Los cristianos sabemos que, gracias a nuestros primeros padres, el hombre nace con el pecado original. La soberbia de querer ser como Dios que ha acompañado al hombre a lo largo de la historia, es una realidad. La historia de la serpiente que tienta a Eva invitándola a comer del árbol conocimiento del bien y del mal con una mentira, junto a ese aliciente de “seréis como dioses”, es la historia de la humanidad misma. Esta fue la única limitación que Dios puso al hombre en un paraíso construido para él y la mujer, un mundo al que les invitó a dominar y cuidar, mediante el uso de la libertad. Como seres libres y cabezotas, caemos una y otra vez, incumpliendo esa limitación cada día, porque es precisamente el ansia de poder, de querer ser Dios mismo, el que trae nos trae a mal traer, y a toda la humanidad.
La caída de nuestros primeros padres, descrita en un sentido figurativo en el Génesis, nos recuerda que solo ellos y María después, nacieron sin pecado original. Los primeros hicieron mal uso de la libertad regalada por Dios, mientras que María, posibilitó nuestra salvación, contrarrestando la soberbia con humildad.
El don de la plenitud de gracia, en la joven de Nazaret, pudo dar fruto porque ella, en su libertad, lo acogió abrazando el proyecto de Dios».
El Papa León nos recordaba hoy que María nació sin pecado original, así como el regalo que es para nosotros el buen uso de su libertad que hizo, ya que «el Señor concedió a María la gracia extraordinaria de un corazón totalmente puro, en vista de un milagro aún mayor: la venida al mundo, como hombre, de Cristo Salvador», a quien agradecemos el «Sí» con el que cambió la historia. Porque “el Señor siempre actúa así: nos concede grandes dones, pero nos deja libres para aceptarlos o no».
Citando a San Agustín, el Papa subrayaba también como «el don de la plenitud de gracia, en la joven de Nazaret, pudo dar fruto porque ella, en su libertad, lo acogió abrazando el proyecto de Dios».
Hoy celebramos, como dijo el Papa, nuestra alegría, porque el Padre Celestial la quiso «íntegramente inmune de la mancha del pecado original». Este dogma, es decir, algo que cree acepta aunque no se pueda comprender, quedó establecido tal día como hoy, en el 1854, por el Papa Pío IX. Lo que hoy celebramos «nos hace regocijarnos por la belleza inmaculada de la Madre de Dios, nos invita a creer como ella creyó, dando nuestro generoso consentimiento a la misión a la que el Señor nos llama». Ya el pasado año el Papa Francisco nos recordaba que la belleza que salva al mundo, aunque sea una frase de Doctovieski, no es otra que la de la propia María.

Los cristianos sabemos que el milagro que para María sucedió en su concepción, para nosotros se renueva en el Bautismo, sacramento que “lava el pecado original y por el que somos hijos de Dios, morada suya y templo de su Espíritu” y que, en palabras del Papa, invita a «acoger a Jesús y darlo a los hombres» para «colaborar en la Iglesia, cada uno según la propia condición, en la transformación del mundo». «Maravilloso es el «sí» de la Madre del Señor, pero también puede serlo el nuestro, renovado cada día con fidelidad, gratitud, humildad y perseverancia en la oración y en las obras concretas de amor, desde los gestos más extraordinarios hasta las tareas diarias y los servicios más cotidianos, para que Jesús sea conocido, recibido y amado en todas partes, y su salvación llegue a todos».
La Virgen de velo azul que confió su persona a la pequeña Bernardette al indicarle: «Soy la Inmaculada Concepción»
El gran amor a la madre, la devoción que hoy celebramos es lo que guio los pasos de muchos santos. San Maximiliano Kolbe, mayormente conocido por su sacrificio en Auschwitz al sustituir a un padre de familia, no fue santo por un arrebato de entrega, sino por un caminar hacia el Señor, de la mano de María, aprendiendo de ella un sí continuo y permanente.
Este franciscano polaco, de larga barba, estaba enamorado de la Inmaculada concepción. La Virgen María era la luz que iluminaría su vida, su corazón, su inteligencia y su misma muerte, según se podría deducir, como nos recuerda André Frossard, por los débiles ecos del bunker del hambre que traía frases de cánticos.
Fundó La “milicia” de la Inmaculada en 1917 como un “salvavidas” para la Orden y su futuro. Aunque costó mucho al principio por su enfermedad y varios contratiempos, de la mano de María, consiguieron su propósito, y los nuevos miembros empezaron a llegar incesantemente. Dirigió una verdadera ciudad mariana, el convento mayor del mundo con setecientos franciscanos, y una enorme imprenta que editaba trece publicaciones, una de ellas llamada El cabalero de la Inmaculada.
La Virgen de velo azul que confió su persona a la pequeña Bernardette al indicarle: «Soy la Inmaculada Concepción», tuvo unos comienzos difíciles, aunque no más que los que tuvo en un principio, le descubre su misterio a una niña pobre y sencilla. No se presenta a doctos intelectuales.
Como decía Frossard, “lo que atrae irresistiblemente al alma cristiana es la humildad de María en medio de su incomparable grandeza; como Madre del Salvador es, sin duda alguna, la más excelsa de las criaturas; su aquiescencia ante el ángel de la Anunciación ha hecho posible el comienzo del Evangelio; sin embargo, después del deslumbrante cántico cristalino de Magníficat sólo se la vuelve a ver en una especie de penumbra y como a contraluz, discreta presencia que de vez en cuando deja percibir su suave perfume en las páginas del Evangelio.”
“Sabemos lo que quiere decir madre, pero madre de Dios no alcanzamos a comprenderlo con la única ayuda de nuestras pobres mentes; sólo Dios puede. Concebida sin pecado se entiende algo más, pero la expresión Inmaculada Concepción, está llena de consoladores misterios”. Maximiliano Kolbe




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