Los grandes acontecimientos tienen una influencia prolongada en la historia. Sobre todo, si estos tocan las fibras más profundas del ser humano. La celebración de la Resurrección no se limita a un domingo, sino que se prolonga durante un tiempo: el Tiempo Pascual. Una etapa que abarca los cincuenta días que van desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés; estos días han de ser celebrados con alegría y exultación como si tratasen de un solo y único día festivo, más aún, como «un gran domingo». La exclamación «aleluya» quiere significar esta eclosión de gozo por la Resurrección del Señor.
Los ocho primeros días del Tiempo Pascual constituyen la «octava de Pascua» y se celebran con solemnidad, teniendo muy presentes de la oración a los nuevos bautizados.
El Tiempo Pascual nos trae a la memoria los primeros momentos de la nueva vida del Resucitado: se aparece a sus discípulos y los llena de alegría. Las primeras experiencias pascuales de los testigos directos de la Resurrección y de los primeros discípulos del Resucitado, se recogen en el hermoso libro de los Hechos de los Apóstoles, acta y memoria de la acción evangelizadora de los primeros apóstoles.
El cristiano de hoy, discípulo de Jesús, es también seguidor de Tomás. Su incredulidad ha construido un imperio. Como el rezagado apóstol, queremos ver para creer.
En este tiempo, la Iglesia lee con asombro y entusiasmo la crónica de los primeros pasos de la Comunidad Primitiva, y medita en su corazón esta bella descripción de la vida comunitaria: El grupo de los creyentes pensaban y sentían lo mismo, lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía; daban testimonio de la resurrección con mucho valor (Hch 4, 32-33).
Los efectos de la Resurrección
Son tres grandes efectos los que se desprenden de una lectura meditada de los relatos sobre la vida de l aprimera comunidad cristiana, que vive bajo el eco de la Resurrección del Señor.
Primero: «se respira en la comunidad un ambiente marcado por la caridad». La experiencia del amor de Dios, que entregó a su Hijo a la muerte para salvarnos, las mismas enseñanzas delMaestro, sintetizadas en el único mandamiento del amor a Dios y al prójimo; y la riqueza de la vida comunitaria, provocan un estilo de vida basado en un amor solidario de la comunidad de seguidores de Jesús, siguiendo las enseñanzas del Maestro.
Segundo: «la alegría pascual rebosaba en los discípulos». La alegría es el fruto de la toma de conciencia de que la esperanza ha sido fruto de la toma de conciencia de que la esperanza ha sido restaurada, fruto de la victoria de la vida sobre la muerte. Como nos enseña san Pablo, Cristo Resucitado es el primero y nos precede… porque todos resucitaremos con él. Los primeros discípulos recobran la alegría, el tonovital, las ganas de vivir, como efecto de su encuentro con el Señor Resucitado. La muerte y la trsiteza han sido sepultadas y florece por doquier la alegría y la esperanza.
Y el tercero: «el valor misionero, el nuevo ardor para ser testigos del Resucitado». Lo que han vivido, lo que han visto y oído, lo transmitido por los testigos presenciales, se transforma en un impulso evangelizador. De la experiencia de la Resurrección brota el deseo de comunicar con valentía, a todos la Buena Noticia de la salvación.
Amor solidario, alegría pascual y valor misionero, son un test para diagnosticar si también nosotros hemos resucitado con él.
No lleguemos tarde a la noticia de la Pascua
«Ver para creer». En el segundo domingo de Pascua, proclamaremos en el Evangelio el episodio de Tomás, el discípulo que llegó tarde a la noticia de la Pascua. Recordemos el episodio: Jesús ha muerto y los discípulos desconcertados se recluyen en un recinto cerrado a cal y canto, como señala el evangelio, por miedo a los judíos. De pronto laa tranquilidad de la casa se ve rota por la presencia de Jesús, que rompe el silencio con un saludo familiar: La paz sea con vosotros. Y les enseñó las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría.
Pero en aquella primera cita del Resucitado faltaba Tomás, apodado el Mellizo, uno de los doce. Le cuentan los demás: ¡Hemos visto al Señor! La extrañeza de Tomás, el discípulo ausente, se convierte en duda, y con frialdad exclama: !si no meto mi mano en la herida de su costado no lo creeré! Una versión de «ver para creer».
Desde la lógica de la razón podemos empeñarnos en querer meter el dedo en las llagas del Resucitado para creer, en vez de formar parte del grupo de los bienaventurados que sin ver creen.
A los ocho días, estando de nuevo reunidos, y esta vez si estaba el incrédulo Tomás, de nuevo se repite la escena: La paz esté con vosotros, saluda el Maestro. Ahora la alegría se desborda en los discípulos. Tomás seguramente se llena de estupor, y Jesús con delicadeza coge la mano del incrédulo y la mete en la herida de su costado. Y junto al resto, la exhortación: ¡No seas incrédulo, sino creyente!
Tomás, mirando fijamente al Maestro, se ruboriza y uniendo sus manos en el propio pecho, exclama con la voz de la mente y el eco del corazón: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús acoge el gesto de fe del discípulo desconfiado, pero también lanza una desafío: Porque has visto has creído, ¡dichosos aquellos que sin ver creen!
El cristiano de hoy, discípulo de Jesús, es también seguidor de Tomás. Su incredulidad ha construido un imperio. Como el rezagado apóstol, queremos ver para creer. Desde la lógica de la razón podemos empeñarnos en querer meter el dedo en las llagas del Resucitado para creer, en vez de formar parte del grupo de los bienaventurados que sin ver creen.
La infinita paciencia del Maestro sigue esperando en el Cenáculo de la Iglesia para coger de nuevo la mano incrédula de cada uno de nosotros y poner en nuestros labios las palabras amigas: ¡Señor mío y Dios mío!
¡Señor, gracias por tu espera!




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