En aquel tiempo, la gente le llevó a Jesús unos niños para que los tocara, pero los discípulos trataban de impedirlo.
Al ver aquello, Jesús se disgustó y les dijo: «Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él».
Después tomó en brazos a los niños y los bendijo imponiéndoles las manos. (Mt 10, 13-16)
Con la resaca del viaje del Papa a nuestra tierra, meditamos releyendo sus discursos o volviendo a escucharlos, y llego a la conclusión de que sus palabras me parecen cada vez más certeras. Disfruto cada afirmación que lleva a una enseñanza. No se separó ni una coma del evangelio, sino que lo habló de forma clara y actual, y aunque algunos pretendan insinuar que se ha acercado a las ideologías que defienden, creo que estos ilusos no se han enterado de nada y, como hacen siempre, intentan manipular sus palabras hacia algo que ni de lejos ha insinuado siquiera.
No entro en la organización, ni en el tipo de eventos que se han organizado desde aquí, sino en su presencia, su mensaje y en lo que ha provocado: la movilización de miles de personas para unirse y dar testimonio de que España es católica, le pese a quien le pese. Que estamos sedientos de Dios, enamorados de Cristo y queremos seguir sus pasos de la mano de María, es una realidad. El Papa ha venido a remover corazones y darnos un empujón en algunas cosas que parecían un tanto dormidas. A sacarnos de nuestro aletargamiento. Habló del dolor, del sentido del sufrimiento, del valor de la dignidad humana siempre, de los pobres y bendigo a muchos niños, recordando con sus actos las palabras de Jesús: Dejad que los niños se acerquen a mí. Noas recordó el valor de la infancia y de que haya niños, de que son el futuro y la esperanza. Cualquier sociedad que busque un futuro necesita niños, incluso los pobres en Afríca que, aunque sea egoísta, lejos de ser una carga, son su futuro.
Pero el evangelio dice más cosas sobre los niños, que hay que protegerles y no destruir su inocencia, y que solo entrarán en el cielo aquellos que se hagan como niños, aquellos cuya fe y confianza en Dios sea como la de un niño.
Ay de aquel que escandalice: Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar. Lc 17, 1-6
Que el mundo parece estar cada vez más loco es una expresión común, hoy y siempre. Hay que dice que el demonio no existe, pero las noticias que nos llegan muchos días nos dicen que el mal parece campar a sus anchas. Noticias como la del caso Epstein o las de hace unos días en España sobre un bebe de 6 semanas, maltratado y abusado presuntamente por sus padres, cuya situación física asusta a los propios médicos, o la de una niña agredida sexualmente por alumnos de 6º de primaria ( niños de 11 o 12 años) indican que quizás estamos llegando a un punto de distorsión del bien y del mal, de la realidad tan grande, que hace urgente la necesidad de volver a educar en todos los ámbitos y a todos los niveles, a niños, padres, profesores, y especialmente, seguir evangelizando sin complejos, como ha hecho el Papa, para educar en el bien. Y el bien, como la verdad y la belleza, ahora que tanto se ha hablado estos días sobre el acto de bendición de la Cruz de Jesús en la Sagrada familia, solo es uno. Es el relativismo el que está llevando a la deriva a esta sociedad.
El Señor quería que dejaran a los niños acercarse a él, pero también avisaba del peso que caería sobre el que escandalizase a uno de estos pequeños, además de invitar a hacernos como niños, porque solo de ellos es el reino de los cielos.
En los momentos que vivimos hubo un poco de todo esto, incluso aquello de hacerse como niños. Vimos a Antonio Banderas contar, con la emoción de un niño que ha descubierto un tesoro, su vuelta a la infancia en la cercanía de Jesús. Ofreció el testimonio de hacerse como un niño al recordar la mirada de su madre a la cruz reconociéndose hechizado por Jesús, como solo Él llama a los que le buscan, a los que se hacen como niños para descubrirle y confiar.
Pero hablando de niños, para que haya, hay que dejarlos nacer, por ello la semana pasada León XIV nos habló sobre la dignidad del ser humano desde su concepción, sin complejos y sin dejarse amilanar por aplausos engañosos, ante quienes prepararon aplausos falsos pensando quizás que el mensaje iba a ser más suave.
Pero tanto sus palabras como la bendición de bebés que salían a su encuentro gracias a sus padres, han sido uno de los grandes mensajes para esta España en declive demográfico, desértica de niños y llena de perros. Parecería que todos los bebés de España se habían acercado a ver al Papa, o quizás fueran los padres con más esperanza, la que da la fe, los que se lanzan a la aventura de formar una familia, como animó el Papa en la vigilia a los jóvenes.
La baja natalidad puede ser un indicador de muchas cosas, de que la economía no va bien para las parejas jóvenes, que cuesta todo mucho, que no se casa la gente y por tant no hay compromiso, de que no hay esperanza en el futuro y por ello para qué tener hijos, pero también hay un trasfondo de egoísmo porque la sociedad, frente a estas pegas, te está invitando a experimentar y vivir, y claro, tener un hijo es empezar a vivir para otro. Problemas ha habido siempre, en la guerra civil seguían naciendo niños y estábamos en guerra, en la segunda guerra mundial nacían niños, y estaban en guerra.
Estos días hemos visto como le acercaban al Papa los niños para que los bendijera, y él, destinaba el tiempo a ellos y les hacía la cruz. Bendijo a todos los que se le acercaron.
Parece que estos días todos los bebés de España estaban entorno al Papa, al igual que la marcha por la vida de hace menos de un mes también estaba llena de niños. A Jesús, si a Jesucristo, del que se ha hablado estos días le gustaban los niños, decía “dejad que los niños se acerquen a mí”, y León XIV nos ha sorprendido con la misma inclinación.
Llenemos nuestras casas de niños para que haya esperanza y nos parezcamos un poquito más a Jesús.




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