“Si sientes dolor, estás vivo, pero si sientes el dolor de los demás, eres humano”. – León Tolstói
Hace unos días, el Parlamento de Reino Unido aprobó la enmienda al Proyecto de Ley sobre Delincuencia y Policía que despenaliza completamente el aborto en Inglaterra y Gales, eliminando así las penas de cárcel para quienes aborten en cualquier etapa del embarazo cuyo límite máximo estaba autorizado hasta las 24 semanas de gestación, excepto cuando la vida de la madre estuviera en grave peligro o el feto presentase alguna discapacidad. Con la ley anterior, además de la prohibición de este asesinato a partir de la semana 24, se requería el informe de dos médicos para aquellos casos en que el aborto supusiera un riesgo para la salud mental o física de la madre. Otra posibilidad que disfrutaban era la del servicio a domicilio, ya que podían abortar en casa mediante pastillas, dentro de las 10 primeras semanas de embarazo. Aunque la petición de esta ampliación se basaba cínicamente en el creciente aumento del numero de mujeres procesadas por el uso de píldoras abortivas usadas ilegalmente para matar a sus hijos superando el límite de las 24 semanas, la realidad es que solo tres mujeres fueron condenadas por abortos ilegales entre 1861 y 2022. Además, como indica las palabras, el aumento de procesamientos no es de condenas ni persecución, sino más bien como un tirón de orejas.
Si hace ya unos cuantos años la gente se iba a Inglaterra para abortar, ahora empezarán a tener una llegada de curioso «turismo» de salud reproductiva, u otro cualquier calificativo como el de los vientres de alquiler o ponerse pelo en Turquía. Aunque, y por desgracia muy terrible suene, se ampliará ahora a una nueva oportunidad para el asesinato, con premeditación y alevosía, de inocentes.
Hace apenas un mes murió el bebé de un compañero de mi yerno (todavía no me acostumbro a llamarle así). Tan solo quedaban dos semanas para que su mujer diera a luz a su primer hijo. La muerte de su bebé ha supuesto una pena grandísima incluso para los que no les conocíamos, así que ni siquiera puedo imaginar el dolor de esos padres, porque ya lo eran, al ver que su hijo no puede estar con ellos en casa, y la impotencia de no haber podido hacer nada por evitarlo. Es triste pensar que, de haberse adelantado el parto, no se habría enrollado el cordón umbilical y estaría ahora con ellos en su nuevo hogar, ya que el primero fue el vientre de su madre, cuidado con todo el amor del mundo. No han podido achucharle ni besarle, como es el consuelo de algunos padres que ven morir a sus hijos por una enfermedad justo después de nacer.
En el mismo tiempo de gestación, la misma etapa de desarrollo de un ser humano, porque es único, y no nacerá otra igual, la diferencia entre la vida y la muerte la marca el amor, cuya ausencia baja el dedo hacia abajo, como Nerón en el circo, y escribe el destino de las personas. Y ya sabemos lo que pasa cuando el hombre juega a ser Dios. Y esto apoyado por las leyes que trivializan el hecho de matar a un hijo que lleva meses moviéndose dentro de tu vientre, como si no se eliminara una vida
Han montado una situación distópica por la incongruencia con nuestra naturaleza humana, no animal, ya que si no es por amor, por lo menos por lógica, como nos dice la ciencia, sabemos que es un ser humano, y a que este ser humano que nace de la unión de un óvulo y un espermatozoide se le llama hijo…o hija, en todas las lenguas del mundo, incluso en inglés. Dependiendo la moral y el sentido común de quienes participen en el acto la creación de un ser humano, resulta que recibes amor, o eres asesinado por orden de, precisamente, la misma persona en cuyo vientre creces. Unos te dan amor y lloran tu ausencia, llegando a la depresión por no poder abrazar al hijo de sus entrañas, y otros entrarán en depresión más tarde, por haber eliminado la vida del hijo de sus entrañas.
Cualquier mujer que sea madre sabe como son los últimos meses de embarazo, sabe que la mujer embarazada siente a tu hijo a todas horas. Recuerdo las extrañas posiciones que les daba por elegir a algunos de mis hijos en el último trimestre del embarazo y que hacían que le salieran bultos a mi vestido según presionaban con la pierna o el “culete” a la pared de mi abdomen. Y aunque quisiera estar seria en las reuniones de trabajo, no podía evitar sentir durante las 24 horas del día, la vida que crecía dentro de mí y un inmenso agradecimiento por la misma y la oportunidad de sentirla. Y, a pesar de estar hablando de balances o informes económicos, la patada llegaba sin respetar el horario de la jornada laboral. Porque los padres no tenemos horarios.

Pero los legisladores, los gobiernos y todos los que se empeñan en hacer leyes que no respetan la dignidad del ser humano, a pesar de que esta dignidad es lo principal y básico para poder legislar o ejercer la autoridad y “el poder”, tienen una gran responsabilidad en la destrucción de la humanidad.
La cultura occidental tiene su base en la cultura de Grecia y Roma y, por supuesto, los valores cristianos que se resumen en amar al prójimo como a uno mismo. Pero para los que no quiera hablar desde la fe, porque no la tienen, por lo menos reconocerán el valor de los filósofos griegos.
La ética de Aristóteles se basaba en las virtudes, para este filósofo, algo es virtuoso cuando hace lo que le es propio -aquello para lo cual está destinado- de una forma sobresaliente, así como el ser humano está hecho para ser feliz o aspirar a la felicidad, la mujer lleva en su constitución la maternidad, así está hecha, lo llegue a ser o no, y el hombre la paternidad.
Para Aristóteles “es feliz el hombre que vive bien y obra bien”, el ideal era la que él llamaba vida buena, muy distinta de la buena vida. Para él la persona prudente, una de las virtudes artistotélicas que, mira por donde coincide con la cristianas, es aquella cuya conducta diaria es resultado de su capacidad racional para saber lo que es bueno, y el imprudente es el que tiene un fallo estructural en su inteligencia práctica, llevado por diferentes causas sin duda entre las que destaca la impulsividad y la falta de reflexión, aumentada esta última por la gran tendencia actual al cortoplacismo, en el que está en darle «gusto al cuerpo» sin pensar en las consecuencias, como defiende burdamente muchos, sin pararse a pensar en que somos personas, y no animales.
Aristóteles argumentaba que, el imprudente tendría primero que conocer qué es lo correcto, y si carece de este conocimiento, sería la estupidez, más que la maldad, la que iría de la mano del imprudente. Pero en la era de la información y del conocimiento, en la que podemos descubrir en internet tantos testimonios del sufrimiento y el sentimiento de culpa de tantas mujeres que abortan, no hay falta de información. La mujer (o el hombre que la anima), que siempre sabe que es su hijo incluso aunque lo aborte intencionadamente, y que ha sentido durante casi los 9 meses de vida en su vientre a su hijo, cuando elija, animada por leyes que parecen moralizar acciones aberrantes como abortar a término de un embarazo, nunca podrá ser feliz, porque si la buena conducta es el camino para la felicidad, incluso el imprudente, el irracional o el estúpido que elija seguir leyes destructivas sin pensar, algún día pensará.
En palabras de San Juan Pablo II cuando nombró a Santo Tomás Moro patrono de los políticos, «cuando el hombre y la mujer escuchan la llamada de la verdad, entonces la conciencia orienta con seguridad sus actos hacia el bien». Quizás por ello los políticos actuales se mueven por consignas y no saben «dar la vida», porque no son conocedores de la verdad.
Por tanto, los gobiernos deberían pensar en el bienestar de sus ciudadanos, especialmente de las mujeres en este caso, en lugar de animarlas a cometer actos contra el bien que, sin duda, las traerá infelicidad.
Por otro lado, aunque no se quiera reconocer el propio sufrimiento, por lo menos deberían pensar en el sufrimiento de ese inocente que se mueve y respira en el vientre materno. Porque como un día respondió León Tolstói a un viejo amigo suyo que vivía en la opulencia y le cuestionaba por su austeridad y generosidad por pensar en los demás: “Si sientes dolor, estás vivo, pero si sientes el dolor de los demás, eres humano”.

Y por lo que vemos está pasando, aunque siempre he defendido que era redundante hablar de persona humana, ya que la persona solo puede ser humana, creo que hay muchas personas que no lo son.




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