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«Vidas indignas»: la herencia de una ideología letal

Observatorio de Bioética por Observatorio de Bioética
19 junio, 2025
en Ética
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Home Del presente al futuro Ética
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Hace 105 años, el abogado Karl Binding y el psiquiatra Alfred Hoche, acuñaron el concepto de  «vidas indignas».  Su idea de  eliminar existencias despojadas de sentido  por el bien de la sociedad, fue la base teórica de los programas de exterminio nazi contra discapacitados psíquicos y físicos. Hoy, esa lógica de exclusión, de forma más sofisticada, es el turbio legado de una  ideología   sobre la potestad última de la vida que opera antes del nacimiento, en la vejez, la enfermedad, la discapacidad o el interés político y configura una violencia estructural contra lo humano. Este artículo refuta desde la  bioética  personalista la negación del valor absoluto de la vida.

El respeto a la vida humana es una línea de fuga en la política contemporánea y ha acabado por naturalizarse la paradoja de que quienes, en razón de su vulnerabilidad, deberían encarnar por excelencia los derechos humanos, la protección, el acompañamiento y el cuidado son víctimas de formas aceptadas de evaluación de la existencia hasta decidir el punto en el que esta deja de ser relevante y no merece ser vivida. Justo ahora se cumple poco más de una centuria de la publicación, en 1920, por parte del reconocido editor de ciencias filosóficas, Felix Meiner, de un tratado de escasas setenta páginas titulado:  “La autorización de la aniquilación de la vida indigna de ser vivida”[1],  escrito por el especialista en derecho penal, Karl Binding, y el psiquiatra alemán, Alfred Hoche, con la pretensión de sentar las primeras bases ideológicas para justificar la  eliminación de personas  con discapacidades mentales o enfermedades incurables por considerarlas  improductivas.  Binding y Hoche introducen la categoría de “vida indigna” para referirse a la vida sin valor y que no merece ser vivida, en un umbral en el que deja de tener importancia jurídica y, por lo tanto, se puede aniquilar sin considerarse un homicidio. Este intento se ha extendido mucho más lejos de lo que podían imaginar sus autores. Agamben (2018) señala que esta obra marca “el momento de integración entre la medicina y la política”, de modo que la biopolítica moderna “comienza a asumir su forma acabada”[2].

La tesis central de un peligroso legado

La tesis central de Binding y Hoche parte de una concepción utilitarista y funcionalista de la vida humana. En su análisis proponen que matar a una persona “muerta mentalmente” no solo no debería considerarse homicidio, sino que el estado debería permitir y facilitar su eliminación, bien mediante una  eutanasia  activa o bien por omisión de cuidados. Según los autores, que niegan humanidad a aquellos que no pueden “sentirse a sí mismos”[3], esta práctica representaría un acto de compasión hacia enfermos incurables y un alivio económico a la sociedad. Este enfoque que despersonaliza la vida humana, reduciéndola a criterios de utilidad, productividad y conciencia de sí está en los orígenes de todos los crímenes de lesa humanidad en los que la deshumanización previa hace posible la institucionalización del asesinato[4].

Precisamente, por lo que interesa la obra es porque sienta las bases ideológicas de una de las justificaciones más atroces de la eliminación sistemática del ser humano. De manera que  lo que comienza como una teoría pseudocientífica se ha infiltrado en la cultura, la medicina y la política,  dando origen a una herencia tan silenciosa como letal.

La idea de «vida indigna» fue utilizada para justificar el  programa de exterminio nazi  de los discapacitados mentales y físicos, denominado Aktion T4, asumiendo la administración de la vida humana por parte del poder que decide quién merece vivir y quién debe morir por su propio bien o el de la sociedad. Autores como Singer y Engelherdt, entre otros, tratan de revistar el concepto de persona, negando esta consideración a aquellos seres humanos que no tengan o hayan perdido la capacidad de autorreflexión y la conciencia (embriones, bebés, personas en coma, en fase terminal, enfermos de alxheimer, amnésicos, etc.,). Esto implica consecuencias éticas de gran calado con respecto a la centralidad, el carácter sagrado de la vida humana y la responsabilidad por lo frágil y vulnerable.

Actualmente, esa lógica de la  exclusión  ha cambiado de rostro, ha mutado, se ha sofisticado con formas más pulidas y tecnificadas, pero no ha desaparecido y se esconde tras nuevos discursos que apelan a derechos, pero no a deberes; a una autonomía, sin responsabilidad por el prójimo; o una cínica y falsa compasión. Desde ahí, se implementan políticas que operan antes del nacimiento, en la vejez, la enfermedad, la discapacidad o los intereses políticos que repiten en su raíz el mismo principio de Binding y Hoche:  hay vidas que no son dignas de ser vividas.  Este artículo se interesa en una relectura crítica de ese legado desde la bioética personalista para desenmascarar una violencia estructural que ha tecnificado, legalizado y normalizado la biopolítica contemporánea del descarte. En este contexto, la obra de referencia representa un ejemplo extremo de cómo la razón puede corromperse cuando se pierden los anclajes éticos.

Las "vidas indignas": la herencia silenciosa de una ideología que elige quién vive y quién muere
Imagen – SciELO España

Violencia intrauterina, eutanasia y genocidio

El vientre materno, en lugar de ser espacio de protección, se convierte en lugar de negocio, selección o descarte, a través de la  gestación subrogada,  el aborto,  el  diagnóstico genético preimplantacional  o ciertas técnicas de  reproducción asistida   que, lejos de una necesidad terapéutica, se utilizan como prácticas eugenésicas para  descartar vidas  que no cumplen con ciertos estándares. En vez de un ser humano en desarrollo, digno de respeto absoluto y correspondiente dignidad[5], el embrión se reduce a material genético, agregado celular, o vida programable en una cultura que idolatra el control, el bienestar, la autonomía y la perfección física.

La  eutanasia  transforma la medicina en instrumento de muerte cuando no se aprecia el valor del acompañamiento o de los cuidados paliativos. En muchos casos, la elección de morir por voluntad propia se produce en contextos de soledad, depresión, presión social o por no querer ser una carga para los familiares. La eutanasia, presentada como expresión de autonomía y compasión, impone la tecnificación de la muerte que priva de la empatía, la calidez y el tiempo para despedirse amorosamente. Por el contrario, los  cuidados paliativos  invitan a respetar el carácter sagrado de la existencia, la custodia de la dignidad humana y a abrir el corazón al misterio que puede regalarnos instantes de belleza cuando no se mira a la muerte con miedo.

Por otro lado, las  tragedias humanitarias  como la guerra o las crueles políticas de inmigración nos interpelan por el desprecio hacia vidas consideradas prescindibles en función de intereses geopolíticos o estratégicos y por el componente violento que supone la interrupción de una vida y la protesta que uno debe levantar contra ella[6]. Los discursos oficiales hablan de daños colaterales o necesidades de defensa. Pero, los muertos siguen siendo niños, mujeres y ancianos,  personas que no importan porque no encajan en los relatos del poder.  La indiferencia, dejar de ver al Otro como persona al reducirlo a categorías o amenazas abstractas, constituye también la repetición trágica del principio de impunidad de aniquilación de la vida, en la raíz Binding y Hoche, que se ha encargado de ensanchar y normalizar la biopolítica.

Pensadores como Emmanuel Levinas, Víctor Frankl, Primo Levi, Edith Stein, Simone Weil o Gabriel Marcel, coinciden en la defensa de la irreductibilidad del valor humano y en la resistencia a toda forma de descarte, especialmente, en contextos de sufrimiento y fragilidad. La existencia, calibrada desde criterios utilitaristas, reduce la vida humana a biología y borra el misterio que se alía incondicionalmente con la inviolabilidad de la persona. “Durante milenios, el hombre siguió siendo lo que era para Aristóteles: un animal viviente y además capaz de una existencia política; el hombre moderno es un animal en cuya política está puesta en entredicho su vida de ser viviente”[7].

‘Por tu bien’ la coartada moderna

En los debates actuales sobre muchas de las decisiones y prácticas contrarias a la vida, el ‘por tu bien’, lejos de una expresión inocente es la  coartada moderna que niega el valor absoluto de la vida humana.  Esta es radicalmente valiosa no porque convenga, sea fácil o perfecta, sino porque, incluso en la fragilidad, tiene sentido y debe ser especialmente protegida. El ‘por tu bien’ se ha convertido en la salida cómoda para una sociedad, regida por parámetros utilitaristas, que no quiere hacerse cargo del dolor humano y renuncia al cuidado del otro. Así, la funcionalidad, la productividad o la conveniencia son criterios de evaluación para interrumpir una vida no nacida, dejar morir a un enfermo incurable, determinar que un anciano ya ha vivido los años suficientes o reducir el genocidio a ‘daños colaterales’ que se justifican políticamente.

Cuando alguien te dice que actúa ‘por tu bien’ sin permitirte participar en la definición de lo que ese bien significa, está en esencia  cosificándote,  sustituyendo tu voluntad por la suya y, por tanto,  anulándote  como sujeto ético, bajo un falso halo de protección y cuidado. Este siglo no debería repetir los errores de la centuria pasada. Para ello es necesario reconocerlos y poner la lupa de una bioética personalista, a modo de aguijón, allá donde las lógicas de exclusión y eliminación, inauguradas por Binding y Hoche, reaparecen camufladas de compasión, autonomía o justicia. Y, sin embargo, son formas contemporáneas de una violencia que aspira a perpetuar particulares expresiones de soberanía sobre la propia existencia, administrando qué vidas merecen o no ser vividas.


Amparo Aygües para Observatorio de Bioética


[1] Die freigabe der Dernichtung lebensunwerten Lebens es el título original de la obra de Bining y Hoche, publicada en 1920 y, en una segunda edición, en 1922.

[2] Agamben, G. (2018). Homo sacer: el poder soberano y la vida desnuda. Ed. Adriana Hidalgo, p. 218

[3] Bining, H & Hoche, A. (1922). Die freigabe der Dernichtung lebensunwerten Lebens. Felix Meiner.

[4] Levi, P. (2011). Si esto es un hombre. El Aleph.

[5] Burgos, J. M (2009). Reconstruir la persona. Ensayos personalistas. Palabra, pp.71-97.

[6] Levinas, E. (2002). Totalidad e infinito. Sígueme. En Ricoeur, P. (2000): La mémoire, l’histoire, l’oublie. Seuil

[7] Foucault, M. (2009). Historia de la sexualidad I: La voluntad de saber. Siglo XXI, p.152.

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