La rata había convocado en reunión extraordinaria a todos los animales del bosque. Se juntaron el topo, el urogallo y el tejón. Acudieron también las ardillas y los conejos, que se rascaban las orejas sin decoro y lanzaban miradas nerviosas a derecha e izquierda. Después llegó el jabalí, seguido por el corzo y el ciervo. Por último, apareció el lirón entre bostezos y quitándose las legañas.
El zorro se mantuvo algo apartado de los demás, como corresponde a las alimañas. Desde la distancia contemplaba con gesto arrogante al resto de los animales mientras agitaba petulante su cola roja acabada en un mechón blanco. A una distancia parecida, en la rama de una encina, el gavilán y la lechuza fijaban sus ojos penetrantes en los nerviosos ademanes de la rata, que se había encaramado a lo alto de una roca sobre la que caía directamente la luz de la luna, para dirigirse al variopinto conciliábulo.
Faltaban el águila real –que se consideraba demasiado importante para involucrarse en los conflictos domésticos del bosque– y la víbora, a la que habían expulsado de aquellas reuniones por sacar la lengua a todos los presentes.
–Hermanos del bosque –comenzó la rata– os he reunido por una cuestión de suma importancia.
El tejón levantó una ceja con desconfianza.
–Como sabéis, la vida en el bosque no sería posible sin la colaboración de unos y otros. Cada uno de nosotros ponemos nuestro grano de arena a favor de esta gran comunidad, y en consecuencia esperamos recibir lo que nos corresponde, porque vivimos en una relación de mutuos beneficios.
Aquellas palabras causaron un murmullo entre los animales, que se intercambiaron miradas perplejas.
–Rata –exclamó el zorro–, estos zoquetes no entienden lo que dices. Sus cabezas están huecas para aquello que no pueden oler y tocar.
El jabalí se removió inquieto:
–¿Qué son mutuos beneficios? –inquirió.
–Buena pregunta –respondió la rata–. Mirad; cuando en otoño las hojas cubren el suelo y se acumulan hasta formar una capa gruesa, las semillas no pueden recibir el aire ni la luz del sol, lo que les impide germinar. Si las semillas no crecieran, no tendríamos alimentos, y pronto moriríamos de hambre. ¡Sería una catástrofe! Por eso cuando tú, jabalí, escarbas la tierra en busca de hierbas y bellotas, levantas la hojarasca y permites que entre la luz para que crezcan nuevas plantas. ¿Entiendes ahora que eres importante para todos nosotros? ¿Entiendes por qué mereces alimentarte del bosque?
–Nunca lo había pensado así –dijo el jabalí–. Pero supongo que tienes razón.
–¡Claro que tengo razón! –la rata elevó la voz–. Pero, ¿qué ocurriría si cualquiera de nosotros se comiera las semillas del bosque, se refugiara bajo las hojas de los árboles, escarbara la tierra en busca de insectos… –enumeró el roedor–, pero a cambio no proporcionase nada al resto? ¿Su comportamiento no sería injusto? –dejó la pregunta suspensa en el aire– ¿Y si os dijera que en este bosque ocurre semejante atropello?
El lirón frunció el ceño y el zorro puso las orejas en alerta antes de que la rata prosiguiera:
–Me estoy refiriendo a un animal que vive a expensas de nuestro trabajo y se beneficia de la protección de nuestro bosque. Indiferente a los demás, pasa el día como un Don Juan cantando de rama en rama.
–¿A quién te refieres? –le interrogó una ardilla, asustada de que fuera el aludido.
–Me refiero, por supuesto, al ruiseñor.
Aquel ave era el más tímido de todos los animales de la arboleda. Aunque vivía escondido tras las hojas de los chopos, cuando se ponía a cantar todos los animales se quedaban embelesados: los conejos dejaban de escarbar, las palomas interrumpían sus arrullos, el zorro se olvidaba de su presa, el oso asomaba el hocico en su cueva y abría un ojo somnoliento. Pero el ruiseñor cantaba según le vinieran los trinos: cuando sentía que había alegría en el bosque, entonaba melodías vivas y joviales; si le vencía la tristeza, su voz era suave y melancólica. Cada animal que escuchaba su canto, se convencía de que el estado de ánimo que expresaban aquellas notas era el que estaba obligado a sentir. Es cierto que los animales no entienden el porqué de lo que sienten; por eso, al oír el discurso de la rata, lógico y racional, concluyeron que las cosas no podían ser de otra manera: el ruiseñor era un aprovechado y eso no podía tolerarse.
–Os propongo –prosiguió la rata– que solo pueda hacer uso del bosque cuando cante aquello que nosotros le pidamos.
Los animales se mostraron conformes, y desde aquella noche la rata se encargó de recopilar entre las bestias una lista de canciones que cada mañana le entregaba al ruiseñor.
–Míralo por el lado bueno –le soltó la rata al pájaro–: ahora te tendrán en cuenta, y los días que cantes más tendrás derecho a recoger más lombrices.

El ruiseñor limitó sus cantos a las horas en que recibía peticiones: su voz era un bien demasiado preciado como para gastarla de buenas a primeras. De ese modo dejó de trinar cuando al amanecer se abrían los capullos o cuando el sol de poniente bañaba de naranja y rosa el cielo.
Los animales encontraban cada vez más insulsos aquellos trinos. Lo achacaron a un defecto en sus peticiones, así que se devanaban los sesos en vano, tratando de acertar en la siguiente ocasión.
–Le falta motivación –opinó el búho–. ¿Quién va a querer cantar a cambio de unas sucios gusanos? Hay que conseguirle algo que le motive.
–Yo le puedo ofrecer avellanas maduras –propuso la ardilla.
–Yo, protección –habló el zorro.
–Me ofrezco a llevarle sobre mi grupa, donde estará cómodo y seguro –se sumó el jabalí.
Cada día le atosigaban con más ofertas. Así, el ruiseñor se pasaba las horas contando los minutos que faltaban para cumplir la “cuota” de cantos que, según los cálculos de la rata, debía realizar para tener derecho a disfrutar de los beneficios del bosque.
Una mañana el águila real, que había permanecido ajena a esos tejemanejes, bajó a descansar a la copa de un fresno. Puso el oído allí y allá, y enseguida echó en falta el canto del ruiseñor. Haciendo uso de su vista prodigiosa, lo encontró en la rama de un pino.
–Ruiseñor, ¿me cantas una de tus hermosas melodías? –le pidió al posarse a su lado.
Al pajarito se le erizaron las plumas de la emoción. ¿Qué obsequios no iba a ofrecerle el águila real a cambio de sus gorjeos, si tenía poder sobre todas las criaturas?
–¿Cómo me pagarás ese canto? –quiso saber, después de imaginarse sobrevolando las lejanas montañas sobre las plumas de la rapaz.
–¿Pagarte? –se extrañó.
–Lo dice la rata: si no me das nada a cambio, ¿por qué habría yo de cantar?
–¿Por qué habrías de cantar? –repitió el águila, meditando aquel extraño mensaje–. Tú amas cantar, al igual que yo amo volar. Por eso, te pido simplemente que cantes porque me gusta oírte.
Cantar por gusto… El ruiseñor parecía haber olvidado esa razón, pues en realidad él amaba con toda el alma cantar. Así, de pronto vio los rayos del sol reflejados en las gotas del rocío, y los capullos de los narcisos a medio abrir, y las alas vigorosas del águila, que fijaba en él su mirada. En un instante se olvidó de las lombrices, los acuerdos y las razonadas cuestiones del sucio roedor.
Aquella mañana, el ruiseñor recuperó el sentido de su voz, y el águila real, a la que tanto hablar le había abierto el apetito, se desayunó la correosa carne de la rata.

Javier Taylor
Ganador de la IX edición de Excelencia Literaria




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