El 21 de octubre de 2025, a las cinco y media de la tarde, falleció mi abuelo. Ocurrió tan rápido que me costó darme cuenta de lo que había pasado. Una máquina que le controlaba el ritmo cardíaco estaba desenchufada, a lo que se sumó un colapso pulmonar, lo que fue suficiente para llevarse por delante a la persona que, de una manera espiritual, me dio la vida.
Mucho puedo escribir acerca de mi abuelo, un hombre férreo al que describía su testarudez y su mala lengua, que se había forjado en una época diferente a la mía. Era muy activo, estaba lleno de vida y siempre lo encontré diferente al resto de las personas de su generación. Con una mirada era capaz de calarme hasta el fondo del alma. Yo le llamaba Abuelo “pa” (este complemento se me quedó por imitación a mi madre, que se refería a él como “pa” (de “papá”).
Con sus aventuras se podrían llenar libros enteros: desde aquella vez que se escapó de su casa en su niñez, para regresar con una cebolla en las manos, hasta las horas de trabajo en el puesto ambulante que montaba con mis tíos en el mercadillo local.
Cuando paso el plumero por la casa o reviso el viejo portátil, hago una pequeña pausa para ver los álbumes familiares, en los que contemplo el paso del tiempo. Las fotos me trasportan a unos años en los que yo ni siquiera estaba planeado en la cabeza de mis padres. A veces mi madre se me une para darme el contexto de cada imagen, para revelarme la identidad de las personas que aparecen en ellas.
Tengo una cinta de vídeo grabada en mi casa, de cuando tenía dos o tres años, en la que aparezco cabalgando sobre la espalda de mi abuelo que, a cuatro patas en el suelo, me hace reír cada vez que suelta un relincho. «Fuiste el único de todos sus nietos que logró llevarle a ese punto de entrega», evoca mi madre. «Te consentía todo porque te quería con locura». Y al oírlo me nace un sano orgullo.
Pero, hoy me siento culpable… «Cómo cambia la mente de un niño cuando alcanza la adolescencia». Diga usted que sí, pues la distancia y el paso del tiempo alejaron nuestros caminos, que se cruzaban esporádicamente. Por poco dejo pasar la última oportunidad que tuve para verlo sin ser consciente de ello. Por suerte, mi madre medió entre mis preferencias, mis responsabilidades y mis obligaciones familiares, y así pudimos despedirnos.
Hay quien dice que la vida es muy dura, en ocasiones injusta y muy dolorosa. Hoy tengo la sensación de padecerlo en carne propia. Lo dice el sabio refrán: “No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”.
Termino estas líneas con un sabor agridulce y una sensación de vacío que me salpica de tristeza. Pero, de pronto, descubro un rescoldo que me impulsa a buscar esa chispa que mi abuelo veía en mí. Él fue un hombre fuerte, valiente y astuto, un guerrero de la vida corriente, capaz de hacer feliz a una familia entera.
Ángel Murcia Gordón, 18 años
Ganador XXI Edición




¿Qué te pareció este artículo? Deja tu opinión: