Ser rebelde no significa pintarse los pelos de verde, andar sin sujetador o irse a vivir a Camboya. Ser rebelde significa tener el coraje de ser el único que se mantiene leal a un ideal, aunque se le echen al cuello y aunque parezca que nadie lo ve.
Es tener la humildad de emprender algo sin brillo durante mucho tiempo, con la vaga esperanza de que algún día florezca, pero sin garantías que lo aseguren. Como sucede con casi todas las cosas que se aman, y por las que hay que asumir riesgos impagados.
Es negarse a pensar que la realidad conocida es lo único que existe, y atreverse a soñar con cosas más altas. Incluso si esto es a veces solitario y difícil, e impopular hasta la humillación. -Pienso en un joven Ernesto Sábato, casi mendigo en París por defender sus ideales políticos.- O en tantos otros que apostaron por una visión o una obra, y se quedaron solos con ella, sin más recompensa que la fidelidad propia.
Desde la perspectiva aristotélica, la virtud consiste en encontrar el justo medio entre los extremos y en actuar conforme a la razón. El dominio de sí, o templanza, no es represión, sino la capacidad de orientar los deseos y pasiones hacia fines duraderos. La verdadera rebeldía requiere cultivar la moderación interior: mantenerse firme en los propios objetivos, resistir la presión del conformismo y sostener la lealtad a lo que se considera correcto, incluso cuando la recompensa externa es mínima.
Ser rebelde, en ese sentido, es soportar la dureza del presente por amor a un futuro, y por una generosidad expresada con la propia vida. La rebeldía es morar en el largo plazo. Saber que un día llega la muerte, y se lleva todo lo que fue tenencia o ruido. Por eso, poner el corazón en lo efímero es un riesgo; resistirse a la desesperanza y a los lugares comunes, a las voces que repiten que «las cosas son así», es parte de esta fidelidad.
La insumisión es renunciar a lo brillante por invertir en los tesoros. Aunque suponga quedarse momentáneamente sin nada, porque aquello a lo que uno se consagra es caro. Es la donación al mejor de los instintos, y al corazón propio, aunque esto no sea comprendido fuera de sí.
Podemos pensar en tantos héroes, en el mundo del pensamiento, en la guerra o en la política, que en la dificultad forjaron hazañas inmensas, guiados por la sola fuerza de una esperanza. -Cervantes enfrentando apuros económicos, Pizarro con un puñado de hombres contra un imperio, Rachmaninov superando una depresión para componer su Concierto no.2.–
Hoy, sin embargo, la rebeldía corre el riesgo de volverse borreguismo estético: modismos y vestimentas que fingen ruptura, pero carecen de contenido. Muchas veces, esto refleja una aversión por la naturaleza propia, cuando la audacia verdadera consiste en abrazar la forma de ser propia en lo más auténtico de sí. Solo aceptando esa autenticidad—que no contradice nuestra naturaleza física o espiritual—es posible desafiar los sistemas externos de opresión o desesperanza.
Ser rebelde hoy implica conservar la capacidad de asombro y candidez en un mundo saturado de estímulos, y la capacidad de amar en medio del cinismo. Tal vez la disidencia más profunda consista en no dejarse arrebatar la ternura, en mantener limpio el corazón pese a los desengaños. En un entorno que idolatra lo inmediato y desprecia lo improductivo, sublevarse es reconocer el valor de lo sencillo e inocente.
Ser rebelde hoy implica conservar la capacidad de asombro y candidez en un mundo saturado de estímulos, y la capacidad de amar en medio del cinismo.
Ser insubordinado no es renunciar a lo que se ama, sino aspirar a merecerlo. No es una negativa vacía, sino una afirmación resignificada. Incluso cuando se pierde todo, queda la riqueza simbólica de la fidelidad: la paz interior de quien ha sido leal, y la dignidad de quien no traicionó lo mejor de sí.
Quizá lo más importante no sea la rebeldía como espectáculo, sino como práctica cotidiana: sostener la paciencia, la constancia y la atención a lo que nos importa, continuando nuestra apuesta por lo que nos es querido y verdadero, aun en medio de la incertidumbre y la adversidad.





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