Recordamos aquellos versos de Rubén Darío “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más aún la piedra dura, porque esa ya no siente…” Tomando el misterio de la vida, el terror sobre la muerte y las preguntas abiertas que surgen de estas como los mayores sufrimientos, el poeta cree más dichosas a la planta y a la piedra, que no padecen. Hoy, en cierta medida, el ideal, al modo de la filosofía budista, se ha convertido en el no sufrir. Es el zen, la nada. El equilibrio de lago en calma, sin dar en extremos de dicha o pesar.
A esto contribuye una visión controlada, o “superación”, de todo lo que concierne los mayores motivos de sufrimiento: la vida, la muerte, el amor. Como cantaba también Miguel Hernández, “Llegó con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida”. De lo que, por lógica, derivamos que, dominados los tres factores, entonces no habrá más dolores. Veámoslos uno por uno.
Nada más alto podría alcanzarse en este ideal de predicción, en que la vida, la muerte y el amor, son variables a controlar en el juego bursátil de la existencia: invirtiendo y desinvirtiendo a nuestra conveniencia…
Concerniente al amor, lo que se lleva hoy es no poner el corazón en nada, verdaderamente -o ponerlo sólo a medias, por lo que pudiera pasar-, por miedo, por apatía o por no tenerse a uno. Esto ya nos soluciona dificilísimos quebraderos de cabeza y no menos sufrimientos. En algunos casos, lo que encontramos como sucedáneo del compromiso es el amor contractual, donde se da y se espera recibir en equidad matemática, que no es sino otra forma de no dar nada.
Respecto a la muerte, en aquello que quieren llamar “muerte digna”, la moderna disposición sobre el propio desenlace quita, al menos, la sensación de descontrol (y desconcierto) que dan los últimos suspiros. No llega quizá a calmar del todo el sufrimiento que provoca, pero, al menos, no se siente tanto como un acecho insondable o un misterio.
Y, por último, la decisión absoluta sobre lo que vive y lo que muere, en una sexualidad desligada de la vida y una vida incipiente que pretendemos manejar a nuestra conveniencia resuelve el tercer motivo. Se nos quita ya de la angustia y la responsabilidad que entraña el misterio de la vida. Por fin, nos hacemos dueños también de esta parcela.
Nada más alto podría alcanzarse en este ideal de predicción, en que la vida, la muerte y el amor, son variables a controlar en el juego bursátil de la existencia: invirtiendo y desinvirtiendo a nuestra conveniencia, para optimizar el beneficio y minimizar el daño. Se diría que hemos alcanzado la utopía largo tiempo soñada de amaestrar y prácticamente suprimir el dolor.
Pero esta Semana Santa la imagen que nos interpela es otra. Coronamos a Jesús doliente en la cruz. Las marchas que lo acompañan unen dolor y belleza en un sufrimiento que no es sordo y vacío, sino que está lleno de color y profundidad serena. La Virgen, siguiéndolo detrás, tiene el rostro dulce bañado en lágrimas. Coronada y vestida de oro, flores lloviéndole a raudales desde los balcones.

Esta exaltación del dolor es de un cariz muy distinto a lo que nos quiere mostrar la modernidad: no huye de las tres heridas, sino que las toma con los brazos abiertos, dotándolas de significado. No nos habla de la anulación del sufrimiento a toda costa, de la postración de la planta, ni de la onda que se disuelve en la quietud del lago. Es más bien la imagen de un corazón abierto, sacando de sí todo por lo que merece la pena vivir. Sin resolver la incógnita, sin esquivar las heridas, pero luciendo el brillo verdadero de la Vida, en mayúsculas, y que se abre sereno hacia el infinito.




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