Hace poco me encontré con las bases para publicaciones en una revista. No debía poder asumirse un tipo de pensamiento en los lectores. Ni escribir algo que fuera muy obviamente “cristiano”, tampoco escribir nada que pudiera ser excesivamente crítico de la modernidad, ni utilizar palabras que pudieran ser fuertes o sonar duras. Por otra parte, se pedía que se ofreciera algún tipo de pauta concreta para la aplicación positiva en la vida ordinaria de los lectores.
Puede haber motivos de peso que acompañen cada uno de estos puntos. Y no hablo de su bondad o su maldad. Pero lo que me choca es la combinación de todos ellos juntos, porque son todo lo contrario de lo que yo entiendo por literatura o periodismo de opinión: ¿es que la realidad no es dura a veces y desagradable como para que llamemos a las cosas por su nombre? ¿Es que una revista fundada por personas cristianas o católicas no sabe, o no asume, que todos sus lectores son cristianos o católicos? ¿Por qué tantísimo afán por respetar sensibilidades de quienes nunca se leerán nuestros textos?
Comparto que la modernidad debe mirar al presente y al futuro con esperanza, pero ¿no forma parte de esto el poder nombrar las cosas y despreciar lo despreciable para poder diferenciarlo de lo bueno? Hannah Arendt recordaba que “lo que no podemos nombrar, no lo podemos pensar”, y es difícil no ver aquí el riesgo de una autocensura que nos impide discurrir con claridad.
Esta obsesión por no molestar se ampara muchas veces en lo que llamamos políticamente correcto: un conjunto de normas sociales implícitas que dictan qué se puede decir —y cómo— con el fin de no ofender a determinados grupos. En su mejor versión promueve respeto; en la peor, deriva en una autocensura preventiva que empobrece la palabra y neutraliza cualquier juicio. Frente a ello está el sentido común, esa capacidad de ver la realidad tal como es, juzgarla con equilibrio y orientarse en ella con los criterios de la experiencia humana más básica. El sentido común no necesita almohadillados lingüísticos para comprender una reflexión abstracta ni para asumir una verdad incómoda.
Esta lógica del tacto extremo acaba generando un lector imaginario al que se protege de todo: de la complejidad, de la crudeza, de la exigencia intelectual e incluso de sus propias convicciones. Es un lector infantilizado, siempre al borde de sentirse herido, para quien habría que destilar cada idea hasta dejarla inocua. Pero la literatura —y el pensamiento— no pueden construirse en torno a ese espectro hipersensible. Si el lenguaje debe pasar por tantos filtros antes de llegar al papel, ¿qué queda de su fuerza para interpelar, cuestionar o despertar? Y si no confiamos en la madurez de quienes nos leen, terminamos escribiendo para nadie.
Si no confiamos en la madurez de quienes nos leen, terminamos escribiendo para nadie.
¿Por qué tiene que ser todo directamente aplicable a la vida del lector? ¿Acaso no es maduro y adulto para por sí mismo poder tomar acciones concretas partiendo de reflexiones abstractas? ¿Por qué un texto que es obviamente cristiano, soez cuando la situación lo merece, crítico de realidades feas e inconcreto pues llama a la conciencia, no merece ser publicado? ¿Es que somos seres celestes, que piensan y viven en una realidad de algodones y que necesitan que se lo den todo hecho?
Chesterton lo formuló con su precisión habitual: “La tolerancia es la virtud del hombre sin convicciones.” Y uno no puede evitar pensar que, cuando las líneas editoriales se articulan únicamente para no rozar sensibilidades, la tolerancia deja de ser virtud para convertirse en neutralidad desabrida.
No, no estoy de acuerdo con esas líneas editoriales; me parecen como mínimo pusilánimes y buenistas. Creo que cualquier literatura que se precie debe ser capaz de hablar de todo, no debe avergonzarse de sus creencias, ni tener miedo de usar las palabras que corresponden. Debe confiar también en la capacidad de evocación que tienen lo nominal. La literatura no es un manual moralizante ni un sustituto de la potestad parental, sino un medio de expresión libre y un instrumento —y no un sustituto— para el desarrollo de la libertad interior.




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