Los jóvenes tienen muy mala fama. Esto es así desde hace más de dos milenios. Un grupo social criticado y verbalmente apaleado incluso por el mismísimo Sócrates. A este filósofo se le atribuye esta apreciación: “La juventud de hoy ama el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, y chismea mientras debería trabajar. Los jóvenes ya no se ponen de pie cuando los mayores entran al cuarto. Contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran en la mesa los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros”.
Cualquiera diría que estamos ante una descripción de los jóvenes del siglo cuarto. Toma ya. Pues es la misma percepción que podemos tener los puretas contemporáneos. Nada más lejos de la realidad. La verdad supera expectativas y en estos tiempos en los que la verdad debe imperar por encima de todas las cosas, es importante que reconozcamos que lo que es, ES.

Cuando en tiempos de la pandemia, no hace tantos años, leíamos en el periódico que “los ancianos de 50 años podían vacunarse” muchos (mas muchas que muchos) se llevaron las manos a la cabeza porque los cincuenteañeros se sentían insultados. ¿Cómo que ancianos si estamos estupendamente, no tan jóvenes, pero sí ágiles mentalmente y con ganas de vivir? Pero esa percepción la tiene también mi padre que supera los 80 años. Y olé por él. La cuestión es que la juventud es ese tesoro divino que a gran parte de la población española (porque la sociedad está envejeciendo a pasos agigantados gracias a la caída libre de la natalidad) se nos ha escapado casi sin darnos cuenta. Decía la felicitación navideña de mi antigua facultad de Comunicación que vivimos estresados, agobiados y cansados por hasta dónde llegamos o no en la vida, y nos olvidamos que lo más importante es el camino, es decir: vivir.
Por eso, ahora quisiera que al mirar de frente a la juventud real dejemos de hacerlo con los ojos de Sócrates o los de cualquier pureta contemporáneo que no sepa ver en nuestra juventud el divino tesoro que no es otro que el ejemplo que dejó una joven de Nazaret, casi una niña.

La juventud es por encima de todo, vida en su máxima expresión. La juventud es compañía continúa, es locura y atrevimiento. Es entrega ciega y total por aquello en lo que crees y confías. Juventud es que nada ni nadie te frene. Cuando uno es joven hace lo impensable para sobrevivir, y casi siempre lo hace con una sonrisa en los labios.
Miro atrás, no mucho en el tiempo. Y son los jóvenes, los de verdad, los que más lecciones dan a los adultos. Vienen a mi mente no solo los voluntarios que llegaban a pie a los municipios afectados por la dana en Valencia, sino a la cantidad de adolescentes que acuden todo el año a asociaciones que atienden a personas en riesgo de exclusión social, las que apoyan las labores en los comedores sociales y los bancos de alimentos, los que visitan a ancianos solos que agotan lo que les queda de vida en residencias; me viene a la mente la juventud real que hace piña cuando alguno de la tribu está de bajón.
Ahora que revivimos el nacimiento de Cristo pienso en esa joven que dijo un sí que aún resuena en la humanidad. Una joven que es ejemplo de todo lo que un adolescente encierra. Esa generosidad sin límites, ese ayudar y acompañar a quien lo necesite como hizo con su prima Santa Isabel, esa confianza para pedir ayuda a quien tenía el poder de resolver el problema, como hizo en las bodas de Canaán, y así en cada momento y circunstancia de su vida. Porque la madre de Dios ha demostrado haber sido joven hasta el último día en este mundo.

Hay quien dice que uno puede ser eternamente joven, que hacerse mayor es cuestión de actitud. Ojalá recuperemos los adultos casi ancianos esa juventud divina, esa que es un tesoro de valor incalculable para con los que nos rodean.




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