La Navidad nos recuerda que Dios quiso hacerse cercano, entrar en nuestra fragilidad y compartir nuestras tristezas; por eso, incluso cuando el corazón duela, Él está.
La Navidad llegó y con ella recuerdos que duelen más que en otros días.
Hay ausencias que se notan en la mesa, en las palabras que no se dicen, en el corazón que se encoge cuando salta ese recuerdo …
Si nos sentimos así, no estamos solos; Dios conoce nuestro dolor y no se aparta de él.
En estos días, acompañar a quien ha perdido a alguien no es llenar el silencio, sino respetarlo.
Es estar cerca y permitir que el nombre de quien falta siga vivo.
Así actúa Dios con nosotros: permanece, sostiene y camina despacio a nuestro lado.
Su presencia no reemplaza a la persona ausente, pero da sentido y fuerza a ese vacío.
La Navidad nos recuerda que Dios quiso hacerse cercano, entrar en nuestra fragilidad y compartir nuestras tristezas; por eso, incluso cuando el corazón duela, Él está.
Está en una palabra oportuna, un simple abrazo y en la paz sencilla que a veces aparece sin avisar.
Puede que nos duela el corazón pero ¿por qué no se lo entregamos a Dios tal como está.?
La fe no elimina la ausencia, pero abre un camino.
El amor vivido no se pierde, permanece siempre en Dios.
El Papa Francisco nos recordaba que Dios no abandona a quien sufre y que la esperanza brota incluso en medio del dolor porque “Dios comparte nuestros sufrimientos y nos da una fuerza que no esperábamos”.
El sufrimiento forma parte de la vida cristiana, pero la esperanza en Cristo da sentido al dolor.
Beatriz Melguizo




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