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Jueves de canicas

Relato de Raquel Giménez Fernández

Excelencia Literaria por Excelencia Literaria
23 marzo, 2026
en Excelencia Literaria
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Home Arte y Cultura Excelencia Literaria
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Era noche cerrada en Barcelona. Un niño se colaba entre las oscuras calles, débilmente iluminadas por las farolas de gas. Oía al sereno hacer su ronda, con sus llaves tintineando en el cinturón. Josep esperaba que no se cruzaran por el camino, pues siempre conllevaba una serie de preguntas acerca de qué hacía un menor deambulando por la ciudad dormida.

«Como si al sereno le preocupara qué me pudiera pasar»,  se rio para sus adentros. Se encogió de hombros. «Los adultos, a veces son incoherentes».

El niño decidió apretar el paso y los sonidos provocados por la ronda se fueron desvaneciendo.

En un cruce tomó una calle hacia la derecha que le llevó hasta una avenida. Por ella sí que había gente, “moradores de la noche”, les llamaba él, hombres medio colgados a los altos postes de iluminación, que canturreaban en voz baja a su amor perdido en el mar (Josep se preguntaba por qué no se embarcaban y partían en su busca), y mujeres que chillaban palabras incomprensibles que se fundían con el maullido de los gatos.

Josep cruzó la avenida a paso rápido, con la cabeza gacha para no mostrar sus brillantes ojos azules. Rezaba para que su cuerpo se fundiera con la oscuridad, ya que por experiencia sabía que lo más prudente era hacerse invisible. Giró a la izquierda y se plantó en un callejón sin salida donde, arrebujadas en una esquina, le observaban dos figuras. Una de ellas salió de su escondite con paso dubitativo. La que venía detrás rascó una cerilla contra la pared para iluminar el rostro del recién llegado.

–¡Josep! Pensábamos que no vendrías –le dijo la primera, una niña, en un susurro emocionado.

Llevaba un pañuelito anudado al cuello, una tosca falda larga y una trenza que contrastaban con su pálida piel. Era ligeramente más joven que Josep.

–Tranquila, Pili. Es que por culpa del sereno he me he visto obligado a tomar la otra ruta.

La otra figura correspondía a un pequeño ligeramente más alto que Josep, de tez morena y brazos largos. Le dedicó una sonrisa después de prender un cabo de vela con el que solían iluminar las reuniones del disparatado trío. A continuación sacó algo de su bolsillo y se lo mostró a su amigo.

–Mira, mira lo que he encontrao -. Un objeto pequeño, redondeado, de un desvaído color azul, reposaba en las sucias manos de Mateo.

–¿Es una canica? ¡Qué bárbaro!- exclamó Josep.

–¿Jugamos? –le propuso Mateo, que había esperado con ansias aquella llegada. De un hueco de la maltrecha pared sacó el resto de las canicas.

Josep asintió con la cabeza y Mateo se dirigió a Pili :

–¿Quieres probarla tú primero? –le ofreció su preciado tesoro con amabilidad.

Ni en sueños se le habría ocurrido a la chiquilla privar a su amigo de semejante privilegio. Muy seria, le respondió:

–No, pruébala tú primero. Tú la has encontrado.

Mateo sonrió y empezó el juego con un grito de alegría:

–¡Viva! –aulló.

Pili lo regañó con un dedito infantil:

–Calla, calla, que vas a despertar a los vecinos.

Josep también le pidió que bajara la voz.

Se enzarzaron, pues, en una divertida partida, en la que hubo bravuconadas y declaraciones de “El rey del mundo”, conflictos que se resolvieron con la mediación de Pili. Abundaron las risas incontrolables y algún que otro debate acerca de si las canicas eran mejores según su tamaño o según el pulido de su superficie. Mientras, la noche avanzaba, ajena a la actividad de los tres chiquillos.

Los ruidos de las canicas al rodar y entrechocarse, los susurros de los niños y el ocasional ladrido de algún perro se acompasaron a la suave melodía que acunaba a la ciudad dormida. También los ocasionales bostezos de cansancio que se les escapaban, sobre todo a Mateo, quién se esforzaba para que los otros dos no pensaran que se rendía tan fácilmente a los brazos de Morfeo.

El cielo empezó a tornarse más claro, presagio funesto para los niños, dado que significaba que la diversión estaba tocando a su fin. Intentaron estirar los últimos segundos que la noche, su benigna amiga, les podía ofrecer, y echaron una última y trepidante partida. Después la luna dio paso al sol y se apagó la luz de las farolas.

Muy a su pesar, los chiquillos convinieron que era la hora de marcharse. No podían  llegar tarde a la fábrica. Además, era imprescindible que sus familias no descubrieran esas escapadas nocturnas.

Mateo y Pili se despidieron de Josep, que recolectaba las canicas para meterlas de nuevo en la bolsa. Una vez hubo escondido su preciado tesoro, echó un vistazo al callejón.

–Ojalá los jueves duraran un poquito más– suspiró.

Salió de nuevo a las calles.

«Tendré que mojarme la cara», se dijo. «Más me vale no dormirme durante la faena».

Josep no quería recibir más palizas, que era el riesgo que asumía cada jueves.


Raquel Giménez Fernández

Ganadora de la XIX Edición

www.excelencialiteraria.com

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