Lo que no hemos comprendido es que todos somos esos niños pobres, y nos creemos de alguna u otra forma ricos, hasta que la vida nos golpea de una u otra manera con nuestra carencia.
El primer conocimiento de la pobreza para muchos de nosotros se encuentra, quizá, en cuando comíamos los últimos pedazos de comida recordando en labios de nuestros padres a los niños pobres. Entonces, no éramos capaces de siquiera imaginar que existieran niños como nosotros que no tuvieran para comer, ni lo que esa realidad en verdad significaba.
La pobreza, a ojos de muchos, deslegitima y despoja de dignidad. Esto es así incluso en la raíz de muchas culturas: en el sistema de castas indio, los pobres son malditos, y su valía personal se equipara a la de los perros. En la mentalidad protestante, donde la riqueza significa bendición de Dios, ser pobre quiere decir no encontrarse en gracia. Una lectura tradicional judía también asocia la prosperidad con la bendición. Incluso en la cultura materialista china actual, estatus y riqueza van de la mano, y se observa como superiores a aquellos que pueden ostentar marcas de clase, como vestidos caros o logos occidentales. Sobre todo, para aquellos que juzgan la valía en términos de rango, la pobreza se ve siempre como inferior.
Es la cultura católica la que encuentra en la pobreza una oportunidad de dignificación, una asimilación al despojo de quien da la vida por los demás. Es un sistema de creencias que alaba a los pobres de espíritu, y enaltece a «los últimos». Y no lo hace por un prestigio de la mediocridad, de la falta de esfuerzo o del amor por la carencia o el sufrimiento huero. Lo hace porque la fe cristiana cree que los mayores tesoros son los del corazón. Y, por tanto, las riquezas no son vistas como malas, sino que son simplemente irrelevantes.
Esta visión de la vida es, en realidad, la única que permite una libertad interior radical. Pues no necesita mirarse en las reverberaciones del prestigio a los ojos de la sociedad, ni buscar marcas de estatus, sino que permite la dedicación a los bienes espirituales.
Es la cultura católica la que encuentra en la pobreza una oportunidad de dignificación, una asimilación al despojo de quien da la vida por los demás. Es un sistema de creencias que alaba a los pobres de espíritu, y enaltece a «los últimos».
Es por esto que la cultura y el arte han florecido de forma privilegiada en los países de tradición católica, y muchos de los gestos de heroísmo más desprendidos han venido de personas con profundas raíces cristianas. Pensamos en el Conde Orgaz, que donó gran parte de sus bienes a los pobres, en las empresas humanizantes de los reyes católicos, o en tantas vidas dedicadas a la educación de los despojados. Esto contrasta, por ejemplo, con la asepsia de la cultura danesa, donde la búsqueda de seguridad, eficiencia y neutralidad ha limado muchos gestos de grandeza: allí lo importante es no molestar, no excederse, no destacar, y por eso la vida queda limpia y ordenada; sin embargo, también falta el desborde espiritual que impulsa a crear, a arriesgar, a darse.
La pobreza de alguna manera hace sentirse vulnerable. Pero es que la vulnerabilidad bien entendida no es vana. Es en la comprensión de los propios límites donde apreciamos nuestra naturaleza frágil y pasajera. En realidad, es mucho más inteligente que la fantasía de poder basado en la riqueza, pues ésta es ciega a la realidad de que un evento político, una catástrofe o una enfermedad son más que las posesiones temporales, y las pueden arrebatar de un plumazo.
La pobreza además es creativa, ya que necesita buscarse la vida para comer. La pobreza puede ser oportunidad para hacernos más humildes, más delicados con el sufrimiento de los demás, pues encuentra en él los ecos de lo que también se sufrió.
La pobreza se halla también en la incertidumbre, en no saber hacia dónde encaminar los pasos. Aunque, en realidad, más que pobreza es realismo. Porque, cuando pensamos que tenemos nuestra vida en las manos, casi nunca es cierto.
El desprendimiento es también de quien da el corazón, y se hace pequeño por ponerse a merced de otro. Como la canción francesa que canta «Je me suis fait tout petit devant une poupée» (Me he hecho tan pequeño delante de una muñeca). Uno se hace en realidad pobre y frágil para ser herido cuando ama a alguien, pues no se tiene del todo más a sí mismo.
La pobreza puede ser terrorífica. Cuando es extrema, como conocemos en algunas geografías de África o América, se alza sobre los cuerpos, acechándolo como los buitres y las hienas. Esta es la miseria que no soportamos ver, porque no la entendemos. Y que hace de los seres que la sufren seres invisibles, porque nuestro corazón no soporta el sinsentido que representa su sufrimiento.

La pobreza es muchas veces generosa, pues quien tuvo poco sabe lo que es sentirse así. A veces también es tacaña. Pues quien tuvo poco puede obsesionarse con no volver a vivir esa carencia. Está por esto en nuestras manos el tomarla -si nos alcanza- como oportunidad para alzarnos o para envilecernos, como todas las circunstancias desgraciadas o dichosas de nuestra vida. Pero la pobreza da, sobre todo, una oportunidad excepcional: La de recibir lo que otros pueden darnos generosamente.
Juan Ramón Jiménez cantaba en los juegos del anochecer de Platero «¡Sí, sí.! ¡Cantad, soñad, niños pobres! Pronto, al amanecer vuestra adolescencia, la primavera os asustará, como un mendigo, enmascarada de invierno». Lo que no hemos comprendido es que todos somos esos niños pobres, y nos creemos de alguna u otra forma ricos, hasta que la vida nos golpea de una u otra manera con nuestra carencia. Por esto, gocemos de los bienes mientras los tengamos, pero pongamos mejor el corazón en lo que no nos puede sorprender arrebatándosenos.




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