Las promesas pertenecen al campo semántico de la esperanza. Una declaración sincera —o que se cree tal— alienta el corazón y lo orienta hacia algo que brilla como una estrella en un cielo que, por lo demás, podría permanecer incierto u oscuro. La esperanza nacida de una promesa se asemeja a un faro: hechiza con la posibilidad de lo aún no poseído y deseado. Así, lo deseado no se percibe como imposible, sino como meta hacia la que avanzar o a la que esperar con alegría. La esperanza ensancha así nuestros horizontes y nuestra inteligencia. A la vez, alberga también una pobreza, ya que esperar no es poseer.
Por esto, los votos —sobre todo aquellos que tocan los deseos más hondos— son un arma poderosa. Hacen casi tangible la experiencia de una dicha profunda, vital, que pueda ser la aspiración de un camino, de una compañía, de una vocación cumplida.
Como cantaba Juan Ramón Jiménez cuando soñaba a su mujer a través del mar: “Qué dulce, verdad sin realidad aún. Qué dulce.” La espera de lo que se ama y aún no se tiene, pero se confía en alcanzar, es una especie de reverberación anticipada que multiplica el gozo por lo que se va a amar.
Pero esa misma fuerza convierte a las promesas en un terreno peligroso. Un compromiso lanzado sin la firme intención de efectuarse no es inocuo: produce ilusión, incluso encanto, para luego transformarse en fuente cruel de desengaño. Como los niños que creen sin reservas en cada palabra amable, muchos corazones sencillos esperan que se cumpla lo que se les ha anunciado. Por eso, ver quebrada una promesa que respondía a un anhelo profundo es un golpe demoledor: apaga las luces del candor, ensombrece la mirada.
El ámbito de lo prometido no es banal. En él se sustenta la fe: confiar en que lo prometido se cumplirá es lo que mantiene viva la esperanza. Y, cuando lo pactado se rompe de manera sistemática, el resultado es el abatimiento. Mejor sería no prometer nada que sembrar espejismos en la noche, como faros engañosos que pestañean hacia los acantilados.
Y es que incluso las promesas más pequeñas tocan el derecho legítimo de los demás a soñar y anhelar. Respetar ese derecho es reconocerlo como algo precioso. Romper un voto, en cambio, ridiculiza lo que puede ser más íntimo y hermoso. Despierta, finalmente, al cinismo y hiere la capacidad de confiar. No es casual que la palabra cínico, del griego kynikós (perruno), acabara designando a quien, tras la decepción, desconfía de todo y se burla de los ideales ajenos.
Mantener un compromiso es, en última instancia, respetar el alma del otro. Porque allí donde la promesa se cumple, florece la esperanza; y donde se traiciona, queda solo la amarga rueda del desencanto.
Hoy vemos variantes modernas de este engaño en fenómenos como el ghosting y el gaslighting. El ghosting es la desaparición súbita y sin explicación de la vida de alguien, cortando toda comunicación sin dar razones, y dejando incumplida la promesa latente de una intimidad continuada. El gaslighting, en cambio, es una forma más sutil de manipulación: quien lo ejerce distorsiona la realidad hasta hacer dudar al otro de su propia memoria o juicio. No busca solo dominar, sino sembrar confusión en lo más íntimo: la confianza en uno mismo y la percepción propia.
O las promesas de felicidad que se venden tan frecuentemente como mercancía: sensualidad, prestigio, consumo, falsos amores. La sensualidad, presentada como fuente de placer absoluto, promete satisfacción inmediata, pero su intensidad es pasajera y deja un vacío más profundo al descubrir la ausencia de verdadera ternura. El prestigio, el reconocimiento social o la admiración externa se ofrecen como un camino hacia la realización personal, pero dependen siempre de la mirada ajena; una vez desvanecido el aplauso, el individuo descubre que su autoestima no se ha fortalecido, sino que ha quedado frágil y condicionada.
El consumo, la acumulación de bienes o experiencias, prometen llenar carencias interiores y generar bienestar, pero su efecto es siempre temporal: lo que seduce en un instante, se diluye en el siguiente, dejando un hueco que exige siempre más. Los falsos amores, que aparentan compromiso o entrega, encienden la ilusión de pertenencia, pero pronto muestran su impostura, dejando al corazón herido y desconfiado. Todas estas proposiciones iluminan y elevan solo de manera aparente y pasajera, y cuanto más se acercan a los deseos más profundos del corazón, más dolorosa resulta la caída.

Por eso debemos sentirnos llamados, hoy también, a recuperar las palabras que hablan de dulzuras cuando sueñan con lo amado. Hagamos y creamos en las promesas, y devolvámosles el lugar esperanzado y sagrado que siempre quisieron ocupar en nuestro corazón. Y, ahora que se acerca el Adviento, alegrémonos con las palabras sencillas de nuestro villancico: «de Nazaret a Belén hay una senda; por ella van los que creen, en las promesas».



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