Vivimos en un mundo inundado de mensajes en las redes y en la comunicación. Estas han traído la cercanía del mensaje y el encuentro de las personas, pero los riesgos son muchos e importantes. Se habla también de la gran herramienta que es para la evangelización, pero hay mucho de lo que hablar, matizar, y controlar, porque la deriva de protagonismo y pérdida del objetivo de la vida, incluso de la vocación con que se empezó, hace que pueda suceder todo lo contrario.
Estos días vemos noticias sobre jóvenes, desconocidos, que incluso estando muy enfermos, se pusieron en camino a Roma, al sentir la llamada del sucesor de Pedro. Eso es la verdadera peregrinación, la del sufrimiento, la del camino porque, como recordó el Santo Padre, «estamos hechos para el cielo».
Ignacio González es un joven de 15 años que terminó ingresado de urgencia en el Hospital Bambino Gesú de Roma tras un colapso durante el jubileo. Ignacio está diagnosticado con un linfoma que afecta a sus vías respiratorias. El Papa León XIV pidió oraciones por él e incluso se acercó a verle al hospital para asombro de su familia. Su ejemplo de querer estar cerca del Papa en estos momentos junto a otros jóvenes, sin protagonismo ni postureo, son de verdad el verdadero mensaje, ya que, sin querer ser protagonista de nada, el Señor le ha hecho su protagonista.
María Cobo se puso en camino al cielo, intentó llegar a Roma pero tuvo que volverse porque el Señor tenía otros planes para ella mucho más interesantes, quería verla. Aunque muchos no entendamos la muerte de una persona joven, o nos dé la inevitable pena, como decía el arzobispo de Madrid, D.José Cobo, «María ya ha cruzado la Puerta Santa»…y está frente al rostro del Señor.

Frente a tanta foto, muchas de ellas incluso de adultos y fuera de lugar, postureo en esencia pura, fotos dándose besos en la boca frente al Vaticano, preguntando por los modelitos para el viaje, etc. el Señor hace todo diferente y centra el mensaje donde debe estar: en la oración; y la adoración, y en el mensaje de estos jóvenes que, sin mirar su salud, le buscan silenciosamente en su sufrimiento. Se han convertido en verdaderos influencers y evangelizadores con su testimonio de vida y sufrimiento a pesar de su corta edad. Nos han dado mucho que pensar, y más que aprender. Porque Dios habla en el silencio y en el corazón de las personas sencillas, en la humildad de los actos que son auténticos y no buscan protagonismo. Ahí está Dios.
Cualquier cristiano conoce el pasaje del evangelio en el que Jesús nos recuerda aquello de que …que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda, no puedes estar presumiendo de ello todo el día con fotos de postureo. Supone una renuncia a esa gloria, tan terrena como efímera y falsa, que nos convierte en fariseos, porque el único protagonista es Dios, solo Él importa y solo hay que hablar de Él. Es la humildad que elimina al orgullo siendo muy fácil caer en él, ya que precisamente se tiende a ver el orgullo como virtud, y la humildad, el ser sencillo y no presumir de nada, como un defecto.
Son muchos los retos que tienen que superar para ser buenos evangelizadores, ya que una buena publicación no significa un mensaje evangelizador. “El problema no es la interacción, sino las negociaciones [o cesiones] que los influencers católicos realizan al elaborar su contenido bajo esta imposición [del algoritmo]. Este asunto es aún más preocupante cuando reconocemos que estas negociaciones ocurren tanto consciente como inconscientemente. Con demasiada frecuencia, parecemos confundir la conversión de corazones y mentes con la adquisición de «me gusta» y seguidores”, advertía el padre Banasiewicz, para American Magazine.
Otro riesgo puede ser “centrarse en el yo en lugar de Dios en el discurso”, de modo que se evite un “deísmo terapéutico” por el que se prioriza la felicidad personal como meta espiritual. A esto parecen contribuir el entorno digital y de las redes sociales, que muchas veces parecen centrarse en elevar a la persona. Especialmente la experiencia, apariencia y contenidos de moda, corriendo el riesgo de que el contenido se vea influenciado o determinado por el formato y el mensaje por las necesidades del emisor y las demandas de la audiencia. Así, la evangelización se convierte en lo que Instagram y el resto de las redes sociales son: un mercado aspiracional que comercia con la imperfección.
Otro riesgo es olvidarse del otro: todo se centra en el «yo» de las emociones y los estados de felicidad, perdiéndose así la caridad, que solo puede dirigirse al otro, no a uno mismo. Como diría san Pablo (1 Corintios 13:13), la caridad —o amor— es mayor que la fe o la esperanza, porque perfecciona a las demás y nos une a Dios.
Entre algunas señales que deberían alertar a todo influencer católico de la posibilidad de incurrir en esta desviación, observa estas actitudes:
- Centrarse constantemente en uno mismo.
- Presentar la propia vida como un modelo espiritual, incluso aunque se diga que todo es para Jesús.
- Exponerse, haciendo del falso desorden, cuidadosamente compuesto, un destino diario para quienes buscan comprensión y consuelo.
- Convertirse en un líder de pensamiento cuyas opiniones deben publicarse lo antes posible.
- Crear una cuenta en redes sociales que, según se afirma, trata sobre evangelización, pero que, de alguna manera, no es mucho más que una plataforma de marketing.
Si el encuentro con Dios es personal, en descubrir a la persona de Jesús, la cercanía sigue siendo lo esencial, donde además esa cercanía es fundamental para poder reconocer al otro y darnos al necesitado. Te lo pueden contar, pero solo se vive en primera persona, la fe es una experiencia personal que marca todas tus acciones.
Y parece que hay esperanza, tal y como nos ha mostrado el testimonio de tantos jóvenes que se han reunido estos días pasados en Roma y que, en lugar de estar de vacaciones en la playa, o de fiesta, se reunieron para alabar al Señor junto al Santo Padre.
Uno de los días, y al finalizar la misa, el Papa León XIV dirigió unas palabras ante los mil evangelizadores digitales, procedentes de muchos países, que estaban enganchados a sus móviles como hemos visto en la cantidad de vídeos que han compartido.

Queridos hermanos y hermanas, hemos comenzado con este saludo: La paz esté con ustedes.
Y cuánto necesitamos la paz en nuestro tiempo, desgarrado por la enemistad y las guerras. Y cuánto nos llama hoy al testimonio el saludo del Resucitado: «La paz esté con ustedes» (Jn 20,19). La paz esté con todos nosotros. En nuestros corazones y en nuestras acciones.
Esta es la misión de la Iglesia: anunciar la paz al mundo. La paz que viene del Señor, que venció a la muerte, que nos trae el perdón de Dios, que nos da la vida del Padre, que nos indica el camino del Amor.
1. Es la misión que la Iglesia les confía hoy también a ustedes, que están aquí en Roma para su Jubileo, que han venido a renovar el compromiso de alimentar con esperanza cristiana las redes sociales y los entornos digitales. La paz necesita ser buscada, anunciada, compartida en todos los lugares; tanto en los dramáticos escenarios de guerra, como en los corazones vacíos de quienes han perdido el sentido de la existencia y el gusto por la interioridad, el gusto por la vida espiritual. Y hoy, quizás más que nunca, necesitamos discípulos misioneros que lleven al mundo el don del Resucitado; que den voz a la esperanza que nos da Jesús vivo, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,3-8); que lleguen a dondequiera que haya un corazón que espera, un corazón que busca, un corazón que necesita. Sí, hasta los confines de la tierra, hasta los confines existenciales donde no hay esperanza.
2. Hay un segundo reto en esta misión: buscar siempre la “carne sufriente de Cristo” en cada hermano y hermana con los que nos encontramos en internet. Hoy nos encontramos en una nueva cultura, profundamente caracterizada y formada por la tecnología. Depende de nosotros, depende de cada uno de ustedes, garantizar que esta cultura siga siendo humana.
La ciencia y la tecnología influyen en la forma en que nosotros vivimos en el mundo, afectando incluso al modo de entendernos a nosotros mismos, de relacionarnos con Dios y los unos con los otros. Pero nada de lo que proviene del hombre y su creatividad debe utilizarse para socavar la dignidad de los demás. Nuestra misión, la misión de ustedes, es nutrir una cultura de humanismo cristiano, y hacerlo juntos. Esta es la belleza de la “red” para todos nosotros.
Frente a los cambios culturales a lo largo de la historia, la Iglesia nunca se ha mantenido pasiva; siempre ha tratado de iluminar cada época con la luz y la esperanza de Cristo, discerniendo el bien del mal y lo que era bueno de lo que debía cambiarse, transformarse y purificarse.
Hoy nos encontramos en una cultura en la que la dimensión tecnológica está presente en casi todo, especialmente ahora que la adopción generalizada de la inteligencia artificial marcará una nueva era en la vida de las personas y de la sociedad en su conjunto. Este es un desafío que debemos afrontar: reflexionar sobre la autenticidad de nuestro testimonio, sobre nuestra capacidad de escuchar y hablar, y sobre nuestra capacidad de comprender y ser comprendidos. Tenemos el deber de trabajar juntos para desarrollar una forma de pensar y un lenguaje de nuestro tiempo que dé voz al Amor.
No se trata simplemente de generar contenido, sino de crear un encuentro entre corazones. Esto implicará buscar a los que sufren, a los que necesitan conocer al Señor, para que puedan sanar sus heridas, volver a levantarse y encontrar sentido a sus vidas. Este proceso comienza, antes que nada, con la aceptación de nuestra propia pobreza, dejando de lado toda pretensión y reconociendo nuestra innata necesidad del Evangelio. Y este proceso es un reto de la comunidad.
3. Y esto nos lleva a un tercer llamado y por eso les hago un llamado a todos ustedes: “que vayan a reparar las redes”. Jesús llamó a sus primeros apóstoles mientras reparaban sus redes de pescadores (cf. Mt 4,21-22). También lo pide a nosotros, es más, nos pide hoy construir otras redes: redes de relaciones, redes de amor, redes de intercambio gratuito, en las que la amistad sea auténtica y sea profunda. Redes donde se pueda reparar lo que ha sido roto, donde se pueda poner remedio a la soledad, sin importar el número de los seguidores —los follower—, sino experimentando en cada encuentro la grandeza infinita del Amor. Redes que abran espacio al otro, más que a sí mismos, donde ninguna “burbuja de filtros” pueda apagar la voz de los más débiles. Redes que liberen, redes que salven. Redes que nos hagan redescubrir la belleza de mirarnos a los ojos. Redes de verdad. De este modo, cada historia de bien compartido será el nudo de una única e inmensa red: la red de redes, la red de Dios.
Sean entonces ustedes agentes de comunión, capaces de romper la lógica de la división y de la polarización; del individualismo y del egocentrismo. Céntrense en Cristo, para vencer la lógica del mundo, de las fake news y de la frivolidad, con la belleza y la luz de la verdad (cf. Jn 8,31-32).
Y ahora, antes de despedirme con la bendición, encomendando al Señor el testimonio de todos ustedes, quiero darles las gracias por todo el bien que han hecho y hacen en sus vidas, por los sueños que persiguen, por su amor al Señor Jesús, por su amor a la Iglesia, por la ayuda que prestan a los que sufren y por su camino en las vías digitales.




¿Qué te pareció este artículo? Deja tu opinión: