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Cuadrigas y ladridos

Miguel Aranguren por Miguel Aranguren
13 junio, 2025
en Actualidad
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Home Punto de vista Actualidad
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Los veo pasar por delante de mi casa, por las calles de mi barrio, por los parques… Son  la nueva versión de Ben-Hur,  jinetes de cuadrigas sin cuadriga porque han sustituido el carro de dos ruedas por sus piernas, que tienen que ser fuertes, muy fuertes, para doblegar el ímpetu de las  bestias  que conducen mediante el tira y afloja de unas correas que bien podrían ser las riendas que manejaba Charlton Heston con maestría. Pero, al carecer de látigo estos Ben-Hur urbanos clavan los talones para no salir embalados y sin control, al socaire de los  perros,  porque no son caballos árabes a los que tratan de guiarsino canes, “mejores amigos del hombre”, que han ido recogiendo de casa en casa para darles un paseo a cambio de cierto acuerdo económico con sus dueños.

No es lo mismo ser propietario de una mascota que ocuparse de ella; por eso existen estos  paseadores  que, para hacer rentable su oficio, llevan dos, cuatro y hasta seis perros en un lío de cintas agarradas a sus muñecas. Portan un universo de ladridos, de patas levantadas junto a la base de las farolas, de los buzones, de todas las esquinas,  ríos de pis sobre el pavimento,  una siembra de popós que el paseante no tiene capacidad para recogerlos, aferrado como va a la ansiedad de la jauría. Por si su misión no fuera suficiente, se las ve y desea cuando en la manada hay dos o más ejemplares que superan el medio metro de alzada; es todo un arte conseguir que caminen al compás, pacíficamente, a la vera de quien los conduce, más cuando el instinto les impulsa a soltar un tirón tras otro para seguir el rastro de una hembra. Tampoco resulta sencillo, en las cuadrigas que mezclan perros de todos los tamaños, que el tal paseador no le arree uno, dos, siete pisotones (sin querer) al yorkshire que escupe aullidos afilados a cualquier ciudadano con el que se cruza.

Así son los  paseadores de perros de las afueras de la capital,  en donde vivo.  En el centro de Madrid,  en su milla de oro, allí donde se suceden las tiendas de lujo, en el actual paraíso de los mexicanos, colombianos y venezolanos millonarios que han comprado los pisos y azoteas que fueron de nuestras abuelas, de los tíos abuelos, del primo que heredó la vivienda que había pertenecido a dos o tres generaciones del mismo apellido… también hay paseadores de perros, pero con  otro caché:  se trata de mujeres del servicio doméstico, asistentas, filipinas para las casas elegantes porque se comunican en inglés (y en tagalo los días que libran), centroamericanas la mayoría. Estas paseadoras salen de los portales de sus jefes en uniforme, unas con estampados Liberty, otras con un dibujo mil rayas de traza nacional, o con una de esas batas que lo mismo hacen el avío a un médico que a un profesor o farmacéutico.

Esa tropilla se encarga, además de sus funciones de limpieza, cocina y cuidado de los niños, de sacar a Fufú y a Fufá por las elegantes aceras de la calle Serrano, Velázquez, Ortega y Gasset… Llevan un par de perros, como mucho, aunque lo normal es que conduzcan a un solo animal que, por cierto, es distinto a los de las periferias, de tamaño más bien pequeño y con un carácter egoísta y gruñón. Si tiene pelo frondoso, el can exhibe  un tocado que le sujeta el flequillo,  para evitar que se golpee con el bolardo en el que descarga su diminuta vejiga. También puede llevar  un cascabel de plata de ley   en la argolla del collar. Si es de pelo corto (un salchicha, por ejemplo), en invierno lo visten con  un chaleco de marca,  sin mangas y de color mostaza, o le protegen su alargado cuello con  una bufanda de cashmere  repujada con perlas salvajes.

A esos  perros aristocráticos  del centro les gusta mordisquear los tobillos de los turistas apostados frente al escaparate de Loewe, porque  han perdido el miedo a recibir una patada.  Es lo que tienen los perros de lujo, que de cachorros se compran con un fajo de billetes de dos ceros y que se han hecho dueños de la voluntad de sus amos, de sus paseadoras, de los turistas que curiosean el muestrario de Loewe y de los legisladores, tan preocupados por el bienestar animal que han ayudado al florecimiento de una industria que no conoce techo. Si apenas quedan librerías, si mueren las viejas y entrañables tiendas de barrio, proliferan las clínicas veterinarias, las peluquerías caninas, las boutique de abalorios para los bichos con pedigrí, conocidos por la vecindad con el título nobiliario de sus dueños (Fufú, marqués de Lepanto; Fufá, duquesa del Suspiro), en el caso de que estos lo ostenten. Y si no es así (lo del título), con los dos apellidos de sus propietarios: Fufú Cabeza de Cartago y Pérez de Umbel; Fufá Ruiz de Marisco y Madrigales de la Vera.

Me encantan los animales, aclaro. En casa tenemos un gato de raza (un precioso persa de color azul que se pasa el día sesteando), y tuvimos también perro con pedigrí (una curiosísima Griffón de Bruselas que, según opinaba mi suegro, un hombre apasionado por los labradores, es la raza más fea de todas las registradas en la Real Sociedad Canina). A  Pipa  le asomaba un colmillo por el belfo inferior, como consecuencia del prognatismo de su mandíbula, y  nunca aprendió a cumplir con la naturaleza… en la naturaleza.  También fuimos dueños de tres tortugas que no superaron su primera hibernación, y de una colección de agapornis –loros inseparables– que volvía loca a la vecindad dado su frenesí canoro en tonos disparatados. Hubo un conejo de angora, Philip Book, del que dio buena cuenta un zorro, y un par de ranas de San Antonio que croaban de madrugada. En el jardín le dimos acomodo a un erizo blanco con el que nos topamos en una bocacalle, y ratones rusos a los que invitamos a que se tomaran unas largas vacaciones. Dimos a cada una de esas especies el trato que merecía (el mejor en cada caso), tarea que convertí en mi responsabilidad:  la ilusión de los niños por una mascota dura lo que una bengala.

Del árbol que da sombra al pequeño jardín hemos colgado un comedero para alimentar a las aves silvestres, y desde el comedor nos gusta contemplar a las urracas, con su talante fisgón, y a los mirlos que rebuscan por la hierba. También a una pareja de ánades que ha elegido la piscina para darse de cuando en cuando un chapuzón. Y si una mosca se da, tozuda, golpes contra la ventana, en vez de soltarle un zapatillazo la dejamos volar, libre, para que el destino decida si la convierte en parte de la cadena trófica de algún murciélago.

Aunque los animales me encantan,  me rebelo ante esta invasión de perros  que adquieren a millón quienes no están dispuestos a cuidarlos.  Me rebelo contra las “guarderías caninas”,  dotadas de todo tipo de entretenimientos y terapias.  Me rebelo contra el presupuesto mensual destinado a estos repentinos idolillos,  cuando es equiparable al de la crianza de un bebé.  Me rebelo,  por supuesto, a que ocupen el lugar que le corresponde a un hijo.  Me rebelo  a que sean las mujeres del servicio doméstico las que sumen a sus tareas el pipí y el popó del chihuahua de sangre azul, y a que los paseadores se jueguen su integridad física cuando el gran danés que hace cabeza de la cuadriga siente el antojo de cruzar la carretera, y a que pierdan los dientes por enredarse los pies con la correa del caniche del número 6 de la avenida del Poniente, si esta se enmaraña con la del galgo de la travesía del Río Asón 3, principal derecha.


Miguel Aranguren

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Miguel Aranguren

Miguel Aranguren (1970), es uno de los novelistas contemporáneos que ha publicado a más temprana edad (su primer libro apareció en la editorial Espasa cuando acababa de cumplir 19 años) y uno de los articulistas más incipientes del periodismo español, firmando su primer artículo en El Mundo a los veintitrés.

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