después de haber pensado durante años que nunca lo harían. Insiste, sin embargo, en que no se trata de hacer exactamente lo contrario, sino de matizar aquellas respuestas que aparecen de forma automática porque responden más a la propia historia que a lo que está ocurriendo con el hijo.
Toda persona quiere ser ella misma y, al mismo tiempo, sentirse reconocida y apoyada por su familia. El problema aparece cuando esos patrones limitan su desarrollo. En esos casos, considera que revisarlos no implica romper los vínculos, sino tratar de recomponer la relación y darle un nuevo sentido.
Como punto de partida, anima a prestar atención a las historias que los adultos transmiten a sus hijos sobre el mundo, los demás y la vida. Recuerda que la influencia de los padres es enorme y que los niños aprenden menos de lo que se les dice que de la forma en que los adultos reaccionan, se enfadan o se emocionan en el día a día. Por eso invita a “cambiar las gafas” con las que se interpreta la realidad y abrirse a otras maneras de mirar, en lugar de enseñar a los hijos a ver el mundo únicamente a través de la mirada de los adultos.




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