En ciertos círculos parece una indecencia llegar a los 28 y no estar casado, y en la mayoría de círculos parece una indecencia casarse antes de los 32. Algunos, en las prisas por casarse, me pregunto hasta qué punto tienen tiempo de amar a sus novios o novias, o si se embarcan en eso porque “ya toca”, y montan casi más un business plan con merendola elegante que una comunidad conyugal. Otros, en contraste, aplazan y aplazan el momento de la boda, hasta que, después de seis o siete años viviendo juntos, se separan, o se casan más por aburrimiento que por convicción, o para arreglar su situación antes de tener los hijos.
Entre las ideas de casamiento aparece la sombra de las hipotecas, esas que antes eran pagables y que ahora parece que solo pueden asumir los millonarios y los aficionados a la banca de inversión.
La vida para las parejas se ha vuelto muy complicada. Solo compatibilizar trabajos, horarios y responsabilidades hace difícil, a veces imposible, el simple hecho de verse. Cuando antes un sueldo sobraba para mantener familia, coche, hijos y casa en la playa, ahora estos han quedado en manos de los noruegos. Nosotros, por nuestra parte, debemos vernos reducidos a vivir en Alemania o aceptar que antes de los 35 no nos casaremos, o que viviremos en la carrera de la rata eternamente, hasta que quizá nos muramos. A menos, claro, que los dos seamos profesionales de muchísimo éxito, con todo lo que ello conlleva de descuidar el cuidado de los hijos.
Quizá, como única tabla de salvación, está el trabajo híbrido, que al menos permite cierta presencia en casa, aunque sea más o menos fantasmagórica. O, por supuesto, el París que siempre nos queda, que es el funcionariado (aunque triste decirlo). O el intento de heredar algún negocio o campo de la familia, para quien tenga ese privilegio —y si consigue sortear los mortíferos impuestos de herencia—.
La vida para las parejas se ha vuelto muy complicada. Solo compatibilizar trabajos, horarios y responsabilidades hace difícil, a veces imposible, el simple hecho de verse. Cuando antes un sueldo sobraba para mantener familia, coche, hijos y casa en la playa, ahora estos han quedado en manos de los noruegos.
Y mientras, los bodorrios de cine, las lunas de miel en lugares cada vez más extravagantes y un tren de vida que aún no he entendido si necesitamos, aunque obviamente sea disfrutable. Nuestros signos son absurdos: vamos de punta en blanco, pero no podemos ver a nuestros hijos; viajamos a Indonesia, pero no podemos comprar una casa; machacamos los fines de semana en roadtrips, pero no tenemos un minuto al día para leer un libro. Nos apretujamos en lugares minúsculos y sobrevalorados, mientras ciudades vacías y campos enteros adorarían tener niños correteando y padres con casas dignas, jardines o emparrados extensos.
Pero no. Preferimos jornadas dobles y triples, sin siesta, ver a los niños solo los fines de semana y, por contra, poder comer en el restaurante más novedoso del que hemos oído hablar y comprar conjuntos de diseño. Porque claro, luego todo el mundo se fija mucho en cómo va una al trabajo.
En medio de todo esto, nos hemos acostumbrado a medir la felicidad con indicadores ajenos: el tamaño del apartamento, la marca del coche, los viajes retratados en redes sociales.
En medio de todo esto, nos hemos acostumbrado a medir la felicidad con indicadores ajenos: el tamaño del apartamento, la marca del coche, los viajes retratados en redes sociales. La vida real, con sus silencios, risas improvisadas y pequeños gestos cotidianos, se ha vuelto un lujo casi imposible de sostener. Nos hemos olvidado de que la cercanía, el tiempo compartido y el cultivo de la interioridad tienen un valor que ninguna escapada exótica podría reemplazar.
Por eso, todo esto me hace pensar que nuestras vidas se han vuelto una versión surrealista del “contigo pan y cebolla”. No es solo una frase romántica pasada de moda: es un recordatorio de que, en la pendiente deslizante de las nuevas normalidades, corremos el riesgo de acostumbrarnos a vivir de una forma cada vez más absurda.
Quizá el verdadero desafío sea replantearnos nuestras prioridades, cuestionar la carrera hacia lo “aparentemente necesario” y recuperar un ritmo de vida más sincero. Casarse, tener hijos, vivir en un lugar digno o simplemente disfrutar de una tarde tranquila no debería depender de números imposibles, horarios infernales o caprichos desorbitados. Abandonar la ubicuidad de las nuevas normalidades podría permitirnos reconstruir lo que realmente importa, aunque ello implique renunciar a algunos placeres que hemos creído esenciales.




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