Si tuviera que resumir su mensaje en una sola palabra, esta sería «rehumanizar». Si Juan Pablo II hacía hincapié en la recristianización, León XIV nos llama a fomentar lo verdaderamente humano en un mundo deshumanizado.
León XIV acaba de poner fin a su visita en Madrid tras cuatro días de actos y una agenda intensa y emocionante. Una alegría profunda nos inunda por dentro y por fuera; un verdadero subidón en todos los sentidos. Hemos alzado la mirada, – como decía el himno de esta visita apostólica- y, sobre todo, hemos ensanchado el corazón. Hay Iglesia para rato y es un orgullo formar parte de ella. Una comunidad plural, unida e imperfecta, que nos anima a superarnos, a salir de nosotros mismos y a caminar juntos hacia el cielo, un cielo que estos días hemos podido tocar, de algún modo, en la tierra.
Todavía con la resaca emocional, hago una pausa para saborear lo vivido. Es momento de releer, acoger y meditar sus palabras; de interiorizar los frutos de esta visita. Algunos ya son visibles; otros, en cambio, durarán para siempre, más allá del recuerdo. La fe se respira en el aire y la Iglesia se muestra más viva que nunca.
Si tuviera que resumir su mensaje en una sola palabra, esta sería «rehumanizar». Si Juan Pablo II hacía hincapié en la recristianización, León XIV nos llama a fomentar lo verdaderamente humano en un mundo deshumanizado. Nos invita a buscar la verdad —esa que desmonta ideologías—, a mantener la ilusión, a reconocer los errores, a pedir perdón y a admirar la belleza del arte y la naturaleza. Nos anima a proteger y cuidar a los más vulnerables. Nos anima a fomentar justo aquello que ninguna tecnología puede alcanzar, precisamente lo que nos distingue de las máquinas. Tal y como expresa en su primera encíclica, nuestra “humanidad es magnífica”.
La fe se respira en el aire y la Iglesia se muestra más viva que nunca.
A través de la esperanza, nos invita a soñar y a no tener miedo a nuestra vocación, al matrimonio ni a formar una familia. Nos invita a transformar el mundo, y el camino que propone para lograrlo es el amor, como no podía ser de otra manera.
Todos los actos de estos días han sido una exhibición de arte, talento y fe en las calles, marcados por el deseo de los fieles de secundar y acompañar al Santo Padre. Memorable el discurso de Antonio Banderas en el encuentro con artistas, deportistas y del mundo laboral. Aquello, más que un discurso, fue una obra de de arte, una confesión de su “hechizo de Dios”.
Pero si hubiera que destacar un momento clave, sería sin duda su comparecencia en el Congreso de los Diputados, en sesión conjunta con el Senado. Con tanta dulzura como firmeza, León XIV fue mencionando todos los principios morales que deben primar en la búsqueda del bien común. Destacó el valor inviolable de toda vida humana, alertó contra la «cultura del descarte», la familia como escuela de vida, la libertad religiosa y la de educación. Subrayó la necesidad de discrepar sin humillar al otro, y de la crisis migratoria.
Lejos del rechazo, sus palabras provocaron un larguísimo y unánime aplauso final de todos los representantes políticos, que reconocían así la autoridad moral de un hombre sencillo, amable y culto, que habla como cabeza de la Iglesia católica, en nombre de Jesús, y que defiende sus principios sin titubeos.
Fue un discurso valiente que, junto con los demás mensajes pronunciados en los distintos actos, dejan patente que la Iglesia y el humanismo cristiano tienen mucho que aportar a nuestra sociedad. Y constatamos con alegría que este Pontífice es lo que realmente necesita el mundo de hoy, un hombre de Dios con los pies en la tierra.
!Larga vida al Papa!
Destacó el valor inviolable de toda vida humana, alertó contra la «cultura del descarte», la familia como escuela de vida, la libertad religiosa y la de educación. Subrayó la necesidad de discrepar sin humillar al otro, y de la crisis migratoria.
María Luengo




¿Qué te pareció este artículo? Deja tu opinión: