El compromiso no se aprende tanto preguntando “¿qué me apetece?”, sino preguntando: “¿qué merece mi tiempo, mi esfuerzo y mi fidelidad?”. El psicólogo Viktor Frankl decía que las personas maduran cuando descubren algo o alguien por quien merece la pena responsabilizarse.
En muchas conversaciones actuales, especialmente entre jóvenes, aparece una idea que parece casi evidente: comprometerse demasiado pronto limita la libertad. Ya sea en las relaciones personales, en el trabajo o incluso en decisiones vitales profundas, el consejo que se escucha con frecuencia es parecido: “no te ates”, “no cierres opciones”, “mantén abiertas todas las posibilidades”.
Esta mentalidad refleja uno de los rasgos culturales más característicos de nuestro tiempo: la identificación de la libertad con la ausencia de vínculos. Ser libre sería no depender de nadie, no quedar ligado a decisiones duraderas, poder cambiar de rumbo en cualquier momento. Por eso, el compromiso se percibe como una restricción, no como una elección que da sentido a la vida de cada persona.
Sin embargo, esta concepción genera lo que los psicólogos llaman “paradoja de la elección”: cuantas más opciones tenemos, más difícil es decidirnos y más miedo tenemos a equivocarnos. Y cuanto más evitamos los compromisos duraderos, más frágiles se vuelven nuestras relaciones, nuestros proyectos e incluso nuestra propia identidad. Además, las redes sociales y apps de citas como Tinder o Instagram han cambiado la percepción de las relaciones. Siempre parece que puede haber alguien “mejor” a un golpe de distancia.
El compromiso se percibe como una restricción, no como una elección que da sentido a la vida de cada persona.
En la vida ordinaria se encuentran claros ejemplos de esa mentalidad. No es extraño encontrar jóvenes que encadenan relaciones breves porque temen “perder oportunidades” si se comprometen con una persona. O profesionales que cambian constantemente de trabajo porque temen quedarse estancados, pero terminan sintiendo que ningún proyecto llega a consolidarse. Incluso en ámbitos tan simples como el voluntariado o las asociaciones, cada vez cuesta más encontrar personas dispuestas a asumir responsabilidades estables.
El problema puede que no esté en la perdida del deseo de amar, de construir o de colaborar con otros. Lo que falta es convencimiento o confianza en que el compromiso no es una pérdida, sino una forma profunda de ejercer la libertad. Aunque, muchas veces lo que ocurre es que las personas suelen comprometerse más tarde que en generaciones anteriores dado que se prioriza el desarrollo personal: “Primero quiero conocerme”, “Quiero viajar, formarme, probar cosas, (…)”, El compromiso ya no es una obligación social temprana, sino una elección.
El filósofo Jacques Maritain defendía que la persona humana no se realiza aislándose, sino orientando su libertad hacia bienes que la superan: la verdad, el bien común, el amor. En esa misma línea, Karol Wojtyła, antes de ser Papa, desarrolló una idea decisiva: el ser humano se descubre plenamente cuando es capaz de darse a los demás. La libertad alcanza su madurez cuando se convierte en entrega.
Los psicólogos afirman que muchas resistencias al compromiso no nacen de grandes reflexiones sino de las emociones humanas: miedo a equivocarse, miedo a sufrir, miedo a renunciar a otras posibilidades. El miedo de los jóvenes a asumir relaciones serias puede deberse a las experiencias negativas, como rupturas dolorosas, infidelidades, relaciones conflictivas, (…), que han soportado. El cerebro aprende a asociar compromiso con dolor, y desarrolla estrategias de defensa como: mantener relaciones superficiales, evitar definir la relación o sabotear vínculos cuando se vuelven serios. Comprometerse implica: mostrar debilidades, depender emocionalmente de alguien, arriesgarse a ser rechazado, (…). Significa apostar por algo o por alguien sin garantías absolutas.
«El ser humano se descubre plenamente cuando es capaz de darse a los demás. La libertad alcanza su madurez cuando se convierte en entrega». Karol Wojtyla
Además, las películas y redes crean expectativas muy altas sobre todo entre los más jóvenes: pareja perfecta, conexión constante, felicidad permanente, (…). Y cuando éstas no coinciden con la realidad alejadas de la realidad algunas personas prefieren no comprometerse antes que “conformarse”. Pero también hay rasgos de personalidad que pueden dificultar el compromiso, por ejemplo: alta necesidad de novedad, alta intolerancia a la rutina y a la frustración, fuerte necesidad de control, (…), por lo que esas personas pueden sentirse atrapadas cuando una relación se estabiliza.
La cultura contemporánea valora mucho la emoción, lo espontáneo, lo inmediato. Sin embargo, el amor siempre incluye algo más que un sentimiento pasajero. Incluye decisión, fidelidad y la voluntad de permanecer incluso cuando el entusiasmo inicial disminuye. Curiosamente, muchos estudios muestran que, comprometerse muchas veces aumenta la sensación de libertad interior, porque reduce la incertidumbre y crea vínculos profundos.
El escritor británico Gilbert Keith Chesterton observó con ironía que las aventuras verdaderamente grandes no consisten en escapar de los vínculos, sino en permanecer fiel a ellos. En un mundo que apuesta por la movilidad constante, la fidelidad puede parecer una actitud insignificante. Sin embargo, es una de las fuerzas más transformadoras de la vida humana.
Algo parecido señalaba la filósofa Edith Stein, quien subrayaba que la persona está hecha para la comunión y el encuentro con otros. No somos individuos cerrados sobre nosotros mismos, sino seres que se desarrollan plenamente en la relación, en el encuentro, en el cuidado mutuo.
Por eso, cuando observamos las experiencias humanas más felices, casi siempre encontramos compromisos duraderos en su origen: una amistad que se mantiene durante años, un matrimonio que supera dificultades sin romperse, un proyecto educativo o social al que alguien dedica buena parte de su vida.
Nada de eso nace de la improvisación permanente. Nace de decisiones que, en algún momento, alguien eligió mantener. Las decisiones importantes no se sostienen solo por sentimiento, sino por convicción, ya que las emociones cambian pero los valores permanecen.
Quizá uno de los desafíos culturales de nuestro tiempo sea el de redescubrir el valor educativo del compromiso. Aprender y enseñar el compromiso no suele lograrse solo con ideas o consejos, sino que se aprende sobre todo a través de experiencias vividas y pequeños hábitos que ejercitan la capacidad de mantenerse fiel a algo valioso. El compromiso no se aprende tanto preguntando “¿qué me apetece?”, sino preguntando: “¿qué merece mi tiempo, mi esfuerzo y mi fidelidad?”. El psicólogo Viktor Frankl decía que las personas maduran cuando descubren algo o alguien por quien merece la pena responsabilizarse. Por eso, más que imponer compromisos, ayuda invitar a descubrir valores: amistad, amor, servicio, proyectos con sentido, (…), ya que aportan felicidad. Las personas aprenden a comprometerse observando: padres que mantienen sus responsabilidades, amigos que cumplen su palabra, adultos que perseveran en dificultades, (…).
Además, muchos estudios demuestran que el compromiso no aparece de golpe, sino cuando coinciden: la seguridad emocional, el momento vital adecuado y la persona compatible.
En una época que teme comprometerse por miedo a perder libertad, convendría recordar una verdad sencilla: no hay libertad más plena que la de quien ha encontrado algo -o alguien- por quien merece la pena vivir. Porque, al final, las decisiones que nos atan a los demás son también las que dan forma y sentido a nuestra vida.
Tomasa Calvo Sánchez




¿Qué te pareció este artículo? Deja tu opinión: