El eclipse del sentido común no es únicamente un problema de información, de tecnología, de educación o de política. Puede ser, en el fondo, el resultado de un oscurecimiento de la razón y de la conciencia, que dificulta reconocer la verdad, distinguir el bien del mal y orientar nuestras decisiones hacia aquello que verdaderamente hace crecer al ser humano.
Este verano contemplamos un eclipse solar, uno de esos fenómenos astronómicos que, desde hace tiempo, la comunidad científica estudia, explica y divulga. Al mismo tiempo, el eclipse se convirtió en un atractivo turístico: muchas personas se desplazaron hasta ciudades y lugares desde los que pueda contemplarse en mejores condiciones. Este fenómeno implicó la movilización de numerosos recursos: medios de transporte, alojamientos, dispositivos de prevención de incendios, servicios sanitarios, sistemas de seguridad y atención ante posibles emergencias.
Por un lado, el eclipse se presentó como un gran fenómeno astrológico; por otro, una oportunidad económica y turística, que obligaría a reforzar los servicios públicos y privados destinados a garantizar que pueda contemplarse con seguridad. Por eso, meses atrás se venían preparando numerosos dispositivos para afrontar este acontecimiento.
Personalmente, el anuncio de este eclipse me llevó a pensar en otros eclipses, mucho menos visibles, que están presentes en nuestra sociedad. Podríamos hablar del eclipse de la responsabilidad política, del eclipse de los padres en la educación de sus hijos, del eclipse de la autoridad de los docentes, del eclipse de la responsabilidad social o del eclipse de la conciencia medioambiental. Sin embargo, todos estos fenómenos parecen tener un denominador común: la pérdida o el debilitamiento del sentido común. Son, en cierto modo, manifestaciones de lo que me atrevería a llamar el eclipse del sentido común.
Como suele decirse, el sentido común quizás sea el menos común de los sentidos. Chesterton expresó de forma brillante esta paradoja cuando advirtió que “llegará un día en que habrá que demostrar que el pasto es verde”. Tal vez haya llegado el momento de preguntarnos qué entendemos realmente por sentido común y en qué ámbitos de nuestra vida resulta urgente recuperarlo.
La Real Academia Española define el sentido común como la “capacidad de entender o juzgar de forma razonable” y también como el “modo de pensar y proceder tal como lo haría la generalidad de las personas”. Se trata de un sentido eminentemente práctico, porque nos ayuda a afrontar los problemas de la vida cotidiana; intuitivo, porque permite comprender rápidamente determinadas situaciones; compartido, porque se relaciona con las normas, la cultura y las costumbres de una comunidad; y lógico, porque exige aplicar un razonamiento sencillo y coherente ante las circunstancias de la vida.
El sentido común, el menos común de los sentidos
El sentido común nos ayuda diariamente a evitar riesgos innecesarios: mirar antes de cruzar una calle, no adentrarnos imprudentemente en una zona peligrosa o proteger adecuadamente nuestra intimidad. Pero también tiene una dimensión moral. Nos permite reconocer algunas realidades fundamentales que deberían resultar evidentes: que la corrupción daña el bien común; que apropiarse de lo ajeno es injusto; que la vida humana posee una dignidad que debe ser protegida; que quienes ejercen responsabilidades públicas deben actuar al servicio de los ciudadanos y no exclusivamente en función de intereses partidistas o electorales; que los padres tienen una responsabilidad insustituible en la educación de sus hijos; que la sobreprotección puede impedir su crecimiento y autonomía; que los docentes necesitan autoridad, formación y niveles de exigencia adecuados; que no toda dificultad propia de la maduración humana debe convertirse automáticamente en una patología; que los gobernantes deben dar explicaciones públicas sobre las decisiones que afectan a los ciudadanos; que la seguridad de las fronteras forma parte de las responsabilidades propias del Estado; y que la conservación de los ríos, los bosques y los ecosistemas constituye una obligación hacia las generaciones presentes y futuras.
“Llegará un día en que habrá que demostrar que el pasto es verde”. K.G. Chesterton
También la experiencia reciente nos recuerda la importancia de actuar con sentido común: la pandemia de covid-19, la erupción del volcán de La Palma, la DANA que afectó a Valencia, los accidentes ferroviarios, los incendios forestales o las dificultades relacionadas con la seguridad y la protección de las fronteras han puesto de manifiesto, en distintos momentos, la necesidad de anticiparse a los riesgos, aprender de la experiencia y adoptar decisiones razonables. La negación, minimización o instrumentalización de problemas que afectan directamente a la vida de las personas puede ser otra manifestación de ese eclipse del sentido común.

En conversaciones con amigos aparece con frecuencia la preocupación por esta pérdida de capacidad para juzgar adecuadamente lo que acontece en nuestro país y en el mundo. El debilitamiento del sentido común puede tener múltiples causas. Entre ellas se encuentran la sobrecarga de información, que puede saturar nuestra capacidad de análisis; la velocidad con la que recibimos noticias y opiniones; y una polarización cada vez más intensa que, en ocasiones, sustituye el juicio razonable por el dogmatismo, el partidismo o la adhesión acrítica a aquello que consideramos políticamente correcto.
Los avances tecnológicos han añadido nuevas dimensiones a este fenómeno. El eclipse del sentido común también se hace presente en las redes sociales y en determinadas decisiones de nuestra vida cotidiana. Plataformas que premian el impacto emocional y la reacción inmediata pueden favorecer la desconexión de la realidad. Se pone en riesgo la propia integridad por conseguir un “me gusta”; se confunden las expectativas creadas en el mundo digital con la vida real; se normalizan insultos y descalificaciones que probablemente no se pronunciarían en una conversación cara a cara; y se termina valorando la exposición pública por encima de la intimidad y de la prudencia.
La tecnología también puede favorecer una cierta delegación de nuestra capacidad de juicio. Pensemos, por ejemplo, en la confianza ciega en un GPS, incluso cuando sus indicaciones contradicen la realidad que tenemos delante; en asumir riesgos para obtener una fotografía destinada a las redes sociales; en utilizar el teléfono móvil en situaciones que exigen nuestra atención; en delegar determinadas decisiones importantes en buscadores, aplicaciones o herramientas de inteligencia artificial; o en mantener conversaciones con desconocidos sin valorar suficientemente los riesgos. La tecnología es una herramienta extraordinaria, pero no puede sustituir nuestra responsabilidad personal ni nuestra capacidad para discernir.
En la sociedad contemporánea, la pérdida de sentido común se manifiesta también a través del individualismo radical. Un ejemplo sencillo que se observa a diario es la ocupación de asientos reservados para personas mayores, embarazadas o con necesidades especiales por otras personas. Otro es la polarización extrema, que puede llevar a cancelar o descalificar a una persona en las redes sociales sin disponer de información suficiente. Y otro, quizás especialmente preocupante, es la desconexión de la realidad física provocada por el predominio del mundo digital: llegar a priorizar la grabación de un accidente, una agresión o un incendio con el teléfono móvil antes que socorrer a una víctima o avisar a los servicios de emergencia.
El sentido común y la vida social
Sin embargo, en los últimos años, quizás uno de los eclipses del sentido común más visibles y preocupantes para muchos ciudadanos sea el que afecta a nuestra vida política. La falta de sentido común en el ejercicio de la responsabilidad política puede estar relacionada con el aislamiento de determinadas instituciones respecto a la vida cotidiana de los ciudadanos, con el oportunismo electoral o con la tendencia a anteponer determinadas estrategias ideológicas o partidistas a la gestión efectiva del bien común.
La ciudadanía percibe, en ocasiones, un creciente distanciamiento entre la política y los problemas reales de la sociedad. Esta desconexión puede manifestarse en inversiones o proyectos de escasa utilidad social, mientras determinados servicios sanitarios, educativos, infraestructuras de transporte o cuerpos encargados de garantizar la seguridad reclaman mayores recursos. También puede observarse en una burocracia paralizante, especialmente cuando se multiplican los trámites digitales sin tener suficientemente en cuenta a las personas mayores, a quienes les faltan competencias tecnológicas o a determinados colectivos vulnerables.
Otro ámbito que merece reflexión es el de la elaboración de leyes y normas. Una sociedad madura necesita leyes que respondan a problemas reales y que sean elaboradas teniendo en cuenta la experiencia y el conocimiento de los profesionales de los distintos sectores afectados. Cuando las normas se alejan excesivamente de la realidad concreta, pueden terminar generando efectos contrarios a los objetivos que pretendían alcanzar.
Esto resulta especialmente importante en ámbitos como la protección del medio ambiente, la gestión de los bosques y los ríos, el desarrollo del sector primario, la protección de las personas con discapacidad, la defensa de la vida humana y la seguridad de las fronteras. Son cuestiones complejas que requieren diálogo, conocimiento técnico y prudencia. Precisamente por ello, el sentido común no consiste en simplificar los problemas, sino en mirar la realidad de frente, reconocer su complejidad y buscar soluciones que respeten la dignidad de la persona y el bien común.
En definitiva, es razonable afirmar que la misión fundamental de quienes gobiernan consiste en servir a los ciudadanos, administrar responsablemente los recursos públicos, favorecer las condiciones necesarias para una vida digna y garantizar la seguridad y la convivencia. La política debería recuperar así su sentido más noble: la búsqueda del bien común y el servicio a la persona.
Y aquí llegamos, quizá, al verdadero significado de este eclipse.
El sentido común, razón y conciencia
El eclipse del sentido común no es únicamente un problema de información, de tecnología, de educación o de política. Puede ser, en el fondo, el resultado de un oscurecimiento de la razón y de la conciencia, que dificulta reconocer la verdad, distinguir el bien del mal y orientar nuestras decisiones hacia aquello que verdaderamente hace crecer al ser humano.
Cuando la razón pierde su capacidad de buscar la verdad y la conciencia deja de orientarse hacia el bien, el ser humano corre el riesgo de quedar a merced de sus propios intereses, de las emociones del momento, de las modas culturales o de las presiones de colectivos. Y entonces aparece un eclipse todavía más profundo: el eclipse del sentido de la propia existencia.
Desde la perspectiva del humanismo cristiano, quizá este sea el eclipse fundamental: el eclipse de Dios. Porque cuando Dios desaparece del horizonte del hombre, no desaparece solamente una creencia religiosa; puede oscurecerse también la respuesta a las preguntas esenciales: quiénes somos, cuál es nuestra dignidad, qué significa vivir bien, qué responsabilidad tenemos hacia los demás y hacia qué fin orientamos nuestra existencia.
Por eso, contemplar un eclipse solar puede ser también una invitación a mirar más allá del fenómeno que oscurece momentáneamente la luz, aunque el sol siga ahí. Esta imagen, puede ayudarnos a preguntarnos qué otras luces se han ido apagando en nuestra vida o en nuestra sociedad y, sobre todo, cómo podemos volver a encenderlas.
Quizá recuperar el sentido común sea, en último término, recuperar la capacidad de mirar la realidad con una razón abierta a la verdad, una conciencia orientada al bien y un corazón capaz de reconocer al otro como persona.
Y quizá, detrás de todos los pequeños eclipses de nuestro tiempo, debamos atrevernos a buscar de nuevo la Luz que no se eclipsa.




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