Siempre se echa en cara a la Iglesia católica que la mujer tiene un papel relegado en la vida de la Iglesia simplemente por no ser sacerdote. Sin embargo, María fue la persona elegida por Dios para iniciar su gran aventura con el hombre, sin cuyo «SÍ» no estaríamos donde estamos, y ha habido, y sigue habiendo sin duda, mujeres muy especiales, luchadoras y valientes, que han hecho grandes hazañas a lo largo de estos siglos, especialmente en etapas de incertidumbre y cambios.
Esto me ha llevado a recordar a dos mujeres: Catalina de Siena y Teresa de Jesús, dos mujeres que vivieron, la primera en el siglo XIV y la otra en el siglo XVI.
Son dos mujeres feministas, que te impactan, te impresionan y que te atraen. Cuanto mas lees sus vidas, más te fascina, y el motivo que me ha llevado a pensar en ellas, es que creo que hoy tenemos necesidad de referentes. Necesidad de testimonios.
Catalina de Siena vivió en el siglo XIV, nació el día de la Anunciación, y hasta el día de hoy congresos enteros hablan de lo que fue y lo que hizo esta mujer fascinante. Hablar de ella, significa meternos en el mundo del siglo XIV, desde donde podemos imaginarnos cuál era la situación social de la mujer.
No fue al azar, lo que hizo que ella llegara donde llegó, pues a los 6 años jugando por las calles de Siena, tuvo una visión: ve sobre la Basílica de Santo Domingo a Cristo Rey coronado, y a su lado a los apóstoles Pedro y Pablo y al Patriarca Santo Domingo de Guzmán. Ella quedó prendada y decide consagrarse al Señor a su corta edad.
No sabía leer, no sabía escribir y llega a ser reconocida como Doctora de la iglesia. ¿Era un super-prodigio? No, Dios fue actuando en ella. Dios estaba con ella, Dios hablaba con ella y Dios hablaba a través de ella. Porque si no, no se puede explicar toda su vida. No hay una dimensión humana que haya hecho tal crecimiento.
Después de consagrarse al Señor, quiso entrar a la orden Dominica como hermana terciaria. No fue religiosa, fue una persona laica con un protagonismo impresionante en la vida social y política, e incluso en la eclesial. El Papa era para ella “otro Cristo en la tierra”. Familiarmente le llamaba “il mio babo”, que no tiene una traducción directa del italiano pero significa algo así como “el papito”. En esa época, llena de convulsiones socio-políticas y eclesiales, Catalina luchó por las tres cosas. El papado se había establecido en Francia, y a él, a ese Papa al cual ella visitó en Aviñón le pidió que volviera a Roma. Imaginemos a esta mujer joven, 27 años, parada frente al Papa, ante los cardenales, conversando con él y diciéndole, no en términos tan delicados como el de “mío babbo”: “Sé hombre, vuelve a Roma”. ¿Y el Papa que hizo? El Papa escuchó, vio en ese escenario a una jovencita diciéndole estas cosas que le conmocionaron. ¿Por qué sucede esto? Porque, era Dios el que estaba hablando. Supo interpretar eso y decidió volver a Roma.
Antes de morir, Jesús le dijo a Catalina de Siena: “Estruja mi corazón sobre la faz de mi Iglesia”. Para limpiarla, para purificarla. De todo lo que sucedía en esa época, y de lo que sigue sucediendo ahora.
Había una profunda crisis político-social, y además eclesial. Catalina luchó por las dos cosas. Fue embajadora de distintos estados, porque Italia debatía en guerras fratricidas, todas sus provincias estaban divididas y en contiendas, estaban en guerra entre ellos. Y la eligieron a ella para que fuera embajadora. Escribió, exhortó, imploró, exigió. Tenia una prestancia y una fuerza cuando se presentaba ante los poderosos, que cautivaba (…). Allí estaba Dios.

Teresa de Jesús, es una mujer casi ilimitadamente sugerente. Siendo lo más definitorio de su personalidad: su sobrenaturalidad limpísima, que no cabe en parámetros naturalistas.
En su articulo “la cara feminista de santa Teresa”, aparecido en Público el 1 de octubre de 2014, Anna Flotats arranca afirmando que “Santa Teresa de Jesús fue probablemente la primera mujer feminista de la Iglesia Católica; y continua:
“En pleno siglo XVI, la fundadora de las carmelitas descalzas se despachó en diversos libros contra la desigualdad que observaba en las decisiones de la jerarquía eclesiástica. El mundo nos tiene acorraladas, aunque las mujeres no somos buenas para consejo, alguna vez acertamos no son tiempos de desechar ánimos fuertes, aunque sean de mujeres, son algunas de las afirmaciones que esta mujer, dejó escritas en un momento en que las mujeres eran prácticamente invisibles (…). Teresa apostó por la mujer, en su cuestión de dignidad, para ser oída y no solo oyente.
Santa Teresa no quiere que ningún hombre ejerza de superior en los conventos. Desea que las monjas sean independientes, autónomas, y de hecho, acaban eligiendo a sus superioras cada tres años.
María José Ferrer Echavarri comenta el mencionado articulo de Anna Flotats: “(…) Teresa de Jesús fue una feminista, es decir, una mujer libre e independiente que abogó por dar voz y palabra a las mujeres, que criticó duramente el control que los varones, especialmente los clérigos, ejercían sobre las monjas (…). Creo que su feminismo se alimentaba de su fe, de la humanidad de sus experiencias espirituales, de la corporalidad de su conocimiento de Dios, de la conciencia de su dignidad. Escribió: la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira”.
La independencia de Teresa suscitó en algunos varones de su tiempo un enemiga, no pequeño. Valga por todos el piropo del Nuncio Felipe Sega, quien, de no haber sido por la intervención de Felipe II, hubiera destruido la Reforma teresiana, símbolo de la personalidad de una mujer a la que no soportaba, quizá porque valía ella sola más que muchos hombres juntos. Sega, que en su informe a Roma sobre el origen de la Descaldez ni siquiera nombra a la fundadora, aludiendo solo a hombres, llama a Teresa “fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz, que a titulo de devoción inventaba malas doctrinas, andando fuera de la clausura (…).”
En realidad aunque en su obra hay mucho de ciencia adquirida, la mayor parte es ciencia infusa. Teresa es innegablemente femenina, es muy mujer. Ella cree en la mujer, recia, inteligente, sacrificada, trascendental, pacificadora y combativa, honesta, guardiana de los valores morales, espejo de virtudes humanas y cristianas, admirablemente capacitada para la contemplación, abierta a la amistad, enemiga de la mojigatería y el postureo, emprendedora y valiente. Creía en todo eso, porque todo eso es patrimonio, bien que no exclusivo, del fuerte sexo débil.
Pero porque creía en ello, no necesitó enarbolar ninguna bandera feminista, sin caer en reivindicaciones teñidas de agresividad más o menos tácita o de revanchismo grosero.

Ahora vemos, que ante los abusos de poder, existe un feminismo radical que contesta con una estrategia de lucha entre sexos. Este planteamiento realmente es de consecuencias desastrosas, pues hemos sido creados para la comunión, no para la confrontación. La confrontación es autodestructiva. El feminismo radical ha generado una crisis de identidad masculina notable; y, por otro lado, no ha definido en nada la identidad femenina. La cautivadora feminidad no consiste en querer alcanzar las cotas de poder social o intelectual del varón, o en asemejarse a él.
Sería triste distorsionar la figura de Teresa de Jesús y empequeñecerla, rebajándola de las regiones sobrehumanas en las que se desenvolvió –estando, al mismo tiempo, asombrosamente comprometida con todo lo humano de su tiempo – y desde las cuales, hoy con más fuerza, sigue invitándonos a que nada humano nos sea ajeno, porque no nos sea ajeno el designio divino de Dios sobre el mundo y el hombre.




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