La libertad no consiste en hacer lo que a uno le viene en gana en cada momento, lo que a uno le apetece, sino en ser capaz de elegir hacer eso que de verdad quiere (estudiar, por ejemplo)… aunque no le apetezca. Esa es la diferencia entre vivir a merced de los impulsos o “esclavo” de las emociones o dirigir la propia vida con criterio.
Recientemente he participado en una mesa redonda organizada por la Asociación Familiae. Versaba sobre un asunto que, a mi juicio, está en el corazón de cualquier proyecto educativo serio: educar con límites; formar el carácter; ayudar a los jóvenes a gobernarse a sí mismos… y a descubrir su propósito de vida.
Participé en dicha iniciativa -junto a la profesora universitaria Maica González Torres- como representante de mi residencia universitaria, donde convivimos con más de 1.500 jóvenes estudiantes. Y salí con una convicción reforzada que me parece especialmente oportuna para quienes hoy están en la universidad -o a punto de llegar- y para sus familias.
Vivimos en un contexto objetivamente complejo. Más estímulos, más prisa, más pantallas, más distracciones, más ruido… más yo, yo, más ya, ya… Con menos tolerancia a la frustración, menos atención y menos paciencia para casi todo.
En ese escenario se ha ido instalando una idea tan extendida como equivocada: que educar bien consiste en evitar cualquier malestar, en aminorar toda dificultad, en no contrariar demasiado. Como si los límites fueran algo negativo en sí mismos. Como si exigir esfuerzo o constancia fuese una forma de violencia innecesaria.
Y, sin embargo, ocurre justo lo contrario.
Pero a veces se plantea esa libertad como si fuera incompatible con los límites, cuando en realidad en ocasiones ocurre justo lo contrario: sin límites bien entendidos -que a veces nos libran de adicciones- no hay libertad auténtica, hay fragilidad.
Quien hoy llega a la universidad sin haber aprendido a esperar, a mantener el esfuerzo cuando no te apetece o a aceptar un “no” razonado, llega con desventaja. Puede tener talento, incluso mucho, pero le va a faltar algo decisivo: capacidad de autodominio, de perseverancia, de autoliderazgo.
Porque la libertad no consiste en hacer lo que a uno le viene en gana en cada momento, lo que a uno le apetece, sino en ser capaz de elegir hacer eso que de verdad quiere (estudiar, por ejemplo)… aunque no le apetezca. Esa es la diferencia entre vivir a merced de los impulsos o “esclavo” de las emociones o dirigir la propia vida con criterio.
En la mesa redonda recordaba una idea que está en la tradición clásica y que la experiencia nos confirma una y otra vez: los hábitos no surgen por generación espontánea. Por cierto: aprovecho para recomendar el libro de James Clear “Hábitos Atómicos”, con millones de ventas (no me da comisión, je, je).
Los actos que nos llevan a los hábitos se proponen, se repiten, se mantienen y, sí, también se exigen. Con inteligencia y con cariño, pero se exigen. Y a ser posible, desde pequeños. El carácter no aparece solo; se forja en el día a día, en lo cotidiano, en aquello que quizás nadie aplaude, o ni siquiera ve, pero que nos hace crecer como seres libres y responsables.
Por eso conviene decirlo con claridad a los jóvenes: la vida universitaria no es sólo un espacio de aprendizaje de conocimientos, es un momento privilegiado para consolidar hábitos positivos que van a marcar el resto de la vida. Llegar a la hora, cumplir con lo asumido, estudiar y esforzarte cuando no apetece, saber perder… y saber ganar, aceptar una corrección sin venirse abajo, no vivir permanentemente distraído… Todo eso, que puede parecer a algunos una menudencia, es en realidad lo que construye una personalidad sólida.
Una persona sin autocontrol no es más libre; es más vulnerable.
Se habla mucho de libertades, de libertad. Más de lo que se practica (también el sectarismo ideológico las cercena, cuidado). Pero a veces se plantea esa libertad como si fuera incompatible con los límites, cuando en realidad en ocasiones ocurre justo lo contrario: sin límites bien entendidos -que a veces nos libran de adicciones- no hay libertad auténtica, hay fragilidad. Una persona sin autocontrol no es más libre; es más vulnerable. Más dependiente de su estado de ánimo, de la presión del entorno, de la gratificación inmediata…
Debemos ayudar a crecer y a responder por los propios actos -esto deberían aprenderlo algunos cargos públicos-, y orientar la libertad hacia el bien común (ídem). Servicio, que viene de servir, no de servirse.
Vuelvo a la cuestión y concluyo: no se trata de elegir entre libertad o límites, sino de comprender que los límites bien puestos son condición necesaria de cara a posibilitar una libertad real, efectiva. Eso interpela directamente a quienes hoy están en la universidad: nadie va a construir vuestro carácter por vosotros, pero sí podéis -y debéis- hacerlo con lo que cada día decidís hacer o dejar de hacer.
Porque, al final, no se trata de vivir “cómodamente” soñando con un “mundo Instagram” (o frustrados porque no vives en ese mundo tramposo y tuneado). Se trata de vivir bien. ¡Que no os engañen!
Director de Relaciones Institucionales de CampusHome




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