Sepamos ser excelentes siendo quienes tenemos que ser, y no otra cosa.
Hay un cierto glamour asociado a ciertas profesiones que, por desgracia, no termina de corresponderse con la realidad económica en España: por ejemplo, en las profesiones de abogado o dentista, en muchos casos se gana muy poco. Y parece que la ganancia que más se persigue es el caché mismo de llamarse abogado o dentista. Sin embargo, hay muchos que serían más felices y más útiles empleados en algo de verdadero provecho que en carreras que —con todo el cariño del mundo— les quedan grandes. No todos deberían ser grandes lumbreras, ni intelectuales, ni letrados. Y, sinceramente, pienso que es un acto de humildad e inteligencia saber reconocer el propio lugar y no empeñarse en ser algo que no se es.
En una de las reflexiones finales de su novela El camino, Miguel Delibes vuelve sobre la idea del lugar propio en el mundo. Parafraseando la voz del padre, don José, viene a decir que la felicidad no se encuentra en lo más alto, lo más grande o lo más apetitoso, sino en acomodar los pasos de cada uno al camino que le ha sido dado recorrer. Daniel, el Mochuelo, comprende entonces que marcharse significa abandonar el valle, y que aquel camino que su padre había elegido para él no era verdaderamente el suyo. No entiende la admiración que despierta el boticario, todo emperejilado, cuando él reconoce mucho más mérito y verdad en las cualidades del herrero.
La felicidad no se encuentra en lo más alto, lo más grande o lo más apetitoso, sino en acomodar los pasos de cada uno al camino que le ha sido dado recorrer.
Por supuesto que con esfuerzo e intención se puede llegar muy lejos, mucho más allá de las —en principio— limitaciones personales. Esto es altamente meritorio y, desde luego, es hermoso esforzarse por algo que se anhela y conseguirlo; aspirar a una versión más elevada y noble de nosotros mismos. El problema está en si aquello es proporcionado: si ese esfuerzo es útil o solo vanidoso, y si no es más apropiado empeñarse en ser excelente en un lugar más natural y afín a las capacidades personales que en realizar esfuerzos sobrehumanos por ocupar un lugar que no nos pertenece del todo.
Llegar a ser ingeniero de la NASA es algo hermoso y envidiable. Pero, sinceramente, quizá solo lo sea si la capacidad natural de uno y su vocación de servicio se encuentran en ser ingeniero de la NASA. De no ser así, quizá aquello conlleve sacrificios personales tan grandes y esfuerzos tan titánicos que el resto de la vida se le vaya a uno solo en acuñar ese mérito. En ese caso, por más valiosos que sean los esfuerzos y más encomiable el logro, cabría pensar que resulta pretencioso y desmesurado haber alcanzado aquel puesto, cuando quizá la felicidad habría estado mejor en una ocupación más sencilla, pero igualmente necesaria, aunque más humilde.
Mientras tanto, saltan abogados hasta debajo de las piedras y una carrera de Derecho hoy vale poco menos que nada; en cambio, se necesitan carniceros, electricistas, albañiles, zapateros, tapiceros… Esto se debe al menosprecio cultural hacia aquellas profesiones consideradas más humildes, y a la vergüenza con que se mira, poco menos, la dedicación a ellas.
«Si todos tuvieran que ser obispos, no habría quien dijera la misa de una». Y hoy nos vemos en la situación de que, por querer ser todos obispos, ni ninguno es obispo ni nadie dice la misa de una, para agravio de los unos y de los otros. Sin embargo, esto no era así una o dos generaciones atrás, cuando se comprendía que el valor personal radicaba mucho antes en la virtud, en la bondad y en el servicio bien hecho que en títulos convertidos en coartada identitaria.
Por eso antes —y aún en gran medida hoy día, gracias a Dios— a un buen panadero, sencillo y amable, se le quería y respetaba como al más prestigioso de los jueces, por más que se pudiera admirar el recorrido de este último.
No dejemos, por supuesto, de esforzarnos ni de formarnos, también intelectualmente. Pero reconozcamos, por favor, para qué somos buenos y para qué no. Admiremos lo que es verdaderamente admirable y no nos perdamos en un sinfín de títulos que se han convertido en commodity, y que hoy no dicen nada de nadie. Sepamos ser excelentes siendo quienes tenemos que ser, y no otra cosa.
Gabriela Palma




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