Me distraía con el móvil en mi pausa para el café. Cliqué en una de esas noticias que te asaltan cuando abres tontamente el buscador de Google: “Decenas de cientos de robots se desplazan sin cesar por una plataforma en busca de un producto concreto, una vez localizado, un brazo robotizado será el encargado de recogerlo para posteriormente depositarlo dentro de una cubeta. Así hasta completar la lista de la compra que un cliente, desde su casa, ha realizado a través de la web o la aplicación de Alcampo”. La noticia proseguía con la promesa tentadora de ofrecer una experiencia de compra “inigualable”. Incluso, “la más atractiva de España”. Todo gracias a la inversión en tecnología e inteligencia artificial, encargada de enseñar a los bots a cumplir eficientemente su cometido. Mi imaginación creó por un instante un mundo distópico con miles de robots en acción. Más allá de eso, ¡caramba, qué ganas daban de probar esa experiencia!

Es fantástico que la inteligencia artificial te libere de tareas engorrosas pero ineludibles y puedas dedicar más tiempo a lo que valoras como importante. En un tiempo récord, lo he probado, puede recopilar o resumir información muy útil para tu trabajo, esbozar el modo de abordar una tarea o ayudarte a ejecutarla con una precisión y eficiencia superior a lo que lograrías por ti misma. También me fascina lo que aporta la IA en la industria. Recuerdo un vídeo que mostraba las piezas de una nave espacial de la NASA fabricadas con extraños componentes diseñados y ejecutados con esta herramienta. En el área sanitaria, las prótesis inteligentes, la cirugía robótica asistida por IA y otras aplicaciones a la rehabilitación ayudan a salvar o mejorar la calidad de vida de las personas.
Sigo razonando más allá de la noticia y me digo que, si la inteligencia artificial supera los conocimientos y habilidades de una persona es precisamente porque se alimenta de la sabiduría y experiencia de millones de personas. En verdad, no deberíamos llamarla “inteligencia” porque no entiende, simplemente aplica algoritmos, y solo nos supera al realizar tareas concretas y de cálculo complejo, está muy lejos de la inteligencia generalista o de la lógica que tenemos las personas. Por ello, surge otra pregunta: ¿cómo funciona la IA cuando la utilizamos en actividades que tocan algo más profundo: la conciencia, los sentimientos, la capacidad artística?
Por ejemplo, ¿podemos dejar la toma de decisiones únicamente en manos de herramientas de inteligencia artificial y aplicar ciegamente la propuesta que nos ofrece? Evidentemente, no. Al menos, si no se conoce cómo toman las decisiones y utilizan los datos. Una decisión médica, financiera o cualquier otra que sea crucial, necesita esa transparencia. Si no, las consecuencias pueden ser terribles para las personas. Además, a las herramientas de IA las entrenan con sesgos: al fin y al cabo, las personas que lo hacen o las fuentes que utilizan tienen sus ideologías concretas, lo que fácilmente llevará al error en la decisión si el contexto o la cultura son otras.
¿O qué decir sobre el amor y la IA? Leí hace tiempo que el artista mexicano Rodrigo Garrido presentó su obra Lovers, dos inteligencias artificiales conscientes que experimentan el amor. Son dos esculturas que no son inertes, tienen un cuerpo fabricado digitalmente y una mente programada con software e IA. Esa expresión artística del amor, que emulan pobremente las dos máquinas, me pareció interesante, sin más.
Lo que me dejó atónita es una noticia que llevaba el título: La artista Alicia Framis se va a casar con un holograma regido por IA. Es un holograma de compañía creado por ella, cuya voz y cuerpo son de sus exparejas; se casaron el pasado 9 de noviembre. ¿Es que de verdad piensa Alicia que llenará su corazón un ente que nunca podrá donar caricias o contacto físico o compartir con ella inquietudes, alegrías, tristezas, ilusiones nuevas que no sean repetición o semejanza del pasado? ¿Podrá sentir amor por un holograma que la quiera tal y como ella lo ha entrenado, es decir, que no la quiera libremente? ¿Es que existe amor verdadero sin libertad, sin entrega de cuerpo y alma?

También da que pensar el uso que la gente joven hace de Character.ai, un bot que recibe millones de mensajes anuales de usuarios entre dieciséis y treinta años que buscan ayuda con su salud mental: hacen sesiones de terapia como si estuvieran hablando con un psicólogo. Estoy de acuerdo con los profesionales que aseguran que el robot no puede recopilar toda la información que una persona necesitaría y refleja esos sesgos que decía antes. En todo caso, la rapidez de sus respuestas puede ser útil para la ayuda inmediata de algunos chavales desesperados.
¡Y cómo disfruto con las aplicaciones que simulan las bellas artes!: literatura, pintura, fotografía, vídeos, música e incluso, escultura y modelos arquitectónicos. Digo “simulan” porque estoy convencida de que la inteligencia artificial finge ser una artista. Por ejemplo, La estatua imposible, esa hercúlea figura de acero inoxidable expuesta en el Museo de Tecnología de Estocolmo, que sintetiza el estilo de cinco genios de la escultura de todos los tiempos. ¿A quién se puede atribuir? No a un ente artificial, aunque haya sido enteramente diseñada con herramientas de IA y fabricada autónomamente por robots. Sin duda, sus autores son el ingeniero de software Richard Luciani, que creó las instrucciones y el flujo de trabajo, y las personas del Grupo Sandvik inventores de los modelos tridimensionales de la obra.

Las IA generativas utilizadas para las artes, simplemente replican el patrón aprendido sin entender realmente la información recibida. Sin embargo, la capacidad creativa humana supera con creces los patrones preexistentes. Solo nosotros podemos detectar y plasmar la ironía, lo absurdo o lo inesperado para provocar la risa, el desconcierto o la sorpresa. Eso es lo que pasa cuando, por ejemplo, lees La princesa prometida de William Goldman o La aparición del eterno femenino de Álvaro Pombo. Los modelos de Inteligencia Artificial alucinan cuando reciben esas premisas o cuando introducimos datos falsos, símbolos… solo cabe esperar de ellos, respuestas irracionales, erráticas o mentirosas. Y aunque en un futuro pueda entrenarse a la IA para detectar y plasmar esas facultades humanas, lo único que logrará será una imitación. Nunca nos sorprenderá con una ironía original, con un cambio brusco de guión sobre lo que ha aprendido. Tampoco nos deslumbrará con un absurdo con sentido y, si lo hace, será por puro azar, no con la intencionalidad que es capaz de plasmar, por ejemplo, un artista dadaísta o surrealista. El verdadero artista busca transferir a su obra una historia, un concepto, un sentimiento que provoque un sonido silencioso en el espíritu de quienes la contemplen a lo largo de los años. ¿No te pasa, como a mí, que echas en falta esa conexión cuando contemplas una obra de la IA, por muy bella y perfecta que sea?
El auténtico arte, el amor o la donación de compañía pertenecen solamente a la persona, sencilla y llanamente porque nacen de algo que una máquina nunca tendrá: alma. Eficiencia y simulación es lo máximo que logrará la inteligencia artificial, digan lo que digan. Una creación humana nunca podrá emular a su creador hasta el punto de asumir facultades que son exclusivamente suyas.




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