“Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Cor 3,17)
¡Vuela alto, sé tú mismo, realízate en la verdad que te hace libre!
En nuestra última “quedada”, nos despedimos diciendo que en la próxima charlaríamos sobre la libertad. Vivimos en un mundo sutilmente tiranizante, pero somos libres, a pesar de las circunstancias adversas. Dios no quiere que nos quedemos en nuestro mundo estrecho, donde nosotros lo controlamos y calculamos todo. Nos llama a volar como “águilas“, cada vez más alto, siendo la meta un sol llamado Cielo.
Cuenta una narración muy conocida en África que, mientras caminaba por el bosque, un cazador encontró un aguilucho recién nacido, lo cogió y se lo llevó a su casa. Allí lo puso en su gallinero, donde el rey de todas las aves crecía con los pollos, y pronto aprendió a comportarse como uno de ellos: picoteaba maíz y brincaba en el corral como ellos …..
Un día, después de muchos meses, el campesino miró pensativo las largas alas de esta ave majestuosa que, a pesar de poder hacerlo, no había aprendido a volar, ya que había estado encarcelada durante toda su vida. Entonces, el buen hombre se arrepintió de lo que había hecho y decidió dejarla en libertad. La sacó del corral, la tomó suavemente en sus brazos y la llevo a una colina cercana. Allí la extendió hacia arriba y le dijo: “Eres un águila. Perteneces al cielo, no a la tierra. ¡Abre tus alas y vuela!“ Pero el ave no se movió. Miró desde la colina a los pollos comiendo, y dio saltos para reunirse con ellos. El campesino repitió sin cansancio: “No debemos empequeñecerte y criarte como las gallinas que no hacen más que pelearse sin cesar por picotear los granos que encuentran en el suelo. ¡Abre tus alas y vuela!» Pero la joven águila se mostró cada vez más confundida por esta meta tan exigente. Temblaba por todo el cuerpo y daba fuertes señales de preferir volver al lugar protegido.
El campesino no se desanimó. Al día siguiente, muy temprano, la llevó a un monte muy alto. Una vez en la cima, la levantó de nuevo y, con sus brazos extendidos hacia arriba, le hizo mirar directamente hacia el sol brillante de la mañana, mientras le animaba diciendo: “Eres un águila. Has nacido para moverte al aire libre, para llegar hasta el sol. Puedes recorrer distancias enormes y jugar con el viento. ¡No tengas miedo! ¡Inténtalo! Abre las alas y vuela.“ Entonces, el águila, fascinada por la abundancia de luz, se irguió de un modo señorial, abrió lentamente sus grandes alas y, con un grito triunfante, empezó a volar, cada vez más alto, hasta que ya no se la podía ver en el horizonte.
“Quien ha nacido con alas, debe usarlas para volar“ pensó el campesino cuando bajó del monte cantando.
Si damos una somera mirada a nosotros mismos y a nuestro alrededor, constatamos que el ambiente es cada vez más artificioso, lleno de ruido, prisas, picoteo constante, una manipulación cada vez más agresiva… Con frecuencia, no tenemos ni tiempo ni ganas para cultivar la propia interioridad, nos dejamos arrastrar fácilmente por cada moda nueva que surge en nuestra cultura light y, en el fondo, no vemos que nuestra existencia tenga sentido, nada por lo que valdría la pena luchar y sufrir.
Vivimos encarcelados en un gallinero que nos impide volar y crecer en libertad. En un mundo exterior como si fuera el único y el más importante, buscando el éxito y el bienestar material a toda costa, y de un modo cada vez más compulsivo.
Desde el comienzo de nuestra existencia, nos encontramos ante un horizonte indefinido y, algún día, cada uno debería preguntarse: ¿Qué haré de mi vida? Y ante las múltiples posibilidades que se me presentan, tengo la tarea de ser yo mismo. Lo expresa muy bien una obra de Calderón de la Barca, «El gran teatro del mundo». Los protagonistas son un príncipe, un médico y un mendigo. Lo importante no es el papel que las personas desempeñan en la sociedad, sino cómo lo interpretan.
El príncipe es un tirano que al final de la obra, es condenado por Dios. Pero también el mendigo es condenado, porque está lleno de rencor y odio. También él ha cometido injusticias. Ninguno de los dos llegan a la autorrealización. El médico se salva, porque es un hombre honrado y, además, un profesional competente que hace el bien a los demás.
¿Qué es la libertad? Es apertura al infinito, volar cada día más alto como hacen las águilas. Es la capacidad radical de ser protagonistas de nuestra vida. Es un inmenso don que pone en juego todas nuestras potencias y marca decisivamente nuestro carácter y destino. Jutta Burggraf explica que podemos relacionarla por un lado, con alegría y amor, con ansias hacia la plenitud, hacia Dios; y, por el otro, con desesperación, angustia y absurdidad.
La libertad permite alcanzar la máxima grandeza, pero también incluye la posibilidad de un desvío completo. Tiene que ver con la autorrealización y con la autodestrucción del hombre.
En contra de la propaganda oficial, difundida desde hace años, Dios no es enemigo de la libertad; muy al contrario, es su creador, su gran amigo y protector. Nuestra libertad es un don suyo. Para ilustrarlo, es preciso retroceder hasta nuestros orígenes y contemplar lo que pasó al principio, cuando el ser humano fue llevado a la existencia.
Según el Génesis, Dios pronunció, en el momento culminante de su obra creadora, las solemnes palabras que resuenan todavía hoy: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza“. Jutta, en su libro titulado “Libertad vivida con la fuerza de la fe» escribe : “¿Por qué utilizó el plural? Según un cuento judío, no lo habría hecho para indicar su majestad. En realidad -continua el relato– es como si el Creador hablase ya con la nueva criatura que está a punto de salir de sus manos: “vamos tú y yo juntos haremos al hombre. Si no me ayudas, no puedo hacerte un hombre cabal , una personalidad.“ Se trata de una alusión a la libertad de la persona, que se “construye“ a través de sus propios actos, siendo ella misma el artífice de su vida.“
Si nos abrimos a su ayuda, Dios nos sopla con el viento de su Espíritu para que lleguemos a ser lo que somos, y lo que el mundo puede esperar de nosotros que, por otra parte, coincide con lo que debemos al mundo.
San Juan Pablo II , Encíclica VS : “No solo el mundo, sino también el hombre mismo ha sido confiado a su propio cuidado y responsabilidad. Dios lo ha dejado en manos de su propio albedrío, para que busque a su creador y alcance libremente la perfección. Alcanzar significa edificar personalmente en sí mismo esta perfección.“ Según Guardini, una vida lograda comienza con una determinación aparentemente muy sencilla : “que el hombre se decida a vivir como hombre.“

Y ahora, si te parece bien nos despedimos.
Un fuerte abrazo, y hasta pronto.




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