La literatura y las palabras tienen, además, la virtud de que permiten transformar incluso -o sobre todo- las experiencias incomprensibles, o incluso los dolores de vida (Weltschmerz) que muchos llevamos en el corazón, en belleza.
«Para ser feliz hay que esperar lo inesperado» decía Julián Marías. El arte permite justamente esto, pues hace que todo sea posible. Y cuanto más hondas son las técnicas, más ricas las palabras, más libertad se alcanza y mayores son los ámbitos a los que se puede extender esta esperanza en lo inesperado.
La creación tiene así algo de providencial: se confía en los caminos del arte mismo, sin entender siempre de dónde o hacia dónde él conduce, y que -inesperadamente- puede llevar a ámbitos que antes parecían increíbles.
Las palabras enriquecen, de alguna manera, la realidad que se expresa. Por eso, en vez de un simple «te amo» o «te deseo», ellas nos dejan decir que «había una luna grande en medio del mundo. Se me perdían los ojos mirándote. Los rayos de la luna filtrándose sobre tu cara. No me cansaba de ver esa aparición que eras tú. Suave, restregada de luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche«.
Con estas palabras, probablemente, Juan Rulfo nos acerca mucho más a la realidad del amor de Pedro Páramo por Susana, en su colorido y volúmenes, que las expresiones elementales. Nos deja sentir el cuerpo de Susana, su belleza mistificada, y el amor hondo de Pedro Páramo… que de otra forma jamás podríamos haber comprendido.
El arte es, de esta manera, una forma de riqueza. Pues cuando se reduce la realidad a sus asociaciones planas, se produce una suerte de pobreza espiritual. No se puede amar, probablemente, con la profundidad que se amaba a Susana, o saberlo, si las palabras faltan.
El mundo de riqueza de las formas, las sutilezas y los contornos, con los que se destila todo un mundo interior, permite que la sensibilidad no sea vivida como intensidad angustiante y aislante de la sociedad, sino como un vehículo de comunicación que acerca a los otros. Continuando con el ejemplo, quizá, sucede que quien es capaz de amar a Susana con esta intensidad de matices, si no tiene aquellas palabras, puede sentirse asfixiado e incompleto. O temer al amor por Susana como a la muerte, por no poder comprender con palabras su hondura. Pero, al permitirse enmarcarla con la suavidad de la luna, con la belleza de la noche y las estrellas, le dan a la realidad del amor su tono exacto.
El arte es, de esta manera, una forma de riqueza. Pues cuando se reduce la realidad a sus asociaciones planas, se produce una suerte de pobreza espiritual.
En este sentido, son muchos los artistas que, gracias a sus obras, de repente dejan de sentirse como seres extraños a la sociedad, y reconocen su mundo interior como una riqueza y no como un abismo que los aísla. Quizá, por primera vez, se sienten conectados a la mayoría de las personas, en lugar de separados trágicamente de casi todos ellos por su sensibilidad exacerbada.
La literatura y las palabras tienen, además, la virtud de que permiten transformar incluso -o sobre todo- las experiencias incomprensibles, o incluso los dolores de vida (Weltschmerz) que muchos llevamos en el corazón, en belleza. Al ejemplo de las perlas de las ostras. Entonces hay un consuelo, pues cualquier aspecto vital se puede materializar en algo útil y hermoso, y que además le vincula a otras personas. Hay en ello un consuelo: lo vivido puede convertirse en algo valioso y compartible, más cercano a un don que a una carga.
Las palabras, son las que también Cortázar llamaba las «perras negras». «Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. (…)Las perras negras se vengan cómo pueden, me mordisquean desde abajo de la mesa. […] ¿Por qué, por qué, pourquoi, why, warum, perchè este horror a las perras negras? »
En el lenguaje inquieto de Rayuela, las palabras no solo revelan: también incomodan, se escapan, incluso traicionan. A veces dicen más de lo que uno quisiera admitir —como ese “te quiero” que aparece casi a pesar de quien lo dice—, pero al mismo tiempo generan desconfianza, como si no bastaran o como si llevaran en sí algo de peligro.
Entendemos entonces que las palabras no solo nos ayudan a ahondar en la realidad, sino que también la vuelven más colorida y abierta. En esa tensión, quizá, se juega tanto la posibilidad de comprender como la de imaginar y dar forma a lo inesperado.




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