En una infancia sobreprotegida y acelerada, mostrar agradecimiento se convierte en un aprendizaje esencial. Reconocer lo bueno equilibra lo que falta y lo que sí tenemos, y da a los niños una sensación de vínculo con quienes los cuidan.
Apreciar de forma consciente lo que hacen por ti va más allá de la cortesía y, en casa o en la escuela, cada gesto cuenta: agradecer un favor o celebrar lo cotidiano. Cuando los niños aprenden que lo que reciben es un regalo que alguien ha hecho posible, pueden sentirse más seguros y empáticos. Y pueden descubrir la importancia de ayudar y que sus gestos tienen impacto y son parte activa de su pequeño mundo.
El trabajo de fin de máster en psicología “Programa de intervención intensivo en bienestar personal: ‘Cultiva el hábito de agradecer, ser agradecido tiene recompensa‘”, de María Eugenia González Castellano en la Universidad de La Laguna (2024), evaluó un entrenamiento breve en agradecimiento con adolescentes de Jaén. El alumnado que participó mostró más bienestar emocional y menos estrés y ansiedad que el grupo control.
¿Por qué valorar los gestos importa?
Enseñar gratitud no se queda solo en una norma social. Silvia Álava, doctora en psicología, psicóloga sanitaria y educativa, autora de ‘Inteligencia emocional en familia’ junto a Ruth Castillo (Editorial Síntesis, 2023), explica que, las personas que reconocen lo que hacen por ellas: “muestran más emociones agradables, suelen estar más motivadas, incrementan la energía”.
“Ser agradecido está estudiado como uno de los mejores predictores de la felicidad. Ayuda muchísimo a incrementar el bienestar emocional”, afirma. Además, detalla que hablar de gratitud implica tener en cuenta las cosas que los demás hacen por nosotros, apreciar lo que tenemos y vivir de forma plena y disfrutando del presente, algo que lleva a percibirse más capaz y confiado.

La profesional refiere que el mostrar agradecimiento tiene que representar: “equilibrar la atención entre lo que va mal (siendo conscientes de ello y no negándolo) pero también lo que va bien, aunque sea pequeño”, indica.
Averiguar cuándo un niño está aprendiendo a ser agradecido pasa por observar tanto sus palabras como sus gestos cotidianos, como subraya, desde una sonrisa y el entender que alguien no está obligado a dar o hacer.
Señala que los menores aprenden por modelado (imitan a sus adultos de referencia, principalmente al padre y la madre). “Si nosotros no expresamos gratitud y no nos ven practicar el aprecio por lo recibido, va a ser muy complicado que ellos lo sean”, refuerza.
Asimismo, Álava recuerda que, las personas agradecidas suelen generar relaciones más sanas. “La gratitud es el pegamento de las redes sociales (las offline) y es muy importante que los niños tengan un buen entorno relacional desde que son pequeños”, destaca.
Más que decir “gracias”
Si uno se queda solo en la fórmula, como cuando a los niños se les dice que den las gracias cuando alguien les da algo, “se enseña la conducta externa sin entrenar la emoción”, revela Mar Romera, pedagoga y psicopedagoga, especialista en inteligencia emocional e innovación educativa y autora del modelo pedagógico ‘Educar con tres Ces: capacidades, competencias y corazón’ (Integratek, Itbooks, 2020).
“El agradecimiento auténtico se estimula desde la reflexión fuera del momento en el que ocurre la conducta. Se agradece desde la admiración, la generosidad o la compasión… y eso casi no se enseña”, remarca.

Opina que los niños se encuentran excesivamente estimulados, lo que guarda relación con una sobreestimulación que se aleja mucho de su madurez neurológica, y genera esa demanda constante hacia lo que hay a su alrededor. “Se trata de una cuestión de aprendizaje y de consecuencia de la sociedad del bienestar. Nos sobran recursos, nos sobra de casi todo y nos falta tiempo”, apunta.
La gratitud también se aprende en los contextos donde los pequeños crecen y se relacionan. La pedagoga defiende que debe existir una relación de reconocimiento en el triángulo familiar: “la familia debe agradecer a la escuela que amen y cuiden a sus pequeños, pero la escuela debe hacer lo mismo con la familia que pone en sus manos su tesoro más preciado”.
Considera que en la actualidad la escuela debería estar para compensar lo que no se da de manera natural. “La escuela debería ser comunidad, constituirse como red. Y cuando se constituye como red, se da el aprendizaje, pero también el cuidado. Es fundamental el cuidado de las personas desde su ser integral y la inclusión de las personas”, sostiene.
Por lo tanto, resalta que, en ese contexto de desarrollo integral, de respeto y compasión, sí que es posible entrenar la situación del agradecimiento y de la calma, siempre desde la admiración.
Valorar lo cotidiano
Para vivir la práctica del reconocimiento de los gestos ajenos con los hijos en el hogar, Alba Castellví, socióloga, educadora, mediadora de conflictos y autora de ‘Hábitos para que sean felices’, donde dedica un capítulo a cómo conseguir que los niños sean agradecidos con consejos prácticos, (Editorial Cuadrilátero de libros), manifiesta que hay que hacerlo con constancia y conciencia de la suerte que suponen las pequeñas cosas.
“Hay que recordar a menudo que somos privilegiados por contar con un techo que nos aloja, por vivir en un país en paz…”, asegura. Y añade que no hay que dar por descontado que es “lo normal”.

Como madre expresa que hay gestos importantes en el día a día, como pronunciar: Qué suerte tenemos de tener buena salud. Otro ritual para ella sería, antes de acostarse, mencionar a quiénes y por qué damos las gracias: “A la abuela que me ha llevado al colegio; Al basurero que recoge lo que tiramos”.
Sugiere a los padres que sienten que sus hijos “no valoran nada” que se esfuercen en no darles todo lo que piden, que no se adelanten en sus deseos y que les impulsen a hacer para conseguir lo que quieren en lugar de concedérselo a la ligera. “Aquello que haya costado cierto esfuerzo será mucho más valorado”, concluye.
Sin lugar a dudas, aprender a apreciar lo que nos rodea se cultiva con límites sensatos, tiempo compartido y ejemplos reales. Y eso ayuda a los niños a sentirse acompañados y a disfrutar con más claridad de lo que ya está ahí.




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