“¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización.”
En la visita del Papa a Madrid hemos vivido muchos momentos especiales, pero uno ha supuesto un momento que muchos españoles esperamos, con esperanza, suponga un punto de inflexión en la historia de nuestra democracia ya que, además de ser la primera vez que un pontífice hablaba en el Congreso de los Diputados, ante un hemiciclo completo, supuesto un momento de unidad en la escucha y aplauso sonoro, largo y al unísono, a un mensaje en el que destacó la dignidad de la persona y que fue un claro recordatorio del sentido y misión de las personas que ostentan los cargos públicos y que estaban allí. Con la tranquilidad y firme que le caracteriza, me recordó al «vete y no peques más» de Jesús a la prostituta. He venido a veros, os recuerdo lo que tenéis que hacer, así que «arreglad este desaguisado y no lo volváis a estropear».
Recordándoles en el sitio que estaban, les invitó a alzar la mirada. En primer lugar, a la luz de la trascendencia, pero también al sentido de su misión, a meditar sobre la realidad de la libertad recordándoles el verdadero significado de esta palabra, habló también el verdadero sentido de la justicia y de una sociedad asentada y formada por los valores cristianos, el valor de la palabra y la responsabilidad política de su custodia, del respeto a la persona y a las ideas o fe de los demás, de la realidad de la objeción de conciencia o de tenerla, e incluso de una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación.
Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso.
Casi como Jesús, con dad al César lo que es del César, empezó a hablar, no como el jefe de Estado de ese diminuto país que es el Vaticano, sino “reconociendo la autonomía de las realidades terrenas y la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política; y, precisamente desde esa conciencia, aportar una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia”.
Pero también les recordó de dónde viene la luz que ilumina las “conciencias educadas” (algo de lo que hay muy poco y sin educar) y lo que debería ser el servicio de los poderes públicos de una democracia occidental.
Todos los católicos esperábamos este momento porque cada vez son más las leyes que contradicen nuestros valores morales, es decir, cada vez son más las leyes que no respetan la dignidad intrínseca del ser humano, no cuidan el bien común, ni protegen al indefenso, y que además pretenden instituir el asesinato de los no nacidos en un derecho, junto a otras tantas injusticias a las que se les da un barniz legal, incluida la garantía libertad, o el simple pero fundamental hecho de poder actuar conforme a nuestra conciencia. Y a todo esto le dio respuesta León XIV aunque no se lo habían preguntado.
Es cierto que muchos queríamos que hubiera regañado directamente a muchos, pero León es elegante y listo, y eligió una «clase magistral», tan en desuso como eficaz, para aleccionar a sus señorías. Creo que algunos estarán todavía pensando que quiso decir.
Una vez terminado el discurso, y sin haber finalizado la gran ovación, el Papa salió andando y, rompiendo el protocolo, comenzó a saludar a las personas que se seguían agolpando para poder verle, esperando su salida con todo el soletón del día. Les saludó, pero no fue un saludo en la distancia, sino que les tendió la mano, recordando así a los que acababa de dejar, que los ciudadanos son verdaderos protagonistas de la sociedad, y son los importantes en esto que se llama gobierno, que es a quien hay que cuidar, y a la familia que forma la sociedad, porque sin ella lo demás no existe.
“Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente.”
A pesar de haber hablado claro, puesto que declaró de forma rotunda que la dignidad de la persona debe protegerse siempre y sin excepción, desde la concepción hasta “su ocaso natural”, sus palabras fueron escuchadas y aplaudidas durante minutos por todos los asistentes (menos bichos raros que preferimos ignorar) y aunque no confiamos en ello y pensáramos que estaban aplaudiendo justo a lo contrario de lo que hacen, algo quedará.
El Papa vino en misión apostólica, y eso hizo, evangelizar, ya que cuando se dirige a la vida pública, con la elegancia y humildad que le caracteriza, lo hace respetando la misión de las instituciones, pero lo hace de forma firme y contundentemente, con la verdad del evangelio en la mano. Con la autoridad que da la verdad. Porque la verdad no se impone, ni se grita, la verdad se descubre.
La historia de España, una asignatura pendiente para muchos
En un momento en que se reniega de nuestras raíces, nos recordó nuestra historia, y con ello el pensamiento que nos hizo grandes y referencia para el mundo. Para conocer a alguien hay que conocer su historia, y León XIV conoce muy bien la historia y el presente de España. Además de citar a personajes del pensamiento ilustre que han participado en nuestra historia ayudando a conformar el pensamiento español y de Europa, y américa, nos recordó que, “España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa”…“Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder”.
“Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”.
Ante los nuevos retos que hacía unos días recordaba en su primera encíclica, la necesidad de una conciencia sobre las consecuencias de un mal uso de las tecnologías, el Papa recordó, “de forma serena y firme” a los asistentes su responsabilidad por el cargo que tienen frente a la cultura del descarte actual. Habló también del concepto real de justicia tan vapuleado y olvidado en nuestra vida política.
La dignidad humana, siempre
Sus palabras fueron para los políticos, pero yo sentí que también eran para nosotros, los ciudadanos que votamos. Hay tanta gente que vota siglas o ideas envenenadas fruto de enfrentamientos de antaño, cuyos idearios son recuerdos nostálgicos, cuya consecuencia es el mal uso del poder. Que los ciudadanos, al escuchar lo que realmente es la democracia, la libertad, la justicia, el deber, la dignidad, debemos pedir esto a los partidos políticos. Movilizarnos para intentar cambiar el futuro de nuestra sociedad porque tenemos también responsabilidad con las próximas generaciones, y como ha dicho el Papa, las propuestas válidas solo pasan por una necesidad urgente: la de volver a afianzar y proteger la dignidad humana.
“Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. BENEDICTO XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf. ibíd.). Reconoce “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18-19)”.
Los que creíamos que la democracia era solo una deuda que teníamos con Grecia, pero descubrimos algo muy interesante, la Escuela de Salamanca, al explicar que fue aquí, en España y gracias a la reflexión de esta Escuela – y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas – la mayor contribución para la formación de una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que l a autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. “Ese anhelo sigue hablando también hoy, dijo, que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional”. Reconociendo que esta es una de las grandes herencias de España al mundo, el haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Algo que muchos anhelamos con esperanza, recuperar algún día.
Ante las transformaciones de nuestro tiempo, continuó, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común.
Pero no es un discernimiento cualquiera al que apelaba, es un discernimiento formado en la recta conciencia que para León XIV comienza con una afirmación: “toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. BENEDICTO XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre”.
Ya hablaba la madre Teresa de Calcuta del drama del aborto como el origen de la destrucción de las sociedades, pero el Papa se lo recordó a los diputados, y este mensaje era para todos. “Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia”.
Recordó a los asistentes el verdadero significado del bien común, garantizado siempre que se garantice la protección de la dignidad de la persona, y de dirigirse al él, en lugar de someterse a intereses individuales. Recordó el valor de la familia y el derecho de los padres a elegir libremente la educación de sus hijos. Que la unidad no significa uniformidad, en resumen, recordó todo lo que hace a un país moralmente grande y que muchos ni siquiera conocen.
Supongo que la próxima vez que venga ya les tirará de las orejas…
Pilar Castañón




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