Mientras la lógica del sufrimiento puede conducir al aislamiento y a la desesperanza, la lógica del duelo invita al encuentro, a la expresión de las emociones y a la reconstrucción de la propia vida incluyendo la posibilidad de ayudar a otros que han pasado por la misma situación.
La cultura actual parece entender mejor la lógica del sufrimiento que la lógica del duelo.
El sufrimiento en general, suele manifestarse como algo que hay que evitar, combatir o eliminar cuanto antes de nuestras vidas; pero en el caso de algunos dolientes a quienes se le han muerto un ser querido, permanecen en la fase de sufrimiento mucho tiempo porque no encuentran sentido a su dolor o nadie les ha hablado de la posibilidad de sanar la pérdida de forma acompañada.
Sin embargo, el hacer el duelo nos enseña una lógica diferente: la de atravesar el dolor para transformarlo en una experiencia de crecimiento, integración y sanación.
El duelo no es una enfermedad ni un problema que deba resolverse rápidamente, es un camino que hay que recorrer. Es una respuesta natural ante una pérdida significativa.
Su finalidad no es olvidar a quien hemos perdido, sino aprender a vivir de una manera nueva, conservando el amor y los vínculos que permanecen en la memoria y en el corazón.
Mientras la lógica del sufrimiento puede conducir al aislamiento y a la desesperanza, la lógica del duelo invita al encuentro, a la expresión de las emociones y a la reconstrucción de la propia vida incluyendo la posibilidad de ayudar a otros que han pasado por la misma situación.
Por ello, todo doliente necesita ser acompañado.
La sanación no suele producirse en soledad.
Los grupos de mutua ayuda al duelo constituyen un espacio privilegiado para este proceso. En ellos, las personas encuentran escucha, comprensión y respeto; descubren que no están solas y que otras personas recorren caminos semejantes.
Compartir el dolor con otros, permite aliviar su peso y encontrar un nuevo significado a la experiencia vivida.
Los grupos de mutua ayuda al duelo parten precisamente de esta convicción: el duelo puede convertirse en un camino de crecimiento humano y espiritual cuando es vivido en comunidad. Allí, la acogida, la esperanza, la ayuda mutua y la confianza en los recursos personales, comunitarios y espirituales, favorecen una auténtica sanación.
Porque la lógica del duelo no consiste en negar el dolor, sino en transformarlo en vida.




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