Hay momentos, especialmente en Navidad, en los que los niños parecen necesitar más brazos, más acompañamiento y más sostén. Poner palabras a lo que expresan estas demandas es clave para responder con ternura, sin miedo a hacerlo mal y sin olvidar las propias necesidades.
En determinadas etapas del desarrollo, esta necesidad puede intensificarse. Los niños se resisten a separarse, reclaman presencia constante o buscan estar cerca para regularse. Para madres y padres, estas conductas suelen generar dudas: ¿responden a una necesidad emocional esperable o apuntan a una dependencia?, ¿conviene atenderlas siempre o poner límites?, ¿cuándo es necesario prestar más atención?
Las vacaciones, los cambios de rutina, el exceso de estímulos y la mayor convivencia familiar alteran el equilibrio cotidiano de los niños y explican en parte que estas demandas se hagan más visibles. Acompañarlas con calidez, sin minimizar lo que ocurre ni sobredimensionarlo, ayuda a sostener también a los adultos y a evitar que se sientan desbordados o culpables.
Cercanía, contacto y seguridad emocional en la infancia
Para comprender qué necesidades emocionales se activan detrás de estos comportamientos y cómo se organizan en la infancia, hablamos con la psicóloga general sanitaria especializada en disciplina positiva y educación emocional Mariana Capurro, directora del Centre Integral de Salut i Educació y autora de ‘Permiso para educar’ (Zenith, 2025).
Destaca que el sistema nervioso infantil todavía está en desarrollo y necesita apoyarse en el adulto para calmarse, organizar lo que siente y volver a un estado de equilibrio. Añade que en épocas como la Navidad esta demanda se intensifica porque se acumulan muchos cambios: rutinas menos estables, horarios distintos, más estímulos, encuentros sociales y una carga emocional elevada.
Afirma que el cerebro del niño aún no tiene la madurez suficiente para gestionar todos estos cambios de forma autónoma. “El contacto físico y la cercanía del adulto actúan entonces como una especie de “anclaje” que le ayuda a sentirse seguro en medio de tanta novedad”, recalca.
En estas fechas, la mayor convivencia familiar suele traducirse en un aumento de estas peticiones. Capurro señala que se trata de una conducta sana y necesaria en la infancia. Detalla que una necesidad afectiva sana implica que el niño pide contacto, lo recibe y tras regularse, vuelve a jugar, explorar o separarse de un modo progresivo.
“El contacto físico y la cercanía del adulto actúan entonces como una especie de “anclaje” que le ayuda a sentirse seguro en medio de tanta novedad”, Mariana Capurro
Para distinguir cuándo se trata de una dependencia, explica que conviene fijarse más en la rigidez de la conducta que en su intensidad. “Cuando el niño no logra calmarse ni siquiera con la presencia del adulto, muestra un malestar muy intenso y sostenido, o la dificultad para separarse interfiere de forma clara y constante en su día a día, es cuando conviene observar con más atención”, apunta. Recuerda que, cada niño tiene su propio ritmo madurativo y umbral de tolerancia, entonces es acertado contextualizar las conductas en su etapa evolutiva y su historia emocional.
Según la experta, la búsqueda insistente de vínculo físico puede ser una señal de malestar cuando aparece acompañada de otros cambios, como alteraciones del sueño, mayor irritabilidad, miedos nuevos, regresiones o dificultad para disfrutar de actividades habituales. “En estos casos, lo importante es escuchar el mensaje que el niño está expresando con su comportamiento”, subraya.
Festivos o no, la psicóloga aconseja ofrecer presencia, disponibilidad emocional y un entorno previsible a los menores. La función clave del adulto es actuar como regulador emocional externo, esto es, ayudar al niño a poner orden a lo que siente. “En la mayoría de los casos, estas manifestaciones son transitorias y adaptativas. Solo cuando el malestar es intenso, persistente o limitante es recomendable consultar con un profesional”, sostiene.
Necesidad afectiva o señal de alarma: en qué fijarse
Diana Jiménez, psicóloga adleriana, especialista en infancia y adolescencia, neuropsicóloga educativa y entrenadora en disciplina positiva, refiere que en Navidad lo más apropiado sería “bajar el ritmo” y conectar con los hijos, aunque sin exigirse más de lo posible.
Durante el curso, aclara, las responsabilidades hacen que todo resulte más cuesta arriba. Para la también autora de autora de ‘Adolescencia en positivo’ (Anaya Multimedia, 2024), estos días pueden representar una oportunidad para recuperar tiempo juntos. Para responder a esa demanda de contacto físico, propone varias claves:
- Priorizar la calidad frente a cantidad: No se trata de estar todo el día disponibles, sino de crear pequeños momentos de presencia real: un abrazo sin prisas, una conversación breve pero atenta.
- Poner límites desde el cuidado, no desde el rechazo. Atender la necesidad de contacto no implica olvidarnos de nuestras propias necesidades. Podemos acompañar diciendo: “Ahora necesito un poco de espacio y en un rato volvemos a estar juntos”.
- Reconocer la demanda como una señal emocional, no como un problema. Más contacto suele significar más cansancio, más emoción o más cambios. Si entendemos la conducta como una forma de autorregulación, dejamos de vivirla como algo que “hay que cortar” y empezamos a responder con más calma y menos culpa.
Uno de los errores más habituales al interpretar estas conductas, es, para Jiménez, restar importancia, pensando que la necesidad de contacto es una exageración o una “fase” que se pasará sola. “Cuando el adulto minimiza lo que ocurre, el niño recibe el mensaje de que su malestar no merece atención. Eso puede llevarle a intensificar la conducta para ser visto o, aún peor, aprender a silenciar lo que siente”, manifiesta.
Otra reacción frecuente es cortar la conducta de golpe, con frases como “ya eres mayor”, “no pasa nada”. Ese tipo de respuestas rompen la sensación de seguridad y pueden generar confusión emocional, especialmente en momentos de más vulnerabilidad como las vacaciones de Navidad.
Comenta que, en la mayoría de los casos, estas demandas tienden a disminuir cuando el niño se siente acompañado. “Cuando se siente regulado, puede volver al juego, a la exploración o a separarse con relativa facilidad”, resalta.
Esta profesional subraya la necesidad de fijarse en si el malestar se mantiene o aumenta, especialmente cuando la demanda es constante, muy intensa o aparece acompañada de irritabilidad, miedo, regresiones marcadas o dificultad para disfrutar del juego. “Si regula, acompaña; si no, hay que escuchar, observar y valorar si necesita otro tipo de apoyo”, puntualiza.
Escuchar lo que los niños expresan exige algo más que recetas rápidas. Requiere acompañamiento, disponibilidad emocional y criterio para no interpretar toda demanda como un problema ni toda distancia como autonomía. El contacto corporal puede convertirse en una forma de calmar emociones, sentirse a salvo o transitar momentos de mayor sensibilidad, como los que traen las vacaciones.
Responder con calidez no significa perderse en la demanda ni vivirla como una amenaza. Significa acompañar, observar y ajustar la respuesta a cada niño y a cada momento. Porque muchas veces no hay dependencia, sino un niño intentando sentirse seguro en un mundo que, por unos días, se le ha desordenado un poco más de lo habitual.





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