Mentiras, política degeneradora y un sinfín de noticias sobre la actualidad de España que producen malestar, cuando no ideas encontradas. El ruido y la nada. Efectivamente, la economía no va mal, pero lo que no va es bien. No vemos crecimiento ni oportunidades extraordinarias, ni medidas que incentiven o den mayor capacidad de afrontar retos nacionales a las empresas españolas con ideas internacionales.
Lo único que encontramos es un endeudamiento público que sigue creciendo a un ritmo insostenible. En 2024, el gasto público aumentó por encima de los setecientos mil millones, demostrando que los ingresos no han subido y que el PIB no crece. Esto significa que el Estado no tiene más capacidad para generar riqueza, pero sigue endeudándose. Para las familias que no conocen balances ni cuentas anuales, lo explicaré así: si ingresan una media de mil euros, ese mismo mes gastan mil ochenta. No es que su capacidad de ahorro sea nula, es que su endeudamiento es superior a su capacidad de devolver lo que deben. Eso, en términos técnicos, se llama quiebra. Quizá por eso tantas familias se ajustan el cinturón.
Lo significativo es que el número de autónomos en España el año pasado ronda los tres millones de personas, con un salario medio mensual de entre setecientos y mil euros. El número de funcionarios públicos en toda la nación se aproxima a esa cifra —2,8 millones—, aunque con un salario de hasta tres mil euros, lo que supone que cada año el Estado abona en nóminas unos 172.000 millones de euros. Claro que el ciudadano hace cuentas, y en lugar de trabajar mil horas para cobrar mil euros, prefiere rascarse la barriga por tres veces más.
¿No significa esto, entonces, que España no solo está en quiebra financiera sino también social?
El problema no termina aquí. Este año, la vivienda ha aumentado hasta un 12% de precio, sin datos oficiales ni estadísticas públicas, pues el Gobierno no confía en las entidades privadas. Se lanzan paquetes de regulación de precios, programas de vivienda protegida o incluso medidas legales que afectan a nuevas ideas de negocio tecnológicas, como ha sucedido con Airbnb y otras plataformas. Este problema me recuerda a la regulación que ya vivió el sector del taxi hace más de diez años, cuando, por primera vez, tuve la oportunidad de escribir junto a la Universidad de Murcia un libro sobre las Economías Colaborativas. En mi caso, analicé la entrada de tecnologías en el mercado del transporte y concluí con la expresión ya clásica: es imposible ponerle puertas al campo.
Solo hay que ver cómo algunos negocios han encontrado el éxito haciendo distinto lo que otros hacen igual. El ejemplo de Fenty —marca de cosmética liderada por una mujer negra que, harta de no encontrar variedad en un mercado regulado, lanzó su propia línea— disparó una marca hoy líder mundial. Cumplir estándares ya es poca cosa; es mejor destacar en la variedad, hacer las cosas diferente. Para mí, esa es la definición de innovación.
Es en relación con personas líderes, como Rihanna, donde creo que puede encontrarse la solución, al menos en el ideal de forjarse una trayectoria profesional. Vamos, tener una aspiración vital. No solo tener, sino ser.
Pienso en los valores que estamos transmitiendo a nuestras generaciones: de cristal, X, Z y todas las que vienen, y que solo ven en nuestro ejemplo la degradación de las instituciones gubernamentales, donde la ética, la moral, la filosofía, el respeto y la dignidad ni están ni se las espera. El dios Dinero y el dios Poder hace tiempo que irrumpieron en nuestra moribunda vida social.

¿Están preparadas estas generaciones para un futuro peor que el que vivieron nuestros bisabuelos? Diría que no, diría que son generaciones sin rumbo. ¿Son capaces de hacer bien lo que nosotros no hemos conseguido y solo hemos polarizado? Ellos solo quieren viajar y disfrutar, sin sopesar riesgos, responsabilidades ni consecuencias. ¿Son culpables? ¿O solo reflejo de lo que nos ven hacer? Desalentador. Hoy, y mañana aún más, tendrán que dar solución a problemas que hace tiempo están encima de la mesa. Solo a modo de ejemplo:
- Corrupción
- Crisis sistémica gubernamental
- Carencia de respeto por el otro
- Crispación ideológica
- Cambio climático
Siempre he dicho que no soy ni pesimista ni optimista, sino más bien realista, puro y duro. La vida me ha hecho así, como dice la canción. Y con todo y con nada, ¿qué puedo hacer yo? Sinceramente, siempre he creído que puedo cambiar el mundo. Obviamente no todo, no esta crisis mundial. “Piensa en global, actúa en local.” Lo que sí puedo es cambiar yo, y cambiar mi entorno más cercano. Y con él, vendrá el cambio del otro. Leí una vez que las ondas en el agua cambian las orillas del lago, tras lanzar una piedra a su profundidad.
Es por eso que siempre intento contrarrestar esta abundancia de peros en mis pros. Creo que hay una larga lista de cosas que sí puedo hacer:
- Hacer mi trabajo, hoy y ahora. Hacerlo de la mejor manera posible. No perfecto, sino hecho y en tiempo real.
- Conectar con las personas con las que trabajo a diario. Ellas también pueden cambiar el mundo.
- Cuidar de mi familia (mi marido y mis hijos). Mis hijos transformarán de verdad el mundo en los próximos años. Es importante que sepan cuál es el camino.
- Vivir la amistad. Tener amigos, vivirlos, cuidarlos. Sin duda, el mundo es mejor con un amigo con quien llorar de la risa.
- Amar mi entorno, mi ciudad, mi jardín, mi comunidad. Amar incluso al que es más diferente a mí, ya que él me enriquecerá aún más.
- Decir la verdad. Solo ella construye, aunque para ello haya que derribar una imagen imprecisa de la sociedad y luego levantar un fiel reflejo de lo que somos.
Como veis, hablo de cuidar mi esencia, mi mejor valor. Porque sin mí, ¿quién vivirá mi vida? Saber cuál es la canción que nos gusta bailar, porque nos hace vibrar. Esa es la música que debemos tocar con nuestra vida. De lo contrario, imagina vivir tu vida conforme a las reglas de otros, con imposición y sin libertad. Sonriendo según lo que dictan las esferas sociales. ¡Qué vacío tan grande! Sin besos, sin carcajadas, siempre a contrapelo, sin probar los sabores que más nos gustan. Pero, cuando no defendemos quiénes somos, somos quienes no defendemos: los demás. Viviendo el pensamiento de una marca blanca: barato e igual para todos, comunal. Sin distinciones de mérito, sin premios al mejor. Iguales por imposición. Lo contrario, pues, a la justicia: dar a cada uno lo suyo.
Por otro lado, pienso en la riqueza de mi España: en sus acentos —que no lenguas—, en sus gastronomías, en el color de sus tierras y el calor de sus gentes. En su historia sabia, en tantas buenas y santas gentes que vio nacer, en sus poetas y genios, en sus aeronaves que quisieron ir más allá, hasta el fondo del mar. Estoy segura de que no solo yo cambiaré el mundo, sino que lo haré con mis amigos los españoles. ¿Cuándo? Es una buena pregunta. Quizá cuando dejemos de pelear, de mirar al otro como una amenaza. ¿No será más divertido juntos? Al menos, seguro que más enriquecedor. Lo que sí soy capaz de ver es que si no lo hacemos nosotros los españoles, ¿quién?
Hasta que llegue ese momento, no me busquen en estas tierras que ya no soy capaz de reconocer. Pero no andaré lejos. Estaré en mi Isla La Española, allende los mares, tierras nacidas de un viaje inspirador, liderado por una mujer hace muchos años. Allí, si me buscan, estaré.




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