Ni siquiera las mentiras piadosas son aceptables, son contraproducentes para el correcto desarrollo de los niños, de lo contrario, ¿por qué los adultos nos molestamos cuando ellos lo hacen con nosotros? No vayamos por ese camino porque ocultando información no les hacemos menos daño.
Mentir a los niños parece a muchos padres la opción más fácil y acertada. Probablemente resulte el modo de no tener que involucrarse en conversaciones que a los adultos no les apetecen o les resultan complicadas de afrontar; para evitar herir al niño…, aunque lo que desconocen los adultos es que para nada faltar a la verdad conlleva beneficio alguno.
El vínculo que se genera con los padres desde la infancia debe instaurarse en la honestidad, el respeto, el amor, la seguridad y la confianza y si se ve perjudicado, si se sienten defraudados por las personas que más quieren, puede ser algo difícil de subsanar a largo plazo.
Desde la American Academy of Child & Adolescent Psychiatry aclaran: “A los niños pequeños (de 4 a 5 años) les gusta hacer cuentos e inventar historias. Esta es una actividad normal ya que ellos se divierten oyendo e inventando cuentos. Estos niños muchas veces confunden un poco la realidad con la fantasía. Un niño mayor o un adolescente puede decir mentiras interesadas, por ejemplo: para no tener que hacer algo o negando responsabilidad por sus acciones. Los padres deben de reaccionar a este tipo de mentir ocasional hablando con el niño y explicándole cuán importantes son la verdad, la honradez y la confianza”.
Los padres son el mejor ejemplo y los niños los observan constantemente, por ello, no se le puede pedir a un niño que no mienta y explicarles los contras que tiene hacerlo, si ven como sus padres les mienten o lo hacen con otras personas.
Mentir para desviar una historia puede derivar en algo peor
Fátima, de 47 años, tiene un hijo de 10 y acaban de afrontar el fallecimiento de un familiar. “Durante el proceso de la enfermedad he querido contarle lo menos posible a mi hijo para que no lo pasase mal. Sí fue a visitarlo un par de veces al hospital, pero no hemos hablado de lo que le pasaba ni de la gravedad”, cuenta.
El día que falleció explica que su hijo le dijo algo que a ella le hizo pensar que probablemente ocultarle datos no había sido lo mejor. “Le sorprendió mucho que su tío hubiese muerto cuando no le habíamos dicho que era la más probable posibilidad. Luego me dijo que habría querido pasar más tiempo con él y decirle más cosas de las que le dijo. Lo que más me chocó es que me cuestionase sobre los motivos de no contarle, y me dijo que iba a sufrir igual o más porque acababa de enterarse de todo de golpe”, explica.
Un modelo poco honesto para los niños
Esther Gil Correro, psicóloga sanitaria infantil, experta en atención temprana, considera bastante habitual que los adultos mientan a sus hijos. Añade que los motivos pueden ser varios: “Uno de los más habituales es pretender alejarlos de un sufrimiento, es decir, evitar que el menor sufra y se enfrente a emociones difíciles”. No obstante, apunta que el niño puede recibir un mensaje confuso.
Por otro lado, destaca que los padres pueden hacerlo por eludir conflictos o rabietas, lo que puede hacer que el niño aprenda que la mentira es una herramienta para esquivar ciertas situaciones. También se puede engañar por comodidad o para sortear explicaciones.
A veces -indica Gil- también se utiliza la mentira para “controlar” el comportamiento del menor, intentando imponer algo en base al miedo. “Con esto fomentamos ansiedad y desconfianza, basando una relación en amenazas”, sostiene.
Según la experta, rechazar hablar de temas delicados como fallecimientos o separaciones de los padres, puede causar más inseguridad en el niño. “Estará bien contar la verdad de un modo adaptado a su edad”, subraya.
La psicóloga señala que los niños probablemente repitan el ejemplo que ven en sus padres. “La frase “los niños aprenden más por lo que ven que por lo que se dicen”, es especialmente cierta cuando hablamos de valores como la verdad o la honestidad”, refiere.
Si los padres mienten, aunque se trate de pequeñas evasivas, los niños observan el comportamiento y lo normalizan. “Si un niño ve que su madre le dice a alguien por teléfono “no puedo ir porque estoy enferma”, cuando en realidad no quiere ir y no está enferma, puede aprender que mentir es aceptable si sirve para rehuir de algo que no agrada”, expone.
“Si queremos que nuestros hijos valoren la honestidad, debemos intentar vivirla nosotros también”. – Esther Gil Correro
Aunque, para Gil, el asunto no tiene tanto que ver con decir siempre toda la verdad sin filtros, sino con ser coherentes: “Si queremos que nuestros hijos valoren la honestidad, debemos intentar vivirla nosotros también”.
¿Mentir para evitar malestar de padres o hijos?
Al falsear -explica Manuel García, psicólogo general sanitario, experto en emociones, autoestima y buen trato- se puede deteriorar el lazo con el familiar o educador y dificultar ese apego seguro, esencial en la vida adulta ya que se puede comenzar a dudar de lo que a uno se le dice. “Uno se convierte en un modelo de ser deshonesto. Resulta clave impedir que la mentira se instaure como una conducta permisible en las relaciones”, manifiesta.
El profesional alega que muchos padres creen que está justificado mentir al pretender frustrar emociones desagradables a quienes más se quiere, pero pueden pasar más cosas. “Lo que ocurre es que estamos intentando evitar nuestra incomodidad de ver a esas personas sentir tristeza, enfado o cualquier otra emoción desagradable al recibir nuestros datos”, relata.
No quiere que olvidemos que en la infancia los adultos de referencia deben acompañar para poner nombre a lo que los niños sienten y ayudarlos a manejar la incertidumbre ofreciendo el contenido preciso. “Con esas actitudes los niños pueden llegar a creer que lo que sienten está mal, no es válido y tienen que ocultarlo. De este modo, no tienen la oportunidad ni por parte de un adulto ni por su cuenta de gestionar las emociones”, confirma.
Respecto a ciertos temas, a los padres les pueden producir ansiedad tratarlos. “En ocasiones, al no tocar esos asuntos, se pretende no tocar el dolor propio”, comenta.
Asimismo, relata que otras veces, sale a flote el miedo a ser un mal padre o una mala madre y pretendiendo esquivar el error, no se actúa. “Este miedo aumenta cuando se tienen dificultades para gestionar, expresar y comunicar las propias emociones”, asegura.
Para el psicólogo será acertado admitir el desconocimiento y comprometerse a buscar información, espacios informales como rutinas cotidianas (viendo la televisión, redes sociales, contándonos…) y aprender a validar emocionalmente para saber acompañar y sostener a los que más importan.






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