El amor humano, si es auténtico, tiene una fuerza profundamente creadora. Es una llamada a salir de uno mismo, a mirar al otro con ternura y a construir, entre los dos, algo más grande que cada uno por separado.
El verdadero amor aspira a lo eterno. Es importante que fomentemos el amor divino. Debemos cultivar un amor que trascienda lo humano.
El amor sincero es una decisión libre, que se renueva cada día, y se enraíza en la voluntad de amar con perseverancia, también en los momentos de dificultad. Es asimismo una gracia, un don que Dios sostiene en quienes lo invocan y se abren a su acción.
Así pues, si consideramos el matrimonio cristiano como una alianza, un camino de santificación mutua sostenido por la gracia de Dios, hemos de vivirlo como una vocación, y reconocer que el matrimonio no es únicamente una unión social, sino una llamada divina.
Nos recordaba el profesor Javier Escrivá Ivars que la dinámica fundamental del amor matrimonial es “estar juntos”, como dos personas que ya han aprendido a ser felices en Dios y en su propia identidad, y que por eso pueden darse plenamente.

Y es que la madurez afectiva consiste en poder entregar nuestra vida al otro con libertad y alegría. Ese “estar juntos” se podría traducir en varias recomendaciones concretas, que son capaces de alimentar y fortalecer el amor conyugal:
1. Estar juntos solos:
Es esencial que reservemos tiempos de calidad solo para los dos. El corazón de la pareja necesita la intimidad, la ternura, la escucha, la complicidad. Es primordial que creemos espacios donde el amor se exprese con palabras, con gestos, con miradas.
Como hacía Jesús con sus discípulos: “Venid solos a un lugar apartado y descansad un poco” (Mc 6,31).
Si entendemos la dignidad de la vocación matrimonial debemos reflexionar sobre la grandeza de ser llamados por Dios para formar una familia. Y observar qué valores deseamos transmitir a nuestros hijos, y cómo podemos reflejar el amor divino en nuestro hogar.
2. Estar siempre juntos:
Aunque exista distancia física o haya agendas exigentes, la unidad interior es fundamental. Se trata de que haya una comunión entre los cónyuges. Saber que el otro está presente en las propias decisiones, en las alegrías y en los desafíos, fortalece el vínculo.
Es básico promover una comunicación abierta en nuestro matrimonio. Mantener un diálogo constante entre los esposos sobre nuestros sentimientos, nuestras expectativas y nuestras preocupaciones. La comunicación es vital para fortalecer la unión y ser capaces de abordar cualquier desafío unidos.
Es caminar como un solo corazón y una sola alma, como promete el matrimonio cristiano: “ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19,6). Esto exige paciencia, una comunicación profunda y el apoyo mutuo.

3. Dando lo mejor de sí:
El amor verdadero se entrega, y esa donación se cultiva con la generosidad diaria. Cada uno está llamado a ofrecer lo mejor de sí: mi tiempo, mi trabajo, mi ternura, mi capacidad de perdonar, mi esfuerzo por crecer.
¿Cómo logramos ser testimonio de las virtudes cristianas? ¿Cómo hacer de nuestro hogar un lugar donde se vivan y se enseñen? Como decía San Juan Pablo II: “El amor verdadero no se impone, se ofrece”. El sacramento del matrimonio convierte esa entrega en camino de santificación, en obra de Dios.
4. Recreando el mundo:
El amor conyugal cristiano tiene una dimensión fecunda y transformadora. Forma una familia, educa a los hijos, inspira a otros matrimonios y transforma ambientes.
Es urgente educar con propósito. Enfocarnos en la educación de nuestros hijos desde una perspectiva cristiana, enseñándoles conocimientos académicos, pero también valores morales y espirituales que les ayuden a crecer como buenas personas.
Cuando dos personas se aman en Cristo, su hogar se convierte en un lugar donde Dios recrea el mundo: con alegría, con belleza, con compromiso. Y cada acto de amor conyugal es una participación en el amor creador de Dios.
En cuántos momentos de nuestro matrimonio nos es difícil florecer, pero vale la pena que lo intentemos. Estas dinámicas del amor son caminos reales, concretos, a veces desafiantes, pero siempre posibles si contamos con la gracia de Dios.
Y si en algún momento el cansancio, el desánimo o las heridas aparecen -porque somos humanos-, conviene que recordemos que no se trata solo de que “nos queramos bien”, sino de que aprendamos a amarnos como Cristo amó a su Iglesia (cf. Ef 5,25).
Siempre será necesario que comencemos y recomencemos, realizar las actividades cotidianas con amor, y encontrar lo divino en estas pequeñas tareas diarias. Al hacerlo con amor y dedicación, cada acción la convertimos en una oportunidad para honrar nuestra vocación matrimonial.
Dios quiera que estas sugerencias inspiradoras nos hagan reflexionar y que actuemos de acuerdo a ellas dentro de nuestros matrimonios, del tuyo y del mío.
Florecer en el amor es, al fin y al cabo, ser uno y darse del todo. Esa es la clave de los matrimonios que no solo duran, sino que incluso florecen.




¿Qué te pareció este artículo? Deja tu opinión: