A veces se siente que cambia el destino: cuando se hacen y deshacen maletas. Los muebles abandonados. El desmantelamiento. Todo deja un sabor de boca que es agridulce. Hay una cierta corazonada poderosa en el cambio, y a la vez una nostalgia anticipada. Los adioses, que no se sabe si serán para nunca jamás, y que son como duelos. Las horas que antes parecían sujetas mágicamente a ciertas estructuras horarias, ahora se aparecen como descolgadas.
Como en la vieja canción de Demis Roussos, «Goodbye my love goodbye. As long as you remember me, I’ll never be too far» que quizá encierra una verdad… es difícil tener a alguien lejos cuando se le lleva en el corazón.
Y el corazón se queda un poco en los lugares donde hemos estado. Las despedidas tienen una sensación de irreversibilidad: nos despiertan de la ilusión de eternidad. Como si anticiparan, vagamente, la despedida definitiva.
Aunque luego quizá se regrese, en la despedida se parte un poco el corazón. Quizá algo en nosotros sabe que esta podría ser la última vez… Y, sin embargo, mientras uno vive allí, rara vez comprende que está siendo feliz. La nostalgia suele iluminar después aquello que en su momento parecía simplemente cotidiano.
Al irse de un lugar no se deja sólo a las personas, sino también una manera de vivir: las rutinas, los horarios, incluso la forma de habitarse a uno mismo. Entonces se abre otra vida distinta, lejos de aquella, y como si la primera muriera un poco. Es como si una versión de nosotros mismos que vivía en aquellos espacios, con aquellas gentes y aquellas actividades que amábamos, dejara de existir. Ese ser nuestro ya no es, o no puede ser de la misma manera en el nuevo ámbito.
Y, después de todo, uno aprende a abrazar la vida que le toca vivir, sin quedarse demasiado en la tristeza, porque incluso en lo cotidiano hay hermosura y oportunidades nuevas si se saben ver.
¿Quién soy, lejos de la mirada de estas personas? ¿Quién soy cuando a las 8 de la mañana no estoy en la universidad/la oficina de la calle…, cuando no estoy en cierto tipo de proyecto? ¿Cuándo no desayuno en el café de la esquina donde el camarero se sabía mi nombre? Porque a veces encontramos nuestro ser desde dentro, pero a veces somos también desde estas costumbres exteriores.
Por eso ir y venir de los lugares es rehacerse muchas veces, con todo lo triste y hermoso que estas transformaciones puedan tener.
Hay objetos que parecen resistirse a entrar en las cajas. Una taza olvidada en la cocina, un libro con anotaciones en los márgenes, una chaqueta todavía colgada detrás de la puerta. Como si ciertas cosas no terminaran de aceptar que una vida se ha terminado allí.
Pero no todo es melancolía en estas idas y venidas. Como decía Cervantes: “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Y al ir, venir, y verse y ver a los demás en contextos diferentes, se puede abrir —ojalá— un conocimiento del corazón propio más hondo que en la parálisis de un escenario único. A veces uno no se conoce realmente hasta que tiene que empezar de nuevo en un lugar donde nadie sabe quién es.
A veces miramos hacia atrás, hacia esa orilla querida que se deja, y vivimos en ese recuerdo, sin entender que tenemos un mundo entero que se abre delante. Quizá en un mar que ahora es mar abierto, y que luego se concretará en universos hasta ahora desconocidos para nosotros.
Quien se sintió rico y privilegiado en la ciudad de sus padres donde todo se le pone por delante, quizá se sienta humilde y limitado en un lugar en el que ya «no es nadie». Y esto es bueno, pues enfrenta con la realidad de la vida y las pobrezas propias, materiales o espirituales, que pueden sobrevenir en cualquier momento.
Y, después de todo, uno aprende a abrazar la vida que le toca vivir, sin quedarse demasiado en la tristeza, porque incluso en lo cotidiano hay hermosura y oportunidades nuevas si se saben ver.
Entonces uno toma las maletas, se encuentra en esas enormes salas blancas o grises de los aeropuertos, en medio de rostros desconocidos, y va dejando aquello que se vivió allá, en el azul de los cristales, y empieza a dibujarse, poco a poco, en los contornos y volúmenes de aquel nuevo mundo que espera…




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