Para Chesterton, el círculo es la imagen del pensamiento cerrado, de la autosuficiencia racional que se enrosca sobre sí misma y no deja lugar para la sorpresa ni la trascendencia. En contraste, la cruz, con sus brazos abiertos a los cuatro vientos, representa la paradoja cristiana: firmeza en el centro y apertura al infinito. Es la encrucijada que no se aferra a lo contenido en sí misma, sino que se desprende para darse. Así también ocurre con la vida y lo material: cerrarse en la posesión ahoga, mientras que darse libera.
En la vida cristiana, la relación con lo material tiene mucho más de cruz que de círculo: se abre y se da de forma generosa, a riesgo de perderlo todo y sin esperar nada a cambio.
Encierro o entrega
El alma mundana es la que se suele encerrar en una espiral de porcentajes, réditos y beneficios. Estos tienen valor en la medida en que sirven, sostienen materialmente o aportan una –al menos teórica– seguridad económica. Pero solo en cuanto que sean un medio, y uno pueda prescindir de ellos. Si no, fácilmente se convierten las posesiones en poseedoras, en círculo vicioso, ensimismamiento vanidoso, o en el peor de los casos, soga de horca para el alma.
Más de un ejemplo existe en nuestro imaginario –y en muchas biografías pasadas y actuales– en que lo que comenzó como ideal de abundancia para ofrecerse, se torna fin en sí mismo, mezquindad y cobardía. Y así, por más tener, no logra darse y vuelve estériles las supuestas riquezas.
Como primer icono de este arquetipo, se nos viene la mente el Tío Gilito. Valga la referencia infantil, la caracterización es certera: rico y pobre a la vez –pues no es capaz de dar nada–, solitario y profundamente ridículo, codiciando sus monedas de oro. En dramaturgia, El Avaro de Molière cierra un ambiente tétrico sobre su familia y raya la locura, gimiendo y llorando al sentir perder su tesoro.
En un ejemplo más cercano a la realidad, Ebenezer Scrooge, protagonista de Cuento de Navidad de Dickens, es el paradigma de la tristeza por la avaricia. Ciego a las necesidades de quienes le rodean, perdió el amor y la dicha junto a su prometida a cambio de ambiciones de riqueza, y se encuentra “secreto, reprimido y solitario como una ostra”.
Abundan, hoy también, espíritus tan obsesionados con la rentabilidad y el éxito personal que se tornan miopes y dejan pasar los tesoros de valor incalculable, las perlas de Ormuz: el posible amor, los posibles hijos, el tiempo para la belleza, la vida interior… Todo por aferrarse, como a un clavo ardiendo, a algunos céntimos o a un minuto de brillo personal.
Y cabe pensar que más riqueza es tener algo humilde para entregar y la disposición del alma de entregarlo todo a fondo perdido, en un darse a los cuatro vientos, como las cruces de Chesterton… que dejar morir el alma en la estrechez sin aire de un círculo cerrado.





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