Veo en las noticias a una chica, de esas que están acampadas en Sol con el pañuelo palestino, insultando y pegando, a puñetazo limpio, a otra chica (de pinta normalita) que pasaba por allí. Es decir, por la Puerta del sol, por donde todos tenemos derecho a pasar aunque se haya convertido en «zona de riesgo» para las personas de bien, y por donde solo unos pocos tienen derecho a acampar, a quemar carteles o a atacar en vía pública con impunidad.
Al principio le ayudaba uno de sus compañeros, con pañuelo palestino también en la cabeza, pero luego cambió supongo que al ver que les grababan, aunque prefiero tener esperanza y pensar que vio lo disparatado de la situación e intentó separarla de la pobre que estaba recibiendo los palos. Una tal Samatha Hudson, antes solo conocida en su casa a la hora de comer, se está haciendo famosa también por acampar en sol y colaborar en romper carteles con palabras sensatas.

Otra chica, (¡cuántas mujeres!) denunciaba en redes hoy cómo, por el simple acto de poner una cartel en una terraza que decía algo totalmente lógico como que «la vivienda es un derecho, pero defender a Ceuta es un deber», era insultada por «mujeres jóvenes» de forma vulgar, mientras que a los chicos que estaban realizando la misma acción, no recibían insultos. Y es que parece ser que hay mujeres que, absorbidas por las ideologías estas que no dejan pensar, les molesta ver a otras mujeres que no piensan, aun que esto en las primeras es un decir, como ellas. O que piensan más que ellas.
Este incidente fue más simple, y es que hace unos días también, pasaban dos ancianos en un coche y, al saltarse el paso de peatones, y yo mirar sorprendida, ella me hace lo que vulgarmente se llama “hacer la peseta” con el dedo. No el señor, sino la señora mayor que le acompañaba.
Me quedo perpleja y asustada de los derroteros que está eligiendo la mujer y de la forma en que se compara con el hombre, intentando ser más violenta y extrema que él. Son ellas las que toman la batuta y atacan, no al equipo que consideran contrario, sino a otras mujeres. Porque estas situaciones son de ataque, no son respuestas normales a situaciones normales, ni siquiera de defensa.
La semana pasada hablaba con una persona conocida, una madre destrozada que lloraba con dolor porque su hija había abortado.

Ella no hablaba realmente, no la salían las palabras, emitía sonidos en medio de un llanto desgarrador que no podía controlar por la pena que sentía de que su hija, animada por su novio y la madre de este, hubiera elegido taparse los ojos ante la vida y eliminar rápidamente a su hijo, y la abuela a su nieto.
Si esta mujer que lloraba desconsolada hubiera hecho lo mismo hace 21 años, esta chica no existiría, no habría sido el motor de su vida, y ahora no habría podido concebir a ningún nuevo ser humano. La abuela del nieto que jamás nacerá lloraba, muy consciente de lo que su hija acaba de hacer por no haberla podido ayudar, no porque ella no lo hubiera intentado, sino porque su hija no recogió ni reconoció la mano extendida para sacarla de un abismo en el que iba a caer. No supo o no quiso reconocer la cara de su hijo ni escuchar a su cuerpo que le decía que todo en ella iba a cambiar para siempre.
La ausencia del hijo no nacido llegará, la depresión llegará, la culpa, llegará, la tristeza de un futuro imaginado y añorado que podría haber sido, llegará.
Su madre, a pesar de las penurias pasadas en la lucha por sacar adelante a una hija sola, sabía, más que otros, lo que es el amor. El amor es dar, dar sin esperar, un dar incondicional que llena la vida y por el que merece la pena luchar, aunque la lucha sea eso, lucha, y muy dura a veces.
Me niego a reproducir el famoso vídeo de nuestro gobierno y “ministerio de desigualdad” que nos quiere igualar a no sabemos qué tipo de salvajes para justificar que la madre mate a sus polluelos, reduciendo la vida a la indiferencia de una elección y eliminando la dignidad de todo ser humano desde el momento en que es concebido. La realidad es que toda mujer sabe, y esto es un privilegio femenino, que va a ser madre cuando se queda embarazada, y para defender su postura tienen que hacer ver que no pasa nada si no deseas a tu hijo o no ha sido programado. La vida no tiene valor por el mero hecho de ser deseada. Lo tiene por si misma. Pero en un mundo en el que priman los deseos y va la gente como burros con orejeras (y lo digo en plural porque hay muchos), no hay capacidad para descubrir el milagro y belleza de la vida. Como tampoco lo hay para ver el destrozo de la Puerta del sol, ni el coraje de los Ceutíes. Van con los cristales de las gafas sucios, muy sucios, y las mujeres especialmente, con doble capa de porquería. Han cambiado la belleza por el orgullo de la suciedad y las palabras malsonantes.
«Si la mujer renuncia a su afectividad, estará frenando el desarrollo de su ser, y privando al mundo de ese don, y no habrá cambiado nada la sociedad con la presencia de la mujer en la vida pública.» Edith Stein
Hace unos días nos conmovía la foto de una niña con una severa discapacidad a la cual elevaban hacia las manos del Papa León XIV que le daba la bendición en su viaje a Francia. Nos recordaba el amor, no exento de momentos duros, como el de esos padres que eligieron adoptar a una niña con muchos problemas y a la que elevaban por los aires como si fuera un ángel. La paternidad y maternidad, la entrega, el coraje de un pueblo, la reivindicación por el bien común, el cuidado, los buenos modales, el bien hablar, el feminismo bien entendido que cuida y valora a la mujer para que no se convierta en hombres desalmados…todo eso y lo que nos enseñaron nuestras madres está en juego por culpa de mujeres que compiten en una carrera contra el hombre malo, palabrotero, agresivo, para ser más que él en sus más oscuras acciones. No para alcanzar al hombre bueno, al que ni de lejos se le asemejan.
Edith Stein, filósofa, discípula de Husserl y una de las primeras mujeres profesoras de universidad decía que, si la mujer renuncia a su afectividad, estará frenando el desarrollo de su ser, y privando al mundo de ese don, y no habrá cambiado nada la sociedad con la presencia de la mujer en la vida pública. Y en ello estamos precisamente, pero no solo en la vida pública, sino en la social, en la familiar y en todo aquello donde hay mujeres, el enfrentamiento contra su propio yo está servido.
La mujer ha dejado de ser la paz, el hogar, la paciencia, la sensatez, la fortaleza, el equilibrio, la armonía, el lugar donde volver porque sabemos que va a estar para atender y apoyar con dulzura porque para eso hace mucha falta ser valientes y parece más fácil dejarse llevar, armar camorra y buscar enfrentamientos, especialmente si el contrario es una mujer. O por lo menos, eso las están haciendo creer.



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