Inevitablemente, una antropología que exalta al individuo soberano, autodeterminado y competitivo resulta incompatible con toda forma de organización comunitaria tradicional, empezando por la familia. Adam Smith lo declara sin ambages en La teoría de los sentimientos morales: «En los países comerciales, […] los descendientes de la misma familia, al no tener motivos para permanecer juntos, se separan y dispersan naturalmente, según lo sugiera el interés o las inclinaciones. Pronto dejan de ser importantes unos para otros, y en pocas generaciones no sólo pierden toda preocupación mutua, sino toda memoria de su origen común y de la conexión que se entabló entre sus antepasados». (De Prada, 2022)
Juan Manuel de Prada tiene tres artículos dedicados a la antropología capitalista publicados en la revista XLSemanal. En la tercera entrega abre el artículo con la cita que hemos seleccionado para la cabecera de este post. La exactitud de la cita contextualiza a la perfección el tema que quiero abordar, la familia.
Este autor describe los principales déficits del panorama actual y también sus nefastas consecuencias. Lamentablemente por la censura social y la cultura de la cancelación en la que vivimos sumergidos, decir la verdad resulta cada vez más peligroso. Y la pregunta es ¿vamos a pactar con el miedo y la mentira, aún a costa de nuestra salud física, mental y familiar? ¿Cavaremos nuestra propia tumba igual que hacen los condenados a muerte? La respuesta será afirmativa si no cambiamos de dirección la tendencia.
Qué duda cabe que nuestra sociedad ha hecho realidad con creces los pronósticos del citado Adam Smith hemos destruido la familia y el catalizador para lograrlo ha sido la falta de sentido.
Por lo tanto, no todo está perdido, recuperemos el sentido de las relaciones familiares y lograremos rescatar un mundo que está adentrándose en el precipicio.
Recuperemos el sentido de las relaciones familiares y lograremos rescatar un mundo que está adentrándose en el precipicio.
¿Por qué referirnos a la familia como un ecosistema de cuidado? Porque los ecosistemas de cuidado son lugares donde se promueven prácticas, infraestructuras o modelos de gestión priorizados para lograr el bienestar de las personas, favoreciendo la inclusión, la sostenibilidad y la convivencia. Para saber más sobre los ecosistemas del cuidado recomiendo leer a la estadounidense Joan Tronto y a la japonesa Yuriko Saito.
Para dialogar sobre estos temas he pedido a una periodista española afincada desde hace más de veinte años en EE.UU a fin de propiciar un diálogo trasatlántico que espero resulte enriquecedor y aporte luces al panorama del que partimos.
Patricia White, es una de esas mujeres esenciales que seguro transforman el mundo de hoy. Nacida en Granada realizó sus estudios universitarios en España y Londres desde donde aterrizó en Nueva York, allí conocería al que hoy es su marido y padre de sus ocho hijos.

Con este perfil resulta más que idónea para abordar una serie de temas en torno a los que hemos acordado conversar, y que tienen su origen en las palabras con las que arrancamos este artículo. Además, la distancia trasatlántica favorece tomar distancia y contar con perspectivas que van más allá de la problemática y contexto europeo.
Nuestra conversación ha tenido varias etapas: un primer encuentro a través de videollamada seguido de un intercambio de textos en los que hemos volcado las ideas sobre las que pretendíamos dialogar para finalmente dedicar una lectura reflexiva sobre lo que queríamos transmitir y al que animamos unirse a las y los lectores.
Mil gracias, Patricia por aceptar esta invitación al diálogo sobre temas de tanta trascendencia vital.
De nuestra conversación estoy segura van a derivarse muchos temas, unos los abordaremos con más profundidad que otros, o simplemente se apuntarán y los dejaremos para otra ocasión, lógicamente.
Lourdes Delgado.- Para empezar, si te parece, Patricia, ¿qué te han sugerido las palabras de De Prada y la cita de Adam Smith recogida en ellas?
Patricia White.- Las palabras de De Prada me interpelan profundamente porque describen con una lucidez dolorosa lo que estamos viviendo: una sociedad que ha convertido la independencia en su dios y el individualismo en su norma. Hemos diseñado la vida de tal manera que el contacto con el otro ya no parece necesario. Podemos resolverlo todo a través de una pantalla, desde las dudas más simples hasta las más existenciales. Y sin darnos cuenta, hemos perdido el valor del encuentro real, de la conversación, de la mirada.
Cuando esa mentalidad penetra en la familia, los vínculos se debilitan. El “yo” se vuelve el centro de todo, y el “nosotros” se desvanece. Pero es precisamente en la familia donde uno aprende que la vida no se trata de autoafirmarse, sino de entregarse. En una familia numerosa esto se experimenta de manera muy concreta: nadie puede vivir solo para sí mismo. La convivencia enseña a servir, a esperar, a compartir.
Por eso creo que el mayor antídoto contra esta cultura del aislamiento es volver a ver la vida como una aventura compartida. La verdadera aventura no consiste en buscar experiencias extremas, sino en abrirse a lo inesperado con confianza. En atreverse a amar sin garantías. Vivir con espíritu de aventura implica aceptar la incertidumbre como parte de la historia.
El problema de hoy es que queremos controlarlo todo, anticiparlo todo, eliminar el riesgo y el dolor. Pero la vida no se deja diseñar; se recibe, se vive y se agradece. Cuando renunciamos al control, descubrimos la libertad. Y cuando nos atrevemos a salir de nuestra “comarca”, de esa zona cómoda y predecible, empieza realmente la historia.
LD.- En todos los tiempos han aparecido manuales sobre cómo ser mujer. ¿Hacia dónde deberíamos mirar para saberlo? ¿Debería ser la familia el ecosistema más adecuado para descubrirlo?
PW.- Creo que, en lugar de mirar hacia afuera para encontrar respuestas, deberíamos aprender a mirar con profundidad hacia la realidad misma; debemos mirar a los milenios de familias que nos anteceden.
Hemos vivido desde mi generación —mi madre fue la primera mujer de su familia y de todas sus generaciones previas en trabajar fuera de casa y no dedicarse por completo a su hogar, a la dirección y manutención de su casa y a la crianza mía y de mis hermanos— como una especie de experimento: tratando de redefinir lo humano, borrando las diferencias naturales entre el hombre y la mujer, como si fueran simples construcciones culturales. Pero esa búsqueda de libertad nos ha dejado más confundidos que nunca.
Hemos querido diseñar la realidad en lugar de aceptarla. Y cuando dejamos de observarla y amarla como es, la vida pierde sentido. Lo vemos en la familia: al desconectarnos del hogar, al romper los vínculos más fundamentales, hemos perdido el centro.
La familia no es una simple “estructura tradicional” que podamos conservar o desechar según convenga; es la tradición misma. Es el lugar donde se transmite lo esencial de la experiencia humana: el amor, la responsabilidad, la paciencia, la alegría compartida. Sin familia no hay transmisión, y sin transmisión no hay cultura.
La familia es, por eso, el ecosistema humano por excelencia. Es el lugar donde el “yo” se transforma en “nosotros”, donde cada uno descubre su identidad en relación con los demás. Allí aprendemos que la felicidad no consiste en la autorrealización solitaria, sino en la entrega y la cooperación. La crisis de tantos adolescentes hoy es no tener un hermano pequeño al que abrazar cuando pasa por un momento difícil.

El hombre y la mujer son distintos, sí, pero esa diferencia es precisamente lo que los hace complementarios. No hay jerarquía, hay armonía. Él tiende naturalmente a proteger y proveer; ella, a dar vida y a cuidarla. Cuando ambos se reconocen mutuamente en esa diferencia, la familia florece.
Formar una familia es la aventura más real que existe. Exige sacrificio, constancia, humor, perdón y una enorme capacidad de amar. Es una aventura absoluta: el ser humano necesita, para vivir de verdad, una aventura real y no una auto generada. Pero también da una alegría que ningún otro logro —desde luego no uno profesional— puede igualar. Podemos dedicar la vida al trabajo o al éxito personal, pero en la “empresa” de la familia lo que se construye no son cosas: son personas. Y no hay inversión más fecunda que esa.
LD.- Richard Fitzgibbons (2020) define los doce hábitos más recomendables para un matrimonio saludable: perdón, generosidad, respeto, responsabilidad, confianza esperanza, gratitud, prudencia, templanza, justicia, lealtad y humildad. ¿Cómo salvarlos de una interpretación en clave estereotipo sexista?
PW.- Sí, las virtudes son un listado moral, y eso es algo bueno. Porque toda vida necesita una brújula, una guía que nos recuerde lo que realmente importa y la correcta dirección en el inmenso panorama de decisiones que se nos van presentando. Esas doce virtudes que propone Fitzgibbons son universales: no pertenecen a un género ni a una época, sino a la naturaleza humana. Conocerlas y entenderlas, trabajarlas y conquistarlas son un proceso necesario para vivir con alegría la aventura de la que hablábamos antes. Son las herramientas para permanecer en el camino seguro.
En mi opinión, lo más importante en una familia son los esposos, en segundo lugar, los hijos, y después todo lo demás. Esto es lo único que de verdad les debemos a los hijos, en justicia: la paz de saber que sus padres se quieren y están seguros de que siempre estarán juntos. El padre y la madre unidos son el pilar absoluto de una familia. Sin eso, la familia no será el remanso de paz —aunque exista el ruido— que debiera ser.
Por eso, esas virtudes no son conceptos abstractos: son herramientas concretas para mantener esa unión. El perdón, por ejemplo, sana las pequeñas heridas inevitables del día a día; la generosidad hace que el amor se mantenga vivo; la humildad permite reconocer los propios errores y volver a empezar. La esperanza da sentido a los momentos difíciles, y la gratitud recuerda que incluso lo cotidiano es un regalo.
Un matrimonio no se mide por la ausencia de conflictos, sino por la capacidad de los esposos de enfrentarlos juntos, con respeto, ternura y muchísimo sentido del humor. Las virtudes no encasillan: liberan. No imponen roles fijos, sino que invitan a cada uno a crecer desde lo que es, sin dejar de mirar al otro.
En el fondo, vivir estas virtudes es aprender a amar de forma adulta. Y cuando los esposos logran eso, los hijos heredan lo más valioso que se les puede dar: la certeza de haber nacido en un hogar estable, donde el amor no depende de las circunstancias, sino de una decisión compartida.
LD.- En su libro Retorno al pudor, Wendy Shalit (2012) se pregunta si de verdad estamos buscando una “vacuna contra el pudor”. ¿Por qué hemos perdido la sensibilidad para lo bueno? ¿Por qué hemos dejado de protegernos?
PW.- Vivimos desorientados. Utilizamos demasiadas fuentes de información y cada una de estas formas tiene un formato de superficialidad absoluta. Todo es breve, rápido, efímero; escuchamos, pero no damos tiempo al reposo intelectual, a saborear un pensamiento.
Además, hemos diseñado una vida en la que el contacto con el otro ya no parece necesario, y en ese aislamiento hemos perdido también el contacto con lo bueno, con lo verdadero. Hoy nos cuesta maravillarnos: hemos dejado de asombrarnos ante la belleza sencilla, ante la grandeza de lo cotidiano.
El pudor, en ese sentido, tiene mucho que ver con el asombro. Es una forma de proteger lo que nos conmueve, lo que reconocemos como valioso. No reprime: preserva. El pudor nace de la conciencia de que hay algo sagrado en el ser humano —en su cuerpo, en su palabra, en su interioridad— que no puede exponerse sin medida.
Creo que también hemos perdido sensibilidad para lo bueno porque tenemos miedo al sufrimiento. Vivimos obsesionados con eliminar toda incomodidad, con evitar cualquier herida. Queremos una vida sin dolor, pero al hacerlo también eliminamos la posibilidad de profundidad. Sin la experiencia del límite, del sacrificio, del error incluso, el corazón se vuelve plano. Y cuando no hay profundidad, tampoco hay espacio para el pudor.
El mundo actual nos empuja a “mostrar” antes que a vivir, a buscar experiencias en lugar de sentido. Hemos confundido valentía con exposición, y vulnerabilidad con debilidad. Pero el verdadero valor está en vivir con hondura, en conservar algo propio, íntimo, no porque sea secreto, sino porque es demasiado valioso para ser banalizado.
Recuperar el pudor es volver a maravillarse, a callar ante lo que merece silencio. Es entender que lo bueno no necesita exhibirse y que lo bello se vuelve aún más hermoso cuando se guarda. Cuando dejemos de temer al sufrimiento y aprendamos a mirarlo como parte de la vida, volveremos también a sentir asombro por lo bueno. Y sin asombro, no hay gratitud; y sin gratitud, la vida se vacía.
LD.- ¿Por qué nos bombardean con mensajes que buscan hacernos rechazar nuestra biología femenina y la posibilidad de ser madres?
PW.- Creo que, en el fondo, vivimos en una cultura que teme los límites. Nos han convencido de que todo lo que no elegimos libremente nos quita libertad, y eso incluye nuestra propia biología. Pero la verdad es que los límites no nos encadenan: nos definen y nos protegen.
Hemos llegado a un punto en que queremos rediseñar lo humano. Intentamos borrar la diferencia entre hombre y mujer, como si ser distintos fuera una amenaza. Sin embargo, esas diferencias son una riqueza; son el lenguaje natural de la complementariedad. En el intento de negar lo biológico, hemos terminado negando también una parte esencial de lo que somos.
El mundo moderno vive aterrorizado ante el sufrimiento y la entrega. Y la maternidad, precisamente, une esas dos experiencias de manera luminosa: implica dar vida, pero también renunciar a cierto control, aceptar la vulnerabilidad. Por eso se rechaza tanto: porque nos enfrenta a una verdad que hoy resulta incómoda.
Ser madre —como ser padre— no es un proyecto diseñado, es una aventura real. Uno puede planear muchas cosas, pero no puede prever la intensidad del amor, ni el cansancio, ni el asombro de ver crecer a otro ser humano. Es una experiencia que transforma por dentro.

Cuando la mujer se desconecta de esa dimensión creadora —no solo biológica, sino también espiritual y afectiva—, el mundo pierde su eje. No porque todas deban ser madres, sino porque la capacidad de dar vida y cuidarla es una de las fuerzas más civilizadoras que existen.
Nos bombardean con mensajes que prometen autonomía, placer y éxito, pero nos dejan vacíos. Porque la plenitud no está en poseer, sino en pertenecer; no en controlar, sino en entregarse. Cuando redescubramos esa verdad, cuando dejemos de temer a la vulnerabilidad y abracemos la aventura de amar, recuperaremos no solo la maternidad, sino también la humanidad.
Muchísimas gracias, Patricia por este regalo, y nos leemos con la próxima Woman Essentia.
Fotos: cortesía de Patricia White.




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