Vivimos fascinados por los resultados inmediatos…Nos cuesta mucho más valorar los procesos lentos y no pocas veces trabajosos que los hacen posibles: la formación, la disciplina, la continuidad, la labor discreta y la confianza; esa confianza que se mantiene cuando todavía no hay nada que mostrar.
La fotografía -la imagen en nuestras retinas- es del domingo 19 de julio: España levanta la Copa y millones de personas celebramos una victoria que decidió un suplente de lujo, Ferran Torres, en el minuto 106. Pero el Mundial no se ganó en aquel instante. El gol decidió la final, sí; pero hubo mucho más trabajo con antelación. Y muchos más protagonistas.
Las grandes victorias empiezan bastante antes de que alguien las vea. En entrenamientos sin público, en empates -y hasta en derrotas- bien aprovechados, en formadores que saben motivar y exigir sin desalentar, en jóvenes que aprenden a esperar -qué gran verbo- su oportunidad y a estar a disposición del grupo y en jugadores con talento que aceptan ponerlo al servicio de un proyecto común.
Pocos días antes, nuestra selección masculina sub-19 había conquistado su décimo Europeo. La femenina sub-19 acababa de lograr el quinto consecutivo. Esa acumulación de éxitos no demuestra que exista una fórmula perfecta ni autoriza a ignorar los errores, que pueden enseñarnos mucho. Pero todas esas victorias sí permiten hacernos pensar que el triunfo de la selección española no es para nada el simple resultado feliz de una tarde inspirada.
Esta enseñanza desborda el fútbol. Y nos ofrece una importante lección.
Vivimos fascinados por los resultados inmediatos. Celebramos la nota, el título, el ascenso, el triunfo, el reconocimiento o la consecución del poder (habría que pensar siempre para qué). Nos cuesta mucho más valorar los procesos lentos y no pocas veces trabajosos que los hacen posibles: la formación, la disciplina, la continuidad, la labor discreta y la confianza; esa confianza que se mantiene cuando todavía no hay nada que mostrar.
Los padres y madres de familia, quienes trabajamos en educación y no sólo nosotros, sabemos que ningún joven madura de repente. Necesita tiempo, buenos referentes, exigencia, margen para equivocarse y alguien que no le deje tirado en cuanto falla. Necesita también descubrir que desarrollar su talento no consiste en vivir pendiente de su propio brillo personal, sino en aprender a ponerlo al servicio de los demás. A veces, sentado en el banquillo; por si toca salir.
En educación hemos confundido demasiadas veces reformar con hacer tabla rasa, con empezar de nuevo. Cambiamos leyes, planes, métodos y prioridades antes de que algunos proyectos hayan tenido tiempo de dar fruto. Es verdad que la continuidad no significa inmovilismo total. Significa saber qué debe corregirse sin destruir cada vez lo que merece repararse o conservarse.
Algo parecido sucede en las instituciones, las empresas y las familias. Todos queremos resultados. Pero no siempre estamos dispuestos a sostener con paciencia las decisiones, los hábitos y las relaciones que los producen. Y a veces ni a defenderlos públicamente, por más que la causa merezca la pena.
Concluyo:
La victoria de España nos ofrece algo más que puro júbilo y legítimo orgullo. Nos recuerda que el talento necesita formación; que la ambición no está reñida con la humildad; que quien hoy espera en el banquillo puede ser decisivo mañana; o en el minuto 106 de un partido que anda ya por su prórroga; y que ningún éxito colectivo se construye a base de personas obsesionadas únicamente con su éxito individual.
¡Ah! Y educar no consiste en fabricar campeones frente a nadie. Consiste en ayudar a cada persona a desarrollar lo mejor de sí misma y a comprender para qué y para quién/es merece la pena utilizarlo.
Las copas se levantan ante millones de espectadores, y es un gozo, y un legítimo orgullo. Las victorias que perduran se construyen mucho antes, casi siempre lejos de los focos.
¡Viva España!
Director de Relaciones Institucionales de CampusHome
Ex consejero de Educación de Navarra




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